El líder de Podemos ve venir el sucedáneo de gran coalición que, según él, tendrá en España el mismo efecto que en Grecia: ascenso de una fuerza rupturista a costa de la socialdemocracia. Lleva un año vaticinando que esa alianza se producirá y le despejará el terreno de la oposición, condenando a los socialistas a un papel secundario en el medio plazo.

“Ya está bien de teatros. Si van a terminar permitiendo que Rajoy gobierne, que se lo digan a los españoles de una vez”. Era lunes, 28 de diciembre de 2015, y Pablo Iglesias se decía convencido de que PP y PSOE iban a articular una gran coalición para gobernar España. Lo proclamaría entonces, tras reunirse con Mariano Rajoy en La Moncloa, y lo repetiría las semanas siguientes. Se avecinaba una operación -“el pacto de la restauración”- por la cual los partidos tradicionales y Ciudadanos intentarían apuntalar un sistema en muchos ámbitos desacreditado y deteriorado. A juicio de Iglesias, esa maniobra iría precedida de un tiempo de escenificación imprescindible para preparar la entente, inexplorada en democracia a nivel nacional. Un “teatro” por parte del PSOE para maquillar el acuerdo y dotar de coherencia el abrupto paso de décadas de enfrentamiento bipartidista dentro de los límites del régimen al abrazo en esta época de zozobra.

Las declaraciones de Podemos parecían desear que tal cosa se produjera, más que describir una realidad. El desencuentro Sánchez-Rajoy era notorio, había pocas -por no decir nulas- posibilidades de que iniciaran una negociación y el líder del PP optó por la inaudita maniobra de declinar el encargo real para no protagonizar una investidura fallida. Pero Iglesias lanzaba una profecía por cumplir, la que según sus esquemas le llevaría a ocupar la hegemonía de la izquierda y relegar al PSOE a una posición secundaria, cuando no marginal. Lo reconoce abiertamente en una entrevista con Fernando Vallespín que se incluye en el libro Una nueva transición (Akal, 2015), firmado por Iglesias. “De que superemos al PSOE depende que se cumpla el objetivo de Podemos, o que Podemos se quede como una cosa muy interesante, una cosa muy poderosa”, explica. El objetivo es gobernar, ejecutar las transformaciones sociales de su ideario, y nunca podrá hacerse tal cosa desde la subordinación a otra fuerza.

¿Cuál es el camino más corto hacia el sorpasso? Que el PSOE se vacíe ideológicamente, que agudice su asimilación con el centro derecha pactando directamente un Gobierno de la nación junto al PP. Desde luego no lo es convertirse en su muleta y llevarles a La Moncloa sin mayores exigencias. “Podemos señala que la izquierda no ha entendido nada. La izquierda se ha acomodado en una posición subsidiaria en la que se maneja muy cómoda entre el 5% y el 10% de los votos, aspirando como mucho, y esas son las claves de los debates internos en la izquierda, a gobernar con los socialdemócratas y con los socialistas”, se explaya Iglesias en la citada entrevista. Su proyecto no había venido a ser la nueva IU, sino a buscar la hegemonía.

La firmeza en esa postura provocó fricciones en el partido la pasada legislatura y convenció al PSOE de que Podemos no quería un acuerdo sino nuevas elecciones para conseguir lo que rozó en diciembre: el ansiado sorpasso. Absorbiendo los restos de IU, estaría hecho. Pero los comicios los carga el diablo, de nuevo Iglesias quedó tercero y de nuevo ha mantenido la misma línea: tratar a los socialistas de tú a tú y no aceptar más Gobierno que el alumbrado por una coalición entre la izquierda, apoyada por los independentistas. O se les daba gran protagonismo en un Gabinete de cambio radical o Sánchez tendría que entenderse con el PP o habría terceras elecciones. Su plan hacia la hegemonía de la izquierda está marcado y no admite atajos.

Cuando el líder del PSOE, acorralado por las circunstancias y su trilema -“no a Rajoy, no a articular alternativa, no a nuevos comicios”- se avenía a explorar el denominado Ejecutivo Frankenstein, el PSOE entró en guerra civil e hizo caer a toda su cúpula.

La pieza que el falta al puzle

El líder de Podemos huele la sangre, ve venir el siguiente paso: un sucedáneo de gran coalición que le despeje el carril de la oposición y le dé munición para asociar al PSOE con el PP durante toda la legislatura. La pieza que le falta al puzle que empezó a construir hace tres años. Si ya se ha quedado dos veces a un puñado de votos de los socialistas, el sorpasso estará hecho en cuanto se fragüe lo que denunciará como “gran coalición en diferido”. Así lo recogen ya los argumentarios morados.

Está convencido de que la abstención del PSOE agrandará la percepción pública, provocada por la gestión de la crisis económica, de que los partidos tradicionales no discrepan en lo fundamental, que aplican recetas y políticas equiparables en los asuntos nucleares. Y Podemos quedaría enfrente, como única referencia viable de los desencantados y desfavorecidos, que no son precisamente pocos. Dispuesto a capitalizarlo en el siguiente ciclo electoral.

El modelo, claro, es el de Grecia. “Nosotros llegamos a hablar de sorpassokización”, le reconoce Iglesias a Vallespín. El país heleno ha vivido acontecimientos similares a los que se han dado en España los últimos años. Gobiernos de los partidos tradicionales que frustran a amplias capas de la sociedad, ascenso de una fuerza rupturista -Syriza- que en un primer momento no queda en posición de gobernar pero deja a la socialdemocracia ante una dicotomía endiablada -entenderse con el centro derecha o abocar a la ingobernabilidad- y repetición de elecciones generales. El matiz diferencial no es menor: Alexis Tsipras superó al PASOK en las dos citas con las urnas de 2012. Los socialistas facilitaron a la segunda un Gobierno conservador, lo que hizo crecer a Syriza hasta su victoria de 2015 casi por mayoría absoluta.

Iglesias cree que en España ocurrirá lo mismo, que los socialistas no se repondrán del desgaste de dejar gobernar a Rajoy. “Quizá gobierne el PP con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos, pero el futuro es nuestro”, proclamó el día 7 en el encuentro que mantuvo con círculos de Madrid. Allí cargó contra la “gran coalición” que se le dibuja en lontananza y que pretende “cerrarle las puertas a las fuerzas del cambio” con la colaboración de los “falsos progresistas”.

Tras casi un año de vaticinio y no pocos esfuerzos por provocarlo, la profecía parece a punto de consumarse. Iglesias lo advierte y se relame, ataca preventivamente el viraje del PSOE e incluso le avisa, por boca de su número dos, de que será corresponsable de la corrupción del PP si apuntala a Rajoy. Tiene mimbres para colocar su relato, pero los demás actores también juegan, así como la hemeroteca, sus hechos de este año y hasta la justicia de las cosas. No debería dejar de observar a su admirado Maquiavelo: “La experiencia siempre ha demostrado que jamás suceden bien las cosas cuando dependen de muchos”.