En los últimos días se han presentado diferentes informes de entidades bancarias que tienen sede en la City de Londres y de consultoras que han determinado que las pérdidas de los bancos europeos que se encuentran en el mercado británico. Los datos que se extraen de estos no son muy halagüeños para el Santander, sobre todo porque, a diferencia de otros grandes bancos que tienen sus sedes en la City, la entidad cántabra no puede irse del mercado británico.
El primero en dar una cifra concreta de las pérdidas que le va a suponer la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha sido el banco suizo HSBC, la mayor entidad crediticia de Europa: 300 millones es el coste por el traslado de sus 1.000 trabajadores a París que es donde tiene proyectado el banco suizo trasladar su actividad en cuanto el Brexit esté certificado tras las negociaciones que se están celebrando entre Gran Bretaña y la UE. El motivo de este traslado es no interrumpir su acceso al mercado único de la Unión Europea. HSBC calcula que la pérdida de ingresos, según confirmó uno de los máximos responsables de HSBC a la cadena Bloomberg, superará los 1.000 millones. Un riesgo que no están dispuestos a correr.
Son tales las pérdidas estimadas por el Brexit que empresas como Morgan Stanley o bancos como CitiGroup Inc. ya están activando planes de contingencia para trasladarse a París, Madrid, Dublín o Francfort. La fragmentación del mercado bancario europeo por la salida del Reino Unido de la Unión derivará en un incremento considerable de costes y un descenso de la financiación en el negocio británico. Evidentemente, esto afecta directamente al Santander.
Además, la propia economía británica se resentirá porque la salida de estas grandes corporaciones bancarias hacia el continente conllevará el traslado de activos por valor de 1,8 billones de euros, algo que también afectará a las cifras de negocios del Santander.
Por su parte, una de las mayores consultoras bancarias del mundo, Oliver Wyman, ha realizado un estudio en el que calcula que los costes para los bancos se incrementarán, al menos, un 4% y sus necesidades de capital un 30%, lo que supone una cifra de entre 30.000 y 50.000 millones de euros. También han calculado que el retorno de inversión se reducirá como mínimo un 2%. Además, la división de mercados que conllevará una partición de carteras de créditos o de trading hará que los beneficios caigan.
Como hemos dicho anteriormente, son muchas las empresas y los bancos que no van a esperar a que terminen las negociaciones entre el Reino Unido y el Brexit porque la incertidumbre que genera ya está generando pérdidas. De ahí que los planes para salir de tierras británicas se estén activando, por mucha presión que el Banco de Inglaterra esté ejerciendo para que no lo hagan.
Sin embargo, el Santander no puede hacer lo que el resto porque su negocio en el Reino Unido está asociado a entidades financieras británicas que no pueden salir salvo que la entidad cántabra decidiera venderlas, cosa que ahora mismo provocaría enormes pérdidas por la devaluación del mercado bancario británico.
El Santander es una entidad que ha tenido, y tiene, mucha importancia en la construcción bancaria europea. En su momento fue relevante su entrada en el siempre difícil mercado británico con la compra de Abbey National Bank o de Alliance&Leicester y la entrada en el accionariado de Bradford&Bingley, además de inyectar capital en la compra de sucursales del Royal Bank of Scotland. En total, el Santander tiene invertidos más de 17.000 millones de euros en Reino Unido.
A nivel de retorno de dicha inversión, el 50% del beneficio neto de Santander UK se envía a España. En 2016 fueron 593 millones de libras esterlinas, una cantidad que supone un 14,7% menos que el año anterior debido a la depreciación de la moneda británica provocada tras el referéndum en el que se decidió la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.
El Brexit, evidentemente, le ha afectado y le va a afectar. La reacción inmediata de la entidad presidida por Ana Patricia Botín ha sido la de transferir el negocio de grandes clientes y de mercados globales a España para, en primer lugar, reducir costes y, en segundo lugar, para frenar los efectos del Brexit.
