Si no conoces la serie Freaks & Geeks, con Judd Apatow como showrunner, Jake Kasdan de director y algunos de los mejores actores de su generación (Jason Segel, Seth Rogen, James Franco, Ben Foster…), ya estás tardando. Tienes sus gloriosos 18 episodios en Netflix. No te arrepentirás.

La serie habla de la relación en un instituto entre los repetidores y los empollones, los molones y los gafotas, los rebeldes sin causa y sus futuros jefes.

No vimos en la serie ningún episodio muy tópico, como que el personaje de James Franco se presentase a presidente del consejo escolar y ganase. Pero tampoco hace falta: es lo que hemos visto durante esta campaña presidencial.

Un señor de color naranja y sin la preparación suficiente ya no para afrontar los dilemas de un presidente del gobierno, sino para comprenderlos siquiera, recibió ayer la paliza de su vida frente a alguien a quien desprecia.

Un personaje como Trump, demasiado confiado, siempre optimista sobre sus posibilidades y que sobreestima dramáticamente sus propias (y escasas) capacidades, entre ellas las intelectuales, llega al atril del debate con sus muletillas, su populismo trilero y un enorme desconocimiento sobre casi cada tema a discutir. Y se topa con una rival que no sólo le desmonta con una facilidad pasmosa cada uno de sus “argumentos”, por así llamarlos, sino que no le deja respirar durante más de hora y media.

No puedes presentarte a un debate presidencial como un porrero de instituto a un examen oral. Clinton demostró su enorme capacidad para el debate en las primarias demócratas de 2008 frente a Obama. Hace menos tiempo, la batalla con Bernie Sanders fue muy diferente de lo que vimos ayer: Ahí se trataron temas serios de políticas y Clinton tuvo que lidiar con un adversario con la cabeza en su sitio en lugar de torear al tonto de la clase.

Trump fue un caramelito. No pudo parecer presidencial ni a sus propios seguidores. Cada mínima comprobación de lo que decía llevaba a constatar que sus palabras no eran más que una sucesión de mentiras. Logró mantenerse calmado en más ocasiones de las previstas, pero entró a cada trapo metafórico que le puso delante la secretaria de Estado.

Esto no quiere decir que Trump vaya a tenerlo peor en las urnas. Su votante no es, obviamente, una persona muy interesada en los debates. Es un tipo blanco, preocupado e ignorante que votará al macho alfa populista y caucásico sin pensárselo dos veces. ¿Son todos los votantes de Trump unos idiotas? No, muchos sólo son gente que ve en él una ruptura con todo lo anterior o personas que esperan sacar tajada.

En esta ocasión, el candidato predecible y conservador es el empollón, la Hermione de turno. La lista de la clase que será buena delegada de curso. La cuestión es cuánta gente, por hacer la gracia o el idiota, terminará votando al Voldemort repetidor y chuleta.