Salvo sorpresas de última hora (que puede haberlas con todo el fin de semana por delante), It Follows repite su categoría de Mejor Película Del Festival -independientemente de palmarés oficiales, aquí hablamos de calidad real- tras haberme robado el corazón en Sitges.

Acudí al pase del Nocturna, el Festival de Cine Fantástico y de Terror de Madrid, el pasado miércoles. Buscaba una falla, un problema que me distanciara de mi percepción de estar ante la película de terror del año. Pero no solo no sucedió tal cosa, sino que lo que en Sitges se me antojaron pequeñas fisuras, desdeñables problemillas achacables a la inexperiencia de David Robert Mitchell, en Nocturna el conjunto brilló equilibrado y redondo.

Entre uno y otro festival, la película ha pasado de ser una sorpresa que muchos pillamos de refilón y a deshoras a convertirse en uno de los grandes fenómenos de culto del año. Se ha estrenado en cines en Reino Unido y ha vivido una escalada en el número de salas debido a un boca a oreja inaudito en una película independiente y sin el respaldo de una gran distribuidora. ¿Qué tiene de especial It Follows para haberse convertido en la sensación del año para los aficionados, que no solo abarrotaron el Palafox en Madrid sino que recibieron los créditos finales con una homogénea ovación?

La película cuenta una historia de maldiciones que se transmiten de una persona a otra (y que recuerda en su planteamiento al horror japonés de la estirpe de The Ring, aunque aquí el modo de transmisión es algo más orgánico), y que recae en Jay (Maika Monroe, la scream queen del momento y también brillante en The Guest) tras acostarse con un chico del instituto. A partir de entonces, algo que toma la forma de una persona a la que la infectada puede conocer o no, va siguiéndola a todas partes, implacablemente. Más que las propias reglas de la maldición, que se prolongan y no desvelaremos aquí -porque la virginidad, como en las películas de terror, es importante para el espectador de It Follows-, lo que importa en la película de David Robert Mitchell es su abstracta, fría y muy humana percepción del sexo adolescente.

Aquí, lo que hace es conjugar el descubrimiento del sexo y de otros tabúes adolescentes

Mitchell ya había hablado del tema en su anterior película, ajena al género: The Myth of the American Sleepover. Aquí, lo que hace es conjugar el descubrimiento del sexo y de otros tabúes adolescentes (la película juega a plantar simbólicas referencias a las drogas, al suicidio o a la anorexia sin llegar a citarlas del todo) por la vía de la cultura pop: de cómo se ve el sexo en el cine de terror. Pero primero, lo desmonta todo: el ya merecidamente mítico primer plano de la película, una preciosidad circular que juega con las ideas preconcebidas del fan medio, avisa de que esta película de terror es distinta, y de paso plantea uno de los grandes descubrimientos visuales de la película, el del plano general como receptáculo del pánico.

Y a partir de ahí, It Follows despliega una complejidad accesible y demoledora: sabe ser empática y emocional, al tiempo que salvaje y asilvestrada. Compone planos de belleza estática, como instantáneas de terror congeladas en el tiempo, y al mismo tiempo recurre a las viejas emociones del cine de miedo para adolescentes. Habla del sexo, las cobras y las cosas que importan, pero sin condescendencia de adulto resabiado. It Follows es, por eso, lo que siempre habíamos querido que fuera el cine de terror.

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