Una escena de la película ‘No mires arriba’, de Adam McKay

Si el habitual lector de esta columna todavía no ha visto No mires arriba, nuestro consejo es que se dé prisa antes de que un meteorito o una nueva pandemia se nos lleve por delante. La película de Adam McKay merece la pena, ya que es una alegoría perfecta de los tiempos decadentes y posmodernistas que vivimos y de cómo el ser humano ha llegado a un punto crítico en el que ya todo le da igual, de modo que asume su propia autodestrucción como especie sin hacer nada por evitarla.

Sin ánimo de amargarles el día ni de hacerles spoiler, la historia va de dos astrónomos –el profesor Randall Mindy (Leonardo DiCaprio) y la estudiante Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence)–, que tras descubrir que un gigantesco cometa de más de diez kilómetros va a chocar contra la Tierra, acabando con todo rastro de vida, tratan de alertar al Gobierno, a los medios de comunicación y a la sociedad en general del desastre total que se avecina. Lo que parece una película más sobre catástrofes, previsible y prescindible, termina convirtiéndose en una parodia interesante, ácida y corrosiva sobre el enloquecido mundo que hemos construido. Es entonces cuando el espectador, entre atónito y espeluznado ante lo que está viendo, descubre el terrible mensaje que encierra el film de McKay: que nadie hace nada por evitar el impacto del meteorito porque a nadie le importa si el planeta se va al garete, aniquilando a todos sus habitantes humanos, animales y vegetales.

Es cierto que la película carece de esa estructura redonda que caracteriza a las obras maestras del Séptimo Arte, ya que está fabricada a base de sketches o escenas humorísticas que, aunque incrementan la sensación de caos ante la hecatombe planetaria, no dejan de recordarnos a aquellas cintas disparatadas y comerciales de los años ochenta (Aterriza como puedas, Loca academia de policía) que pasaron a la historia del cine como divertidas comedias y poco más. Sin embargo, la cinta de McKay es mucho más que una simple obra de entretenimiento fabricada para arrancar la carcajada del espectador. No mires arriba nos pone ante la siniestra e incómoda verdad que nadie quiere afrontar ni mucho menos resolver, ya que es una metáfora perfecta de lo que está ocurriendo con el cambio climático. Sustitúyase el asesino cometa que se dirige a toda pastilla contra la Tierra por el fenómeno del calentamiento global y comprobaremos que no hay demasiada diferencia entre ambos escenarios apocalípticos irreversibles.

Al igual que los terrícolas de la fábula de McKay no miran arriba, no miran al cometa surcando el firmamento porque les importa un bledo el dramático destino final que les aguarda, nosotros, los humanos de 2022, también hemos dejado de mirar la realidad para entenderla, renunciando a acabar con problemas globales como la pandemia o el cataclismo climático que en menos de un siglo habrá acabado con buena parte de la vida en el planeta. El virus se ha convertido en puro espectáculo mientras que el calentamiento global, científicamente acreditado, da para pomposas cumbres internacionales donde todos hablan y nadie hace nada por mucho que los augurios sean cada año más negros. Un mundo sin leones, sin elefantes, sin gorilas, sin osos, sin lobos, sin ballenas, sin pájaros, sin cientos de especies acuáticas y anfibios, sin abejas, sin insectos, sin plantas ni árboles será, sin duda, un mundo donde el ser humano no podrá sobrevivir. Será entonces cuando, ya demasiado tarde, caigamos en la cuenta de que hemos convertido un paraíso edénico en un infierno de fuego, desiertos, polvo, arena, chapapote y contaminación. O como sugiere el doctor Randall Mindy, magistralmente interpretado por un soberbio Leonardo DiCaprio: lo teníamos todo y lo echamos a perder.

Pero entre las muchas cosas de las que habla la comedia negra de McKay sobre el fin del mundo, lo más escalofriante de todo quizá sea la galería de personajes desalmados, monstruos y friquis descerebrados que van pasando ante nuestros ojos. Nadie se salva de la hoguera prendida por el director norteamericano; nadie queda libre de recibir su zasca cinematográfico. Por ejemplo, esa presidenta de los Estados Unidos negacionista y mediocre que no sabe nada sobre nada y que solo vive para mantener intacto su peinado de peluquería y su despacho oval (prodigiosamente interpretada por Meryl Streep) recuerda en buena medida a cierto personaje femenino que aparece cada día en las pantallas de nuestro televisor. O ese asesor político incompetente y supremacista que está ahí para llevarle el bolso a la líder del mundo libre y hacerle la pelota de vez en cuando. O ese millonario embrutecido que sueña con explotar los yacimientos minerales del cometa una vez que se haya estrellado violentamente contra la Tierra. O esos dos frívolos presentadores de televisión, Brie (Cate Blanchett) y Jack (Tyler Perry), más interesados en reventar los índices de audiencia que en ofrecer una información científica y de calidad que sirva para salvar a los humanos del cataclismo inminente.

Por descontado, por debajo de las corruptas élites políticas, empresariales y mediáticas que gobiernan el mundo no hay más que una legión de enloquecidos, deshumanizados y desinformados ciudadanos tan culpables del desastre como sus dirigentes. Una recua de borricos y yonquis enganchados a las redes sociales y a la droga de los likes que mientras el meteorito se acerca inexorablemente, marcando el final de los tiempos, frivoliza estúpidamente con el Armagedón y hace chistes malos en las cloacas de Youtube. Una sociedad enferma que no da más de sí, un escenario que ya no es de ciencia ficción, sino el presente más delirante, terrible y difícil de digerir. Como dijo el gran Jesús Quintero, maestro y loco de la colina, “nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida, de no importarle nada que pueda oler levemente a cultura o que exija una inteligencia mínimamente superior a la del primate”.

Sin duda, No mires arriba es el mejor epitafio que el cine podía ponerle a una absurda raza como la nuestra que se dirige al precipicio de una forma tan alegre como inevitable mientras, como en el hundimiento del Titanic, la orquesta sigue tocando una desafinada sinfonía tecnológica llena de ruido, estupidez, salvajismo, incultura, egolatría, odio, codicia, arrogancia y banalidad. La peor amenaza del hombre no proviene del espacio exterior ni de un virus mutante: es el propio hombre que se empeña en destruirse a sí mismo una y otra vez. Solo por eso, solo por ese análisis tan valiente como desesperado y ese inútil mensaje en una botella que nadie recibirá ni querrá ver, No mires arriba merece un pequeño hueco en los libros de cine y en la historia de ese mono desnudo tan suicida como patético.

Fuente: Diario16

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