Meik Viking, fundador ejecutivo del Instituto de Investigación de la Felicidad de Copenhague, señalaba que es importante el hecho de medir la felicidad para sensibilizar a la sociedad y a sus gobernantes: “lo que se mide importa y, además, proporciona información para la gestión política y resulta más rentable”, igual que medimos los pasos diarios que damos para ocuparnos de nuestra salud.

En este contexto, en el mundo existen varias organizaciones que han buscado medirla; una de las más relevantes el World Happiness Report, publicación anual de la ONU, que este año llegó a su décimo aniversario; informe que utiliza datos de encuestas globales realizadas en más de 150 países en el mundo.

Las encuestas se basan en datos subjetivos que consultan a los ciudadanos de cada país sobre su nivel particular de felicidad; así también, se basa en otros indicadores objetivos como el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, la esperanza de vida, el nivel de generosidad, el de apoyo social, la libertad individual para tomar decisiones en la vida y la percepción de corrupción.

Muchos de estos indicadores tienen reparos desde diferentes sectores. De manera particular al PIB se le cuestiona su validez para medir el progreso social, y se insiste en dar un mayor peso a la salud y la huella se carbono.

De lo señalado surge la pregunta ¿cuál es la relación existente entre indicadores materiales objetivos y el grado de satisfacción subjetiva con la vida?, ¿es la felicidad un concepto evaluable cuantitativamente?

En el último informe del 2022, Finlandia se destaca como el país más feliz del mundo por quinto año consecutivo, seguido de Dinamarca e Islandia. La lista de los diez más felices se completa con Suiza, Holanda, Luxemburgo, Suecia, Noruega, Israel y Nueva Zelanda. Por el contrario, Afganistán, Líbano, Zimbabue, Ruanda y Botsuana resultaron ser los países menos felices.

Lo primero que se nos viene a la mente es poder establecer algún tipo de correlación entre felicidad y la variable más visible como es el ingreso de los países, y, se nos viene a la mente la “paradoja de Easterlin”, quien señalaba que “cuando el ingreso sobrepasa un cierto punto, deja de ser fuente de felicidad”. En este sentido en diversos países, los ricos suelen ser más felices que los pobres; pero este no es el caso a lo largo del tiempo o cuando se comparan países. Los habitantes de los países más ricos son, en promedio, más felices que los habitantes de los países pobres; pero no hay ninguna conexión entre riqueza y felicidad, ni siquiera en los países pobres.

Un elemento que pueda contribuir a la discusión está en el hecho de que los tres países que históricamente tiene el PIB más alto, como Estados Unidos, China y Japón, no necesariamente han sido los más felices (sobre todo el caso de la China que ocupa el puesto 72 en el último ranking).

Con ello se podría señalar que la riqueza no compra felicidad y que la pobreza en el ingreso no implica siempre infelicidad. Las variables monetarias se podrían considerar tan solo uno de los componentes del bienestar de las personas. Quizá en este marco, el nivel de satisfacción con la vida o la felicidad es una mejor variable de lo que en Latinoamérica se denomina “el buen vivir” (que recoge una visión del mundo centrada en el ser humano), que las usualmente utilizadas en la economía empírica del bienestar clásico.

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