En una entrevista concedida tras la intervención del Banco Popular por el Banco Central Europeo y la posterior venta por un euro al Santander, el presidente de la entidad intervenida, el líder de la entidad que acababa de dejar en la ruina a más de 300.000 accionistas, se mostraba muy satisfecho, incluso exultante.

El banco que él presidía acababa de ser intervenido. ¿Es responsable que el máximo dirigente, «el empleado número uno», como él se definía, estuviera tan satisfecho? No. Fue una irresponsabilidad sobre todo teniendo en cuenta las consecuencias tan nefastas que lo ocurrido en la noche del 6 al 7 de junio traía consigo.

Tanta alegría sólo es entendible si se tiene en cuenta que Saracho acababa de cumplir con el objetivo que le habían marcado cuando accedió a la presidencia de Banco Popular, tal vez no cómo él y todos los cómplices de la operación bajista habían planteado, pero, al fin al cabo, acababa de vender a la sexta entidad del país a otro banco. Exactamente lo que le habían encargado.

Sin embargo, no todo es tan transparente en la gestión de Saracho durante los meses en los que se gestó la operación de descapitalización del Popular. La primera pregunta que surge es la que ya nos hemos hecho en ‘Diario16’: ¿por qué se eligió a Saracho?

La elección de Banco Popular

Presuntamente, el Banco Popular se encontraba en una situación límite bajo el mando de Ángel Ron quien, por cierto, tenía un plan de viabilidad de la entidad que, de haberse llevado a cabo, a día de hoy los accionistas no estarían arruinados.

Si se quería quitar de en medio a Ron para dar un nuevo impulso al banco, lo lógico es que se hubiera elegido a una persona con experiencia en banca comercial, tal y como se hizo en Bankia colocando en la presidencia a José Ignacio Goirigolzarri. Los resultados de esta decisión están ahí y no entraremos a valorarlos, no es el lugar. Sin embargo, quienes ya tenían pergeñado un proyecto de demolición del Popular decidieron que el hombre era Emilio Saracho, uno de los tres vicepresidentes mundiales de JP Morgan Chase, quien liderara al banco tras la caída de Ángel Ron.

Poner a un banquero de inversión al frente de un banco comercial era como si en la puerta de un bar se colocara el cartel «Se Traspasa». El mensaje para los mercados ya estaba dado: se iniciaba el derribo del Banco Popular.

Ángel Ron reconoció en una entrevista concedida a ‘El Independiente’ que Saracho decía que el precio de la acción estaba cara y que «había que asustar al mercado para que bajara». Dicho y hecho. Gracias al apoyo de voceros mediáticos —voceros que no hicieron el trabajo gratis— se generó un miedo a la situación de Banco Popular que provocó operaciones de venta que rebajaron el valor de la acción hasta unos límites en los que, sobre la entidad, se realizaban operaciones agresivas a corto, sin que nadie actuara, sin que la CNMV o el Banco de España tomaran la palabra. Todo lo contrario de lo ocurrido con Liberbank. ¿Porqué con ésta sí se prohibieron las operaciones en corto y con el Popular se dejó campo libre?

Hay un dato que muestra la complicidad por abandono de funciones de la supervisión española: en las webs especializadas en operaciones bursátiles se recomendaba invertir en corto. Si una web de acceso público lo recomendaba, ¿por qué las autoridades supervisoras no hicieron nada?

Un banquero de inversión juega con eso, con las reacciones del mercado a la hora de mover activos. Sin embargo, en la banca comercial hay muchas más variables, la principal, la seguridad de los clientes, de los depositantes y, sobre todo, la responsabilidad de la entidad con sus accionistas. Saracho no entendía algo que es el «abc» de la banca. Ni le importaba. Su misión era generar el pánico en el mercado para provocar pérdida de valor de la acción: y demostró su eficacia en este tipo liquidaciones.

Esa falta de capacitación para dirigir un banco comercial la demostró en la Junta de Accionistas del día 10 de abril. Ante la pérdida de valor de la acción, Saracho presentó como dos soluciones para reflotar la entidad: una ampliación de capital o una operación de venta. Cualquier estudiante de económicas sin experiencia en la gestión de una entidad hubiera dado esa misma solución obvia. Lo peor de todo no está en la obviedad sino en la falta de concreción de cada una de las dos opciones. ¿Cuánto supondría la ampliación de capital? ¿En qué términos se aceptaría una operación corporativa de venta? Dos preguntas lógicas que Saracho no concretó y que, por supuesto, tuvieron una respuesta en los mercados ya que en menos de 15 días las acciones del Popular pierden un tercio de su valor. ¿Fue premeditado el no concretar para generar aún más caos en el mercado que debilitara aún más la posición de la entidad? Todo indica que sí.

