En las oficinas centrales de Samsung tienen los dedos cruzados. El único pensamiento en estos momentos es la confianza en que el último terminal incendiado en un avión a punto de despegar, no sea uno de los reemplazados,como todo parece señalar. De lo contrario, la compañía tendría un problema difícil de afrontar.

Cuando todo el lío de los Galaxy Note 7 que se incendiaban empezó, hace unas semanas, nadie en la compañía pensaba que el problema se haría tan grande. En un primer momento Samsung aguantó bien el golpe. Tanto económico como de imagen. Invitó a sus clientes a reemplazar los terminales y se comprometió a hacer todo lo posible para zanjar el asunto cuanto antes. Así, todo parecía más o menos controlado. Pero el tema le ha vuelto a estallar encima.

El avión de Southwest Airlines que estaba listo para despegar rumbo a Baltimore la mañana del miércoles se ha convertido en un nuevo quebradero de cabeza. Y es que el terminal comenzó a arder en el bolsillo de su propietario, que rápidamente lo tiró al suelo, donde quemó la moqueta del avión, según sus declaraciones a medios estadounidenses.

Tras la evacuación de la aeronave, el usuario aseguró que se trataba de un Galaxy Note 7. Empezaba el lío. El cliente afirma haberlo adquirido el pasado 21 de septiembre y que de hecho tenía el símbolo de la batería en color verde tal y como corresponde a los dispositivos comercializados después de la revisión. No son buenas noticias para Samsung. Aunque tienen un último clavo ardiendo al que agarrarse.

La autopsia definitiva

Samsung ha confirmado a SABEMOS que en estos momentos están analizando lo sucedido en el vuelo. Y, sin que lo digan explícitamente, sus deseos en estos momentos es que el móvil que se ha incendiado no sea uno de los reemplazados.

Por ello, la compañía coreana se tomará muy a fondo la investigación. Desde el momento en que se vendió el terminal al cliente, hasta el momento del incendio. Esta vez no hay vuelta de hoja ni maquillaje. Samsung espera que el usuario se haya equivocado en algo, o, que,  de algún modo, la trazabilidad de ese Note 7 no sea la adecuada. Es decir, que por error fuese uno de los terminales que no se reemplazaron. En cuyo caso sería un error, pero menor.

Sea lo que sea, Samsung necesita saber con absoluta certeza lo que ha pasado. El impacto de otra llamada a revisión sería muy grande a nivel económico, tanto o más que el propio golpe a nivel de imagen. Las cifras que se barajan son casi irreales. La pérdida de dinero supondría un serio agujero a la compañía. Más doloroso, si cabe, en un año donde no se espera vender más que el ejercicio anterior.

Por si eso no fuera poco, la propia empresa ha generado un debate sobre las baterías, sus problemas en los vuelos comerciales, la capacidad de mejora que tienen, etc. Esto no hace sino amplificar la magnitud del problema. Y, de paso, puede dar alas a sus rivales para centrar el debate en ese aspecto y soltar sus golpes ahí.