Es lógica la preocupación del Santander por la evolución que está teniendo la economía británica y por los niveles de crecimiento post Brexit. El Reino Unido ha desacelerado su economía y las previsiones más optimistas determinan que en 2017 será de un 1,2% cuando, antes del referéndum, se calculaba por encima del 2%. Esta desaceleración afectará al Santander UK porque la demanda de crédito bajará. Según la consultora Merrill Lynch, la desaceleración del crecimiento económico británico incrementará la morosidad del negocio del Santander en Reino Unido, además de que producirá un desplome en los márgenes de beneficio e incrementará el volumen de pérdidas crediticias. A nivel del Grupo Santander, la división británica bajará su aportación por debajo de los 900 millones de euros. Todo lo anterior, sumado a la rebaja de las previsiones de rentabilidad al 8%, cuando antes del Brexit se encontraban en un 13%, ha hecho saltar las alarmas.
Si a todo lo anterior le sumamos los cálculos realizados tanto por HSBC como por Oliver Wyman nos encontramos con que la situación para el Santander se vuelve insostenible. Necesitan liquidez inmediata para compensar las pérdidas que se están produciendo y que se producirán en su negocio británico, además de las repercusiones que tendrá el Brexit en el negocio con Estados Unidos que también afectarán de manera muy negativa.
Como hemos dicho, el verdadero problema del Santander es que no puede abandonar su negocio en el Reino Unido como lo podrían hacer el resto de grandes bancos europeos instalados en la City. La necesidad de liquidez es la causa fundamental de las prisas que está teniendo la entidad cántabra para sacar beneficio inmediato de los activos del Banco Popular sin siquiera esperar a que Bruselas dé la autorización definitiva a la operación de compra.
La otra opción, la más complicada, es que pusiera en venta tanto Abbey National Bank, como Alliance&Lecister, como su participación en Bradford&Bingley y perder el dinero inyectado en la compra de las oficinas del RBS. Sin embargo, esta operación sería muy difícil de llevar a cabo con unos márgenes de beneficio adecuados, más bien, tendría pérdidas y la situación actual del Santander no le permite asumir más números rojos. Para eso las autoridades europeas y españolas le han regalado al Banco Popular, para rescatarle. Según expertos consultados por Sabemos, si el Santander vendiera su negocio en Reino Unido, el precio final de venta no superaría los 10.000 millones de euros debido, sobre todo, a la incertidumbre que el Brexit ha creado.
Todo lo anterior ya lo intuyeron los analistas del Santander cuando, tras la victoria de David Cameron en 2015, se supo que se iba a consultar al pueblo británico sobre la permanencia en la Unión Europea. Ese fue el momento en que buscaron una entidad a la que torpedear para que el Santander se hiciera con ella en el momento adecuado. Y se eligió: el Banco Popular, una entidad que disponía de patrimonio, de solvencia, de cartera de productos que mejorarían los resultados de los cántabros, de solidez ya que había pasado con nota los test de estrés del Banco Central Europeo, y, sobre todo, de una gran cantidad de activos inmobiliarios con los que se podría sacar un gran beneficio rápido si se sabía negociar con los fondos buitres, muchos de ellos dependientes de las entidades custodias que son sus máximos accionistas.
Ahí comenzaron las reuniones en chalets de urbanizaciones de las afueras de Madrid o en oficinas del distrito financiero de la capital (oficinas, por cierto, que en muchos casos estaban vacías y con un cartel de venta o alquiler colgado en las ventanas o en el balconcillo), reuniones a las que asistieron altos directivos de las dos entidades, reuniones en las que se declaró como razón de Estado el rescate del Santander, reuniones en las que se decidió que Emilio Saracho era el hombre perfecto para hundir al Popular, reuniones en las que se determinó cómo aprovecharse de la guerra interna de poder del Consejo de Administración de la sexta entidad del país. Reuniones, reuniones y más reuniones hasta que llegó el día en que la operación comenzó y el Popular estaba sentenciado a muerte.
Nadie podía saber que el Banco Popular Español ya estaba adjudicado al Santander. Por eso Luis de Guindos estuvo plantando una cortina de humo intentando hacer ver a la opinión pública y a la prensa que se lo estaba ofreciendo a Bankia o a otras entidades que en el pasado ya se habían interesado por el Popular. Por eso Antonio Carrascosa se encontraba en su despacho de la JUR esperando, como una célula durmiente, a que le dieran la señal de que el momento de la intervención ya había llegado. Por eso se filtró, un día antes de la resolución, que el Santander afrontaría una ampliación de capital de 5.000 millones. Como ocurrió en Dallas el 22 de noviembre de 1963, no podían permitir que nada saliera mal, no podían permitir que nada ni nadie parara la operación, no podían permitir que el Santander cayera a causa del Brexit.