Las primeras explicaciones del Gobierno de Aznar sobre el 11M y sus primeras mentiras

El 11 de marzo de 2004, España se vio sacudida por uno de los atentados terroristas más devastadores de su historia. En medio del caos y la confusión que siguieron, el Gobierno de José María Aznar, perteneciente al Partido Popular (PP), se apresuró a atribuir la autoría de los ataques a ETA, una versión que pronto se demostró falsa. Este hecho marcó el inicio de una cadena de desinformación y manipulación política que, veinte años después, aún resuena en la sociedad española. La respuesta del PP ante las críticas y el desmentido de sus teorías ha sido, en el mejor de los casos, un silencio ensordecedor.

Desinformación, censura y mentiras

Veinte años después del 11 de marzo de 2004 en Madrid, la sociedad española sigue confrontando las secuelas de una tragedia manipulada por intereses políticos y ciertos medios de comunicación cercanos a la derecha. El Partido Popular (PP) se vio envuelto en una vorágine de desinformación, insistiendo en vincular a ETA con los atentados, a pesar de las crecientes evidencias que apuntaban al yihadismo como el verdadero autor. Esta estrategia, lejos de esclarecer, sembró confusión y alimentó teorías conspirativas que, sorprendentemente, aún perduran: un 41% de la población española continúa creyendo en ellas.

Año 2004. Muestras de cariño de la ciudadanía a las víctimas del 11-M | Foto: Agustín Millán

Este escenario es sintomático de un problema más amplio en la política española, donde la difusión de bulos y la desinformación parecen tener un costo mínimo. A diferencia de otros contextos, como el británico, donde la mentira puede acabar con la carrera de un político, en España, esta práctica nefasta se ha normalizado, erosionando la confianza en las instituciones y fomentando la antipolítica.

No fue ETA y el PP lo sabía

La mañana de los atentados, mientras el periodista Javier Martín emergía de un búnker en Beirut tras entrevistar a un alto cargo de Hizbulá, se enteró del horror que sucedía en Madrid. La rápida asociación de los hechos con el yihadismo por parte de Hezbolá contrastaba abismalmente con la narrativa oficial del Gobierno español, que se empeñaba en señalar a ETA, aun cuando múltiples indicios apuntaban lo contrario. Esta desviación de la verdad no solo reflejaba un intento desesperado por capitalizar políticamente la tragedia sino que también evidenciaba un profundo desprecio por la inteligencia de los ciudadanos y las víctimas.

La estrategia del PP se sustentó en una complicidad mediática sin precedentes. Medios de comunicación afines, como El Mundo bajo la dirección de Pedro J. Ramírez y la cadena COPE con figuras como Federico Jiménez Losantos, se convirtieron en altavoces de una teoría conspirativa que buscaba desviar la atención de las verdaderas causas y responsables de los atentados. Esta manipulación no solo socavó los principios del periodismo ético sino que también alimentó una polarización y una desconfianza hacia las instituciones democráticas que perduran hasta hoy.

El PP sigue sin pedir perdón por el 11 M

Veinte años después, el espectro de aquella gran mentira sigue presente. La negativa del PP a reconocer su error y pedir perdón por el daño causado contrasta con su pretensión de liderar los actos de homenaje a las víctimas del 11-M. Este hecho no solo es un insulto a la memoria de quienes perdieron la vida sino también a la inteligencia de una sociedad que, en su mayoría, ha sido capaz de ver más allá de las mentiras oficiales.

Sin embargo, la herencia tóxica de aquellos días no se limita a la esfera política. La persistencia de una teoría de la conspiración, creída por un significativo porcentaje de la población, revela las profundas cicatrices que la manipulación informativa ha dejado en el tejido social español. Es un recordatorio doloroso de que la verdad es a menudo la primera víctima en el juego del poder político.

Impunidad en el 11 M

En este contexto, la pregunta sobre dónde están los responsables de la gran mentira del 11-M trasciende la simple ubicación física o política. Se trata de un interrogante sobre la responsabilidad moral y ética, sobre el compromiso con la verdad y la justicia, y sobre la capacidad de una sociedad de exigir cuentas a quienes la han engañado. Mientras los actores políticos y mediáticos implicados en la difusión de estas mentiras continúen sin enfrentar las consecuencias de sus acciones, la herida abierta por el 11-M seguirá sin cicatrizar, dejando un legado de desconfianza y división que España no merece.

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