Tenemos asumido que el idioma de la ciencia es el inglés. No es que sea mejor o peor que el español, el francés, el chino mandarín o el euskera, simplemente es que ganaron dos guerras mundiales y hoy por hoy, el eje del poder mundial pasa por países que utilizan el inglés como idioma.

Si la guerra mundial hubiera tenido un desenlace diferente, hoy el idioma de la ciencia sería el alemán, como de hecho lo fue durante gran parte del siglo XX, cuando la mayoría de las revistas científicas, principalmente de química, se escribían en alemán. Hoy, muchas como Angewandte Chemie conservan el nombre, pero se publican en inglés o en edición bilingüe. Tal y como anda la civilización, no descartemos que en unas décadas el idioma de la ciencia sea el chino o el indio.

Esta preponderancia del inglés implica que la mayoría de información científica que recibes o procesas sea en inglés. No obstante, la universidad en España a diferencia de otros países, sigue trabajando mayoritariamente en castellano, por lo que trabajos fin de carrera y tesis doctorales siguen escribiéndose y redactándose en castellano. Esto tiene el incoveniente de que muchos términos todavía no tienen una traducción establecida, por lo que tienes dos opciones; traducirlo tú, con el problema de que otros autores utilicen un término diferente, o utilizar el término en inglés. Esto está bastante desaconsejado y perseguido diciendo que mancilla el idioma, pero curiosamente, cuando en una tesis doctoral de letras se utilizan términos en latín nadie dice que estemos mancillando el idioma, en cambio si los de ciencias utilizamos términos en inglés… no veas la que nos cae.

El problema es cuando no estamos hablando de textos técnicos, sino periodísticos o comerciales, se traduce del inglés en plan traductor automático y se rebautizan términos que tienen una traducción establecida desde hace tiempo.

Por ejemplo, Sperm whale. En alguna que otra noticia os encontrareis el término, “ballena espermática”, cuando la traducción correcta es cachalote, o los términos “clorina” o “iodina”, que realmente se refieren a cloro y a yodo, o incluso traducir “silicon” por silicona, cuando realmente es silicio.

Sin embargo, hay dos que particularmente dañan los oídos. En inglés un químico es un chemist, que por cosas del idioma es también sinónimo de farmacéutico, y un producto químico es chemical. Parece ser que ahora la moda es traducir chemical por químico, que en castellano es “experto en química o profesional de la química” con lo que nos encontramos aberraciones como “comida libre de químicos” que parece un anuncio para ahuyentar caníbales.

Y por si fuera poco el otro día me encuentro una etiqueta de una bebida que decía estar destilada a partir de “botánicos naturales”. A ver, un botánico es el científico que estudia las plantas. De acuerdo que España es de los países que menos invierte en ciencia, que la carrera investigadora es muy dura y que aquí investigar es llorar, pero solucionar el problema a base de convertir a los científicos en bebida espirituosa me parece una solución demasiado radical, incluso para nuestro gobierno. Quizá comercialmente “botánico” suene mejor, pero lo correcto sería destilado a partir de plantas, hierbas o incluso especies vegetales. Demos al inglés lo que es del inglés y al castellano lo que es del castellano.

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