“Haciendo las cosas siempre igual, el resultado será el mismo. No esperes otra cosa distinta”. Esta cita se atribuye a Albert Einstein. Curiosamente puede valer para cualquier negocio del siglo XXI. Por eso, desde la startup Aplazame creen que la gestión de créditos no puede ser la misma que hace unos años, y así lo aplican a su empresa.

En realidad esta fintech no descubre nada nuevo. Se trata de un servicio de préstamos al consumo para que los clientes puedan acceder de forma inmediata a lo que necesitan. Pero detrás de eso está la tecnología unida a la movilidad; y eso cambia todo.

Desde SABEMOS hablamos con su CEO y fundador, Fernando Cabello-Astolfi. Es un directivo realista, sincero. De esos que, incluso, puede que no le guste lo de llamarle directivo. Cuando se habla de servicios crediticios y préstamos -al margen de las grandes entidades financieras- siempre hay temor sobre los tipos de interés, la evaluación de riesgos… pero Fernando contesta a todo sin miedo.

Su mecanismo es sencillo. Su objetivo, todavía más. Aplazame se integra dentro del negocio de sus clientes (comercios o ecommerce) como fórmula para realizar los pagos a plazos. Ellos ponen el dinero mediante deuda adquirida, y luego cobran los intereses a las personas que compran en esos negocios.

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CEO y fundador de Aplazame, Fernando Cabello-Astolfi

“Somos una herramienta para que el ecommerce pueda vender más, ese es el gran objetivo de Aplazame”. Simple y llanamente. Fernando asegura que tratan a sus clientes, los negocios; y a los clientes de sus clientes, los compradores finales, de la misma manera. Se trata de que unos puedan acceder a esa bicicleta que tanto quieren, y la pueda pagar a plazos. A los comercios o ecommerce les facilita que sus productos se puedan pagar a plazos. El problema es que la bola de deuda empieza a crecer. ¿Ya hemos olvidado la crisis?

La inteligencia del que presta

El CEO de Aplazame cree que tiene la clave a esa respuesta: “Estamos aprendiendo a dar crédito de una manera distinta a como lo hacen los bancos”. La manera de hacer que los riesgos no se vayan de las manos es usar variables no tradicionales, asegura Fernando. Significa, fundamentalmente, que tienen que trabajar con otro tipo de restricciones, así como una información distinta. Esto, sobre todo, se produce porque al ser créditos inmediatos todo se negocia de manera distinta.

“Dar crédito es un negocio muy duro y difícil”. Por eso, cree que lo primero que se debe entender es el negocio, porque asegura que no es lo mismo “dar crédito, que dar mal crédito”. Aquí, con un tono serio, explica que la responsabilidad no solo pivota sobre el cliente que pide el préstamo. Estima que una parte importante de la operación recae sobre quien da el dinero.

No lo dice. No quiere comprometer a nadie. Pero de sus palabras se deriva una crítica al sistema que nos ha acompañado durante los últimos 10 años y que, a muchos, se les ha ido de las manos.

En cuanto a su negocio, explica que el saldo medio de préstamo es de 300 euros en un plazo de pago de seis meses. Y sobre la tipología de clientes que usan su plataforma, admite que no hay ningún nicho que destaque. Tan solo apunta a que nunca se trata de productos de primera necesidad, tipo comida, electricidad o servicios móviles.

La polémica del interés

Llega el momento delicado. Hay que hablar de los tipos de interés. Pero Fernando no parece estar preocupado. De entrada, su mensaje es basta de criminalizar. “Antes de prohibir o criticar un producto, como en este caso serían los créditos rápidos, hay que saber y conocer las necesidades de quien lo pide”. Para el CEO de Aplazame hay una cuestión clara, si hay una necesidad es porque el mercado no está dando la respuesta adecuada.

No obstante, y apuntando a la competencia, aunque no sea de modo directo, sí cree que las webs de microcréditos tienen unos tipos de interés muy elevados. Por el contrario, asegura que su tipo de interés “es más bajo que una tarjeta revolving de cualquier banco tradicional”.

La guinda del pastel

Aplazame es una startup que se encuentra en el segmento fintech. Es decir, las empresas que gestionan servicios financieros en entornos completamente digitales. ¿Y quién controla a estas empresas? ¿Tienen los mismos criterios de regulación que las financieras tradicionales? Este es un punto polémico.

Por el momento, la mayoría de fintech se regulan en torno a normativas y leyes regionales de consumo. Ni el Banco de España o la Comisión Nacional de Mercados y Valores (CNMV) se ha puesto manos a la obra para controlar el sector. Lógicamente, derivado de una autocomplacencia del Gobierno de turno.

Por eso, Fernando considera que “la regulación en materia fintech puede ser una ventaja competitiva”. Más si cabe, añade, por la situación en Reino Unido, uno de los países con más pujanza en el entorno europeo. Aunque asume que regular la innovación siempre es difícil, cree, como la voz mayoritaria del sector, que se debe poner remedio a la situación lo antes posible.