Las zonas forestales son una de nuestras mayores riquezas, una herramienta natural para almacenar CO2 y un refugio de biodiversidad. Los países desarrollados hemos pasado casi veinte siglos talando bosques para obtener pasto para el ganado, leña para las cocinas, material para construir barcos, muebles y casas o combustible para las industrias. No en balde, cuando los romanos llegaron a la península ibérica se encontraron básicamente un bosque que iba de Bilbao a Cádiz. Posiblemente la etimología de Hispania sea “tierra de conejos”.

Curiosamente, ahora las ONGs de países que han arrasado todos sus bosques están yendo a países en vías de desarrollo a darles lecciones de cómo conservar los suyos, pero ese es otro tema y ya hablaré otro día.

A partir del siglo XX hemos tenido conciencia ambiental y tratamos de conservar, cuando no recuperar nuestros bosques. España es uno de los países que más masa forestal ha ganado en los últimos años, debido en gran parte a la crisis de la agricultura que ha hecho que muchos campos se queden sin cultivar por falta de rentabilidad, y a un cambio de ley que hizo que de los 10 años sin cultivar que se necesitaba para que un suelo agrícola pasara a forestal, ahora solo se necesite uno.

Mantener un bosque no es fácil, y empezar de cero para recuperar un suelo, tampoco. Después de un incendio, o cuando un suelo pasa a ser forestal muchas administraciones llevan a cabo programas de reforestación. Estos programas son a largo plazo y normalmente caros. Pero a pesar de la buena intención y de la inversión realizada, muchos fracasan. El fallo es pensar en lo que hay ahora y no en lo que vendrá.

Ahora mismo estamos en un contexto de cambio climático. Los árboles no se mueven, pero los bosques sí. Cada planta tiene unas condiciones de temperatura óptima. En una montaña la vegetación se distribuye en capas, estando más cerca de la cumbre aquellas que se adaptan mejor a temperaturas bajas. A medida que aumenta la media de temperaturas globales los ecólogos están detectando como las plantas de forma natural van ascendiendo y las plantas mejor adaptadas al frío están desapareciendo.  Esto que sucede en vertical, también se observa en horizontal. Los bosques van migrando a medida que sus árboles mayoritarios buscan sus condiciones óptimas. Este movimiento no es una cuestión de siglos, sino de años, pudiendo ser de entre 1 a 10 metros al año, como bien sabe cualquiera que tenga un campo cerca de un pinar.

¿Cuál es el problema entonces? Si tenemos un terreno al lado de un bosque establecido, con el tiempo de forma natural el bosque se lo irá comiendo y las plantas se distribuirán solas en función de las condiciones climáticas. Pero imaginemos que partimos de cero, o que la extensión a repoblar es grande y no podemos permitirnos esperar que el bosque anexo lo colonice por que antes la erosión se habrá comido el suelo y tendremos un desierto. En esos casos la tendencia es a poner las especies y variedades que había anteriormente, esa sobrevaloración del producto local.

Esto tiene el fallo de no considerar que un árbol tiene un crecimiento lento y que el clima está cambiando. Las condiciones que tenía el bosque anterior, que eran ideales para determinadas especies, no necesariamente van a ser las que se encuentre la nueva plantación. El riesgo es que el material vegetal  no se asiente y 5 años después volvamos a tener un terreno yermo, con la consiguiente pérdida de esfuerzo y dinero.

Por lo tanto, una repoblación forestal no es algo tan bucólico como ir al campo y plantar árboles en plan excursión escolar, sino que hay que tener en cuenta diversos factores como los modelos climáticos y un estudio de variedades y especies para ver cuales se pueden adaptar mejor no a las condiciones actuales, sino a las que se esperan. Por cierto, en eso estamos trabajando, entre otras cosas, mi grupo de investigación del IBMCP en colaboración con ingenieros forestales.