Representa, de momento, casi el 14% del PIB español y las previsiones de crecimiento aportan datos tremendos. Se trata de eso que se ha llamado “economía colaborativa” o gig economy (también economía digital), el último invento del capitalismo salvaje y que se presenta como una solución social y moderna: extender la participación en el negocio de la empresa a todos aquellos que participan en la producción. Pero hay matices.

Realmente consiste en hacer realidad el sueño de muchos empresarios, no todos, pero sí muchos, que es la empresa sin trabajadores y sin medios de producción propios, o economía sin activos. Y sin regulación laboral, que incordia mucho. Imaginariamente el avispado emprendedor se levanta por la mañana, coge su móvil, accede a una plataforma y pone en marcha su empresa. Y ya se puede volver a la cama o a hacer lo que más le agrade. En la cama o en otro sitio.

La empresa es la plataforma y los trabajadores y los medios de producción los ponen otros, especialmente en el caso de la mano de obra que actúa por cuenta y riesgo (sobre todo esto último) del trabajador, que no lo es de la empresa, dado que es autónomo. Por ejemplo, en el caso de los VTC, o alquiler de vehículos con conductor y que tanto cabrean a los taxistas. El trabajador cotiza como autónomo, paga el coche, el móvil e incluso el traje, la camisa y la corbata. Y como es autónomo el Estatuto de los Trabajadores no está invitado al party, ni tampoco otras normativas laborales, convenios, seguridad y tantas otras. Y lo es porque se trata de acuerdos de colaboración entre particulares, no de establecer una relación laboral.

Además, al no existir un marco laboral, horario, derechos o protección, y la retribución es una variable, cuanto más trabajes más ganas, llegando de esta forma a rozar los límites de la resistencia de las personas. Algunos dicen que es un caso de libertad, de opción, pero no es así. Primeramente, porque en una sociedad como la nuestra las personas tienen derechos y están protegidas, aunque no lo quieran. Y, además, porque existen normas que regulan  el trabajo precisamente para evitar los abusos y la explotación laboral. Quienes defienden estas fórmulas aducen que es una actividad nueva y que por ello carece de una regulación ad hoc, pero no es tan nueva, ya que incorpora vicios que figuran en el mundo del trabajo desde hace muchos años.

Estamos ante otro caso, como en el de las llamadas asimismo redes sociales (en su parte más negra, abusos, coacciones, difamaciones impunes) en el que una birria se ha envuelto en papel de seda y ha pasado a ser algo cool, guay. Pero en el caso de una birria, igual que en el de un mono, no sucede como en la energía que se transforma. El mono se queda en mono y la birria en birria.

Cooperativas: la economía colaborativa buena

Antes de que nos presentaran el último grito de la economía mundial, en casi todo el mundo existían las cooperativas como modelo de economía colaborativa pero sin abusos ni trampas. Se trata de sociedades privadas creadas e integradas por personas iguales entre sí que constituyen, como propietarios, una entidad para prestarles unos servicios que individualmente no podrían tener. En nuestro país existen muchos casos que funcionan realmente bien, como en la agricultura, producción oleícola o vinícola, banca y finanzas, cajas rurales, entre otros muchos.

Este modelo está sirviendo como vía de escape y solución para muchos  trabajadores autónomos que se están animando a crear sus propias plataformas y ofrecer sus servicios sin que necesariamente tengan que convertirse en los esclavos del siglo XXI.