En el tránsito de estas últimas semanas, el PP ha utilizado el debate parlamentario sobre los Presupuestos Generales para tratar de instalar su relato sobre el éxito económico del Gobierno. Los indicadores positivos sobre crecimiento económico y reducción del paro se ondean como pruebas definitivas de la recuperación a pesar de que la saben lenta e incompleta. Se calla que apenas se ha recuperado el 39% del desempleo creado durante la crisis y dejan de lado los datos presentes de temporalidad y precariedad laboral, las tasas de pobreza y desigualdad.

El debate presupuestario se ha entremezclado con los casos de corrupción y la moción de censura presentada por Podemos. Lo que el PP trata de hacer con su discurso económico es compensar la fuerte deslegitimación que está padeciendo. Cada vez que al Gobierno de Rajoy le explota entre las manos un nuevo escándalo, responden echando confeti sobre el escenario económico. El PP cree posible volver a un escenario precrisis en que la corrupción sea socialmente tolerable si logran trasladar una sensación de bonanza económica.

En realidad, la situación se puede condensar en una palabra: continuidad. Es el término con el que los portavoces del PP han definido sus Presupuestos con bastante acierto.

En primer lugar, se trata de unos Presupuestos que sobreestiman, según el Banco de España y la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), las previsiones de ingresos sobre el IRPF y sobre las cotizaciones a la Seguridad Social. Esto en un país con unos ingresos que se sitúan 8,4 puntos por debajo de la media europea.

En segundo lugar, son unos Presupuestos que consolidan y profundizan la obra realizada. El techo de gasto que se sitúa 5.000 millones de euros por debajo del año anterior y no se corrigen los recortes acometidos en políticas sociales. Además disminuyen las pensiones en términos reales (aumentan un 0,25% frente a una inflación prevista por encima del 1,5%), una tendencia que proseguirá en los próximos años.

Finalmente, estos Presupuestos han atacado fundamentalmente aquellas partidas que deberían usarse para modernizar la economía e impulsar un modelo productivo sostenible y de futuro. Se recortan las partidas destinadas a industria y comercio, las inversiones del Estado disminuyen en un 20% y se reducen también la mayor parte de partidas destinadas a I+D+i.

Con todo ello encima de las mesas es evidente que estos Presupuestos iban a tener enfrente a una muy buena parte del Parlamento. Hay que decir que nosotros hubiésemos planteado una política presupuestaria completamente diferente, pero al tiempo debemos saber leer que estos no son tampoco los Presupuestos que el PP hubiera deseado, sino que son los que han podido sacar adelante. Son unos Presupuestos en los que han tenido que disimular y esconder algunos de los aspectos más duros de su programa de ajustes. El PP no dispone ya de fuerza suficiente para pasar la apisonadora, ya no presumen de sus políticas. En la coyuntura política actual el PP no puede chocar de frente contra su oposición, tiene que maniobrar, pulir aristas e integrar otros sectores.

Esto es lo que hemos visto con el pacto firmado con el PNV y Nueva Canarias. El PP lo ha tenido muy justo para aprobar los Presupuestos y solo ha podido asegurarse una mayoría parlamentaria favorable a costa de poner cientos de millones de dinero público a disposición de los intereses de estos partidos. Las políticas del PP no convencen, solamente suscitan adhesión comprando voluntades políticas.

Esto es lo que permite situar una cierta perspectiva y leer estos Presupuestos como característicos de una fase de declive, de fin de ciclo. Los Presupuestos de un Gobierno que logra sostenerse pero que ya no tiene más impulso para seguir profundizando su agenda de ajustes, al que no le queda mucho más margen para desarrollar su programa. Un Gobierno que se alarga en el tiempo, pero al que se le acaba el aire.