Guy Ryder, Director General de la OIT, ha abogado por el mantenimiento del gasto social y la realización de cambios estructurales para paliar al riesgo que conllevan el aumento de la pobreza, el desempleo y la desigualdad, habida cuenta de los graves efectos que siguen padeciendo los mercados de trabajo en todo el mundo como consecuencia de la crisis de la COVID-19 .

En el marco de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y el Grupo del Banco Mundial , Guy Ryder puso de manifiesto la repercusión particularmente grave de la COVID-19 en gran parte de los 2.000 millones de trabajadores del sector informal, así como en los trabajadores deficientemente protegidos, incluidos los trabajadores temporales, domésticos o migrantes.

«Pese a que algunos de ellos pueden acogerse a bajas por enfermedad o utilizar servicios sanitarios al tiempo que siguen percibiendo su salario, la COVID-19 ha tenido efectos devastadores para la mayoría de las personas más desfavorecidas en materia de distribución de ingresos», señaló el Sr. Ryder.

«La crisis de la COVID-19 ha puesto de manifiesto desigualdades muy arraigadas. Estas se acentuarán si no se realizan profundos cambios estructurales; de no hacerlo, las consecuencias serán muy difíciles de prever”.

El Sr. Ryder abogó por que los marcos de política que se formulen después de la crisis de la COVID-19 estén en consonancia con los principios establecidos en los instrumentos sobre derechos humanos y las normativas de seguridad social a escala internacional.

«Ello es particularmente pertinente en la coyuntura actual, con objeto de que las políticas fiscales fomenten las inversiones que tanto necesitan los sistemas de protección social universal», añadió el Sr. Ryder.

Pese a que la mayoría de los Estados han movilizado sus sistemas de protección social, muchas de las medidas adoptadas han sido temporales y, con frecuencia, insuficientes para compensar la gran disminución de ingresos que ha provocado esta prolongada crisis.

Muchos países han puesto en marcha paquetes fiscales a gran escala como medida de respuesta frente a la crisis, en particular medidas encaminadas a garantizar los ingresos y apoyar a las empresas. Sin embargo, según la OIT, los incentivos fiscales aplicados en todo el mundo para paliar los efectos de la pandemia en el mercado laboral se han aplicado de forma muy dispar. Casi nueve décimas partes de las medidas de respuesta fiscal implantadas a escala mundial para hacer frente a la crisis se han aplicado en países avanzados.

«La reducción de la disparidad en materia de aplicación de incentivos fiscales en países emergentes y en países en desarrollo requiere mayor solidaridad internacional, a fin de aumentar la eficacia de dichos incentivos. Los países más pobres no deben verse obligados a elegir entre el cumplimiento de sus obligaciones para saldar su deuda y la protección de su población», afirmó el Sr. Ryder.

Un enfoque humano para propiciar una recuperación mejor y más rápida

El Director General de la OIT también advirtió de los graves y duraderos efectos de la crisis de la COVID-19 en la economía mundial y en las condiciones de vida, habida cuenta de las transformaciones que producen en todo el mundo la automatización, la geopolítica, el envejecimiento de la población, la migración y el cambio climático.

«La combinación de los efectos adversos provocados por la crisis y las transformaciones estructurales podría agravar aún más la compleja situación con respecto al empleo, los ingresos de los hogares y otros aspectos asociados a la seguridad humana en muchos países a lo largo del próximo decenio. En última instancia, ello podría mermar la confianza de los consumidores y los inversores, así como la demanda agregada y la prosperidad y el desarrollo económicos», afirmó el Sr. Ryder.

«La economía mundial necesita un nuevo motor de recuperación económica, o al menos, un motor suplementario», añadió el Sr. Ryder, al referirse a los factores fundamentales que determinan los avances en los planos económico y social, a saber, empleo suficiente para todos, oportunidades para adquirir competencias, condiciones de trabajo decentes, empresas sostenibles, protección social adecuada y mayor igualdad entre mujeres y hombres, así como el aumento de la productividad y del poder adquisitivo y el fomento de la confianza de los consumidores y los inversores que todo ello conlleva.

«Será necesario desplegar un amplio esfuerzo colectivo sobre la base del diálogo social que incida en mayor medida en el fortalecimiento de la economía y en la cohesión social de los países, con objeto de que el mundo pueda alcanzar el objetivo que se ha fijado de lograr una reconstrucción mejor y más rápida después de la crisis”, concluyó el Sr. Ryder.

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