Sin embargo, a partir de ese momento los errores calculados de Saracho para propiciar la descapitalización del valor de la acción del Popular fueron tan groseros que se empezó a quedar solo y sin los apoyos de las altas instancias que tuvo cuando accedió a la Presidencia. El Banco de España y la Comisión Nacional de Valores continuaban mirando hacia otro lado pero Saracho se ponía cada vez más nervioso viendo cómo la operación se le estaba yendo de las manos y, eso, uno de los «Cristiano Ronaldo» de la banca de inversión no lo podía permitir.

Según publica John Müller en ‘El Español’, «Sus antiguos colaboradores creen que era consciente de sus errores y eso lo frustraba, pero no podía evitar seguir cometiéndolos. Varios accionistas del núcleo duro afirman que su lenguaje se iba volviendo cada vez más grosero. Un día estalló: “¡Las putas cuentas de este puto banco!”. Al final, además, valoraba entregar la entidad en el BCE como si éste tuviera una inclusa para niños abandonados. “Si siguen así les voy a dejar las putas llaves en la puerta del BCE y que ellos se las arreglen”. Otra versión asegura que lo que dijo fue “voy a estrellarle el banco en la puerta al BCE”».

¿Quién seguía así para querer entregar el banco al Banco Central Europeo? ¿Sus colaboradores en la operación de demolición del Popular? ¿O el cabreo iba hacia más arriba, hacia su antiguo colega de banca de inversión, el ex presidente de Lehman Brothers en España y Portugal? ¿Se refería, tal vez, a la información privilegiada que se estaba dando a entidades públicas y privadas para que retiraran activos del Popular?

Sin embargo, los errores continuaron porque el objetivo que le habían marcado a Saracho era la venta del banco. Errores calculados, errores que estaba previsto cometer. Una entidad con el valor patrimonial del Popular no puede quedarse sin liquidez porque tiene garantías de sobra para poder afrontar los créditos de urgencia que el BCE y el Banco de España tienen a disposición de las entidades financieras too big to fail, como era el caso del Popular. Pero Saracho y sus cómplices decidieron que no hacía falta y no ofrecieron las garantías necesarias para que se les concedieran esos créditos, tal y como reconoció el propio subgobernador del Banco de España.

Finalmente, Saracho cumplió su amenaza y entregó el Popular al BCE con unos datos que no reflejaban la realidad de la entidad. Se decía que no había liquidez, cuando sí que la había. Declaró al banco inviable, cosa que certificó el regulador europeo creyéndose los datos que se le dieron.

El final ya lo conocemos. El Banco Popular fue intervenido y vendido al Santander por un euro, algo por lo que Saracho estaba realmente satisfecho. Daba igual que los accionistas lo hubieran perdido todo. Él había cumplido con su objetivo. Le había entregado en bandeja de plata el Popular, la sexta entidad financiera del país, a su antiguo banco, al Santander. De eso estaba orgulloso. Sin embargo, Saracho ha fracasado porque su inexperiencia en la banca comercial ha dejado tantas huellas sobre la magnitud del engaño al que han sometido tanto al mercado, como al BCE, como sus propios accionistas que cada día que pasa se desvelan más irregularidades, cada día que pasa se demuestra que el Popular ha caído por operaciones que no tenían otro objetivo que satisfacer los intereses espurios de unos cuantos personajes siniestros.

El Gobierno, a través del Ministerio de Justicia y de la Fiscalía Anticorrupción tiene la obligación para con sus ciudadanos, tengan o no una relación con el Popular, de desvelar lo que ha ocurrido. Las propias autoridades europeas ya han instado al gobierno español a que investigue la información privilegiada que presuntamente se dio a Comunidades Autónomas, Ayuntamientos o, tal y como han confirmado diversas fuentes a ‘Diario16’, a la Iglesia Católica o al Opus Dei, para que retiraran sus depósitos del Banco Popular. Estos comportamientos son corruptos per se y, por ende, la Fiscalía Anticorrupción debe intervenir de oficio para descubrir los culpables.

Emilio Saracho, el «Leo Messi» de la banca de inversión se volvió a anotar un triunfo, superó los objetivos que le marcaron, pero fracasó porque el resultado no era el proyectado, además de por el daño que ha causado, un daño que, por supuesto, a él le importa muy poco.