El triunfo está bien visto si es propio. Cuando llega el ajeno, la situación cambia. Eso lo está experimentando en sus propias carnes la plataforma de contenidos de video en streaming Netflix. Ha pasado de ser una compañía graciosa que podía servir al sector audiovisual, a una empresa de la que aprovecharse y a la que poner trabas.

El último episodio llega desde Bruselas. La Unión Europea ha acordado exigir a las plataformas audiovisuales de internet, entre ellas Netflix, que ofrezcan al menos un 30% de contenido europeo en sus catálogos. Ese porcentaje, acordado por los ministros de Cultura de los Estados miembro, coincide con la cuota establecida por el Parlamento Europeo y supera el 20% de la propuesta inicial.

El acuerdo afectará a las plataformas en las que el audiovisual sea “parte esencial de su producto”, precisa el texto, que se alinea con la propuesta de Francia que defendían España, Alemania, Italia o Hungría.

Pero hay más. La normativa deja en el aire la posibilidad de exigir una contribución del 5% a las plataformas de vídeo que operen en su territorio para fomentar la creación cinematográfica local, como ya les ocurre a las televisiones tradicionales en España desde 2001.

Esa contribución se aplicaría en función del Estado miembro en el que hace negocio la plataforma, y no en el país que está instalada la empresa, y estarían exentas las empresas con bajos ingresos y poca audiencia.

Netflix como socio

El escenario anterior representa la forma de ordeñar una empresa. Por otra parte, y también ordeñando, aunque entre iguales, en España Netflix ha conseguido llegar a acuerdos con Vodafone, en primer lugar; y posteriormente con Orange.

El motivo parece claro: las series de estreno y las películas están teniendo una segunda juventud gracias a las plataformas de video, y ningún operador quiere quedar al margen. De hecho, se ha convertido en uno de los grandes reclamos, como se puede observar en los últimos datos publicados por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), donde la Tv de pago no deja de crecer.

Y todo va en auge. Como publicó SABEMOS hace unas semanas, Netflix ya estaría en casi un millón de hogares, entre las ofertas combinadas con las telecos, y la contratación individual. Esto pone de manifiesto la realidad de un servicio que ha pasado con éxito el examen de los usuarios en la cuestión de calidad-precio.

Incluso, socialmente cada vez tienen mayor presencia. Ahora no es extraño que en las marquesinas de los autobuses o en las grandes fachadas de edificios haya anuncios de Netflix, u otras plataformas. Esto sugiere que su particular boom sigue al alza.

Netflix como enemigo

Lógicamente todo este éxito no iba a salir gratis. Los enemigos, aunque de manera inesperada, empiezan a salir dentro del propio sector audiovisual. En concreto, hace unos días en el Festival de Cine de Cannes se escenificó el rechazo de algunos directos, como Pedro Almodóvar, hacia la plataforma de video.

“Netflix es una nueva plataforma para ofrecer contenido de pago, lo cual en principio es bueno y enriquecedor. Sin embargo, esta nueva forma de consumo no puede tratar de sustituir las ya existentes. Me parece una enorme paradoja dar una Palma de Oro y cualquier otro premio a una película que no pueda verse en gran pantalla”.

Así se expresaba el director manchego en un simple ataque de nerviosismo, de los que tanto han aparecido en su filmografía. Primero disparar y luego preguntar. De este modo lo ve parte de la industria, que observa en Netflix un enemigo en vez de un aliado potencial. Justo como han hecho los operadores de telefonía. Que han sabido cesar sus críticas cuando han visto que eran necesario para empaquetar sus servicios.