Ignacio Galán durante un encuentro con empleados del grupo Iberdrola.

Galán, el presidente global de Iberdrola, al que según suma éxitos se le acumulan también enemigos, (nihil novo sub sole) ha conseguido dos hitos difícilmente superables: multiplicar por cuatro la capitalización bursátil de la eléctrica privada española en un tiempo récord, y convertirla en un operador de referencia internacional. Así es. Hoy más del 70 por ciento de las operaciones de Iberdrola se realizan fuera de nuestras fronteras.

La llegada de Ignacio Galán en mayo de 2001 supuso el inicio de uno de los procesos de transformación más profundos, rápidos y exitosos de una gran empresa en los últimos años. De hecho, ahora se cumplen justo dos décadas desde que comenzarán a instalarse en España los primeros molinos eólicos. Veinte años desde entonces, Iberdrola es líder mundial en producción de energía eólica.

El carácter rocoso, impetuoso, peleón, decidido de Galán y que en ocasiones ofende a tibios, indolentes y competidores legítimos, no ha impedido que la compañía haya alcanzado una proyección internacional de primer nivel, pasando de la Liga doméstica española a la Champions reservada a unos pocos. En un imaginario tándem del pedaleo mundial de la economía su único acompañante patrio posible es el gallego Amancio Ortega, que acaba de pasar el testigo a su hija Marta. Zara e Iberdrola son los buques insignia de España en el mundo, aunque ello les lleva también a la consideración los “hijos predilectos” de la izquierda extrema, especialmente cuando se avecinan procesos electorales.

Galán atisbó en 2001 cómo el Protocolo de Kioto, el primer acuerdo internacional de envergadura para adoptar medidas con el fin de luchar contra calentamiento global suscrito en 1997, representaba «una oportunidad» en el giro verde de su negocio. A ella se sumó, y a pesar de las críticas de aquel momento, se embarcó hacia un horizonte de liderazgo en energías limpias, en la lucha contra el cambio climático y en su apuesta por las nuevas tecnologías para el desarrollo de redes inteligentes y el almacenamiento eficiente. Hoy 110 millones de clientes y 600.000 accionistas (ocho Bernabeus a rebosar) respaldan esa perspectiva de empresa.

En este contexto de éxito en el exterior se sitúan las últimas dos fotos que nos llegan de los Estados Unidos. Iberdrola ha sido la única compañía de nuestro país que se sentó con el presidente Biden en la firma del documento que marcará el horizonte inversor en las próximas tres décadas en aquel territorio. Foto que debería añadir una brizna de envidia sana para la política española; juntos republicanos y demócratas con un nuevo horizonte/sueño americano.

Uno de esos proyectos es precisamente el primer gran parque eólico marítimo en la costa Este de los Estados Unidos, en el que, de nuevo, está presente Iberdrola como principal impulsor.

Se repite la historia. Un ingenioso hidalgo hace cinco siglos, cuando Colón desplegaba velas rumbo a “La Española” americana, creyó ver gigantes donde solo había molinos de viento. Hoy los gigantes marinos se desplegarán en la costa americana gracias en buena medida a otro visionario español.

No es recomendable envenenar con incienso a las personas que triunfan pues podrían morir de éxito o de soberbia pero tampoco es honesto cerrar los ojos ante el despliegue mundial de una compañía española que tiene padre, un quijote salmantino, y que hace ondear los colores de España por todo el mundo.

Cuando se cumplen 20 años de la implantación de los primeros generadores eólicos en España es bueno poner la mirada en las siguientes dos décadas, reconociendo los méritos de cada cual

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