Leonel Fernández pretende volver a ser nombrado presidente de República Dominicana. Por eso está haciendo una oposición populista, basada en una estrategia vacía de argumentos y que sólo añade contenido exponiendo lo que la gente quiere oír, sin realizar el análisis profundo de la realidad que se espera de quien gobernó durante 12 años.

La gestión que está haciendo Luis Abinader, en general, está afrontando directamente a los problemas de la ciudadanía y buscando las herramientas para, en primer lugar, paliar la herencia envenenada que recibió del PLD (el anterior partido de Leonel), y, en segundo término, para enfocar todos los esfuerzos y recursos en lograr que República Dominicana se convierta en un referente en Latinoamérica. Y, por más que Leonel busque fallas, tiene que ir a los detalles para intentar socavar los múltiples logros de Abinader.

El mejor ejemplo de la propulsión que se está dando al país se puede comprobar en la cargada agenda que el presidente dominicano ha llevado a Washington, donde ha sido recibido por la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, por congresistas y presidentes de comités y, sobre todo, por la vicepresidenta de los Estados Unidos, Kamala Harris.

Esa apretada agenda contrasta con otros jefes de gobierno europeos y americanos que, aunque llevan en el poder cerca del triple de tiempo que Abinader, aún no han sido recibidos por los altos representantes de las instituciones estadounidenses…, ni se espera que lo hagan a pesar de haber visitado en varias ocasiones Estados Unidos.

La importancia que está adquiriendo República Dominicana en el ámbito internacional se pudo comprobar en el hecho de que la administradora de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), Samantha Power, saliera a recibir al presidente dominicano a la entrada del edificio, un hecho sorprendente y que da muestra del respeto y de la importancia que se le dio a la presencia de Abinader en este organismo.

Habrá dominicanos que pueden pensar que el lugar de Abinader no está en Washington, sino en el país. Sin embargo, la realidad es que de cada viaje que ha realizado el presidente dominicano al exterior ha vuelto con las alforjas cargadas de inversiones y nuevos proyectos para incrementar el bienestar de su pueblo. Además, en un mundo globalizado, la obligación de un Jefe del Estado es la de acudir al lugar de donde se pueden obtener beneficios para su ciudadanía, no mantenerse sentado en su despacho con una estrategia localista que en nada favorece al bienestar del pueblo.  

Ante los hechos, Leonel Fernández sólo puede acudir al populismo trumpista que tanto le caracteriza. Como tal, evidentemente, su estrategia de comunicación a través de redes sociales, plataformas de streaming y aplicaciones de mensajería se parece demasiado a la que han aplicado en Europa y Estados Unidos los movimientos y partidos de extrema derecha que fueron y están siendo instruidos por el exasesor de Donald Trump, el ínclito Steve Bannon.

El manejo del Big Data

El populismo de Leonel parece aplicar la máxima de «si no le gustan mis principios, tengo otros». Los mensajes de Fuerza del Pueblo parecen recoger análisis de lo que piensan y lo que anhelan los dominicanos en un escenario de crisis global. Sin embargo, en vez de hacer una oposición constructiva, Leonel está utilizando esa información para ajustar su estrategia al «cuanto peor, mejor» que tantos beneficios da a los movimientos populistas.

¿Cómo es posible que puedan lograr tener acceso conocimiento absoluto de lo que la ciudadanía quiere oír? Muy sencillo, a través del Big Data, una tecnología que les podría estar permitiendo estar dentro de los dispositivos digitales de todas y cada una de las personas del país.

No hace muchos años se manipularon elecciones para que los populistas alcanzaran el poder. Estados Unidos en 2016 o el Brexit en Reino Unido son el mejor ejemplo. Sin embargo, esos métodos no se están utilizando sólo para ganar comicios, sino que disponen del nuevo sistema para manipular la voluntad de la ciudadanía de las democracias. Se trata del control absoluto del Big Data, del manejo de metadatos que se van dejando en redes sociales o en el historial de navegación de internet.

Los expertos en Big Data conocen los gustos culinarios, el consumo cultural, el tipo de mujer o de hombre que gusta a cada una de las personas, la hora a la que se van a dormir o se levantan. Lo saben todo con un solo clic. Para controlar esto hace falta, no sólo expertos, sino dinero porque acceder a esos metadatos cuesta muchos millones de euros.

Esto es lo que podría, presuntamente, estar utilizando el partido de Leonel Fernández y para manipular la voluntad de la ciudadanía y, en consecuencia, para conocer todos los puntos que preocupan para incluir esos puntos clave en su discurso y, de este modo, crear un contenido que alegra los oídos de una población temerosa por la incertidumbre respecto al futuro más cercano.

En el año 1988, Guy Debord alertaba del peligro de la desinformación en nuestras sociedades: «La desinformación se despliega ahora en un mundo en donde no queda sitio para verificación alguna».

Ese fenómeno, la posverdad, se une al conocimiento de las preferencias de casi toda la población. Ahí es donde está el triunfo de los partidos y los líderes trumpistas, su poderío y el fracaso de quienes siguen pensando en términos casi analógicos.

El Big Data, que sirve para informar/desinformar, está controlado por unas pocas empresas, por unas pocas personas que tienen accenso a millones de datos y de conversaciones en internet. Así, presuntamente, podría estar creciendo el partido de Leonel gracias al Big Data: desinformación, conocimiento de las preocupaciones de la población en tiempo real, adecuación de su programa a los datos recogidos con el toque ideológico adecuado y propagación de bulos. Esta estrategia suena demasiado a Steve Bannon.

Bannon fue presidente de Breitbart News, uno de los controladores de ese Big Data mundial. Así logró colocar a Donald Trump en la Casa Blanca.

El discurso y las propuestas de Leonel tienen cabida por la grave crisis económica, política y social que se está viviendo tras la pandemia y la guerra de Ucrania. Hay un posible caldo de cultivo, pero no todos los mensajes llegan a calar en todas las personas.

Sin embargo, con una utilización adecuada del Big Data se realizan estrategias de propaganda prácticamente personalizadas. Todo ello medido a la perfección y adaptado al contexto en el que se mueven. Pongamos un ejemplo: la utilización de la inflación importada de la que Abinader no tiene responsabilidad alguna.

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