Hace ya muchos años, los que separan mi adolescencia del presente, vi, quizá traído a España de la mano de Alliance Française, un documental rodado bajo la dirección de Alain Resnais, que se titulaba “Toda la memoria del mundo”, y se centraba en un solo edificio de inabarcable contenido: la Biblioteca Nacional Francesa. Sus fondos, su organización, sus lectores… un canto en imágenes al libro, como objeto y como memoria.

Del mismo modo, pero en una escala minúscula, la biblioteca personal de cualquier lector describe su memoria, el itinerario cultural y sentimental de quien adquirió y leyó los libros que ahora reposan en las estanterías, aunque en mi caso he de informar que durante mucho tiempo tuve a gala recomendar y prestar, es decir, regalar, libros ya leídos, los que me habían producido un singular placer y, claro, la mayor parte de ellos no ha vuelto a su redil.

He de confesar que soy un lector voraz y desorganizado y, como tal, poco propenso a la relectura, aunque, de vez en cuando, vuelva sobre los autores que me dejaron huella y, a menudo, retorno a ellos con placer. Fui, desde muy pronto, como he dicho, lector ávido y poco sistemático y en mi niñez se mezclaron “La isla del tesoro” con la novela policíaca inglesa, aunque no sólo ni principalmente la de Agatha Christie. Los escritores marineros me han conducido con fortuna y he navegado con ellos por todos los mares del planeta: el ya citado Stevenson, pero también Melville, London y Conrad. Sin olvidarme de Salgari, que, sin haberse movido de su casa italiana, me llevó, como a tantos, a los mares de Oriente.

Recuerdo que los “Episodios Nacionales”, en la edición en papel biblia de Aguilar, los comencé a leer en la Navidad de mis catorce años y Galdós me tuvo prácticamente sin salir de casa durante aquéllas y otras vacaciones. Pío Baroja, que llegó a mis manos desde la biblioteca del Ateneo santanderino, aún me acompaña. Dickens y Balzac también salieron a menudo del Ateneo hacia el domicilio familiar. Al préstamo de libros, que el Ateneo practicaba entonces entre sus socios, debo yo muchas horas de placer solitario.

“Éste es un libro que debes leer, casi por obligación”, me dijo un día la esposa de mi padre, mientras me alargaba dos gruesos tomos. La novela se titulaba “Los miserables”. Más que leerla, la bebí, aunque lo hiciera en muchos tragos. Tragos gozosos, que no se compadecían con los permanentes malos tragos a los que tenía que enfrentarse la aperreada vida de su protagonista, Jean Valjean.

En todo caso, no voy a escribir un listado de obras y de autores leídos, que sería, probablemente obvio, pero he de reconocer que me atraen más los escritores piadosos que los despiadados. Entiéndaseme bien: “piadosos” respecto a sus propios personajes, al trato que dan a sus criaturas. Desde Cervantes a Galdós, por citar autores españoles, existe, en efecto, un hilo conductor que se prolonga entre nosotros con Miguel Delibes y tantos contemporáneos más.  Tratan a sus personajes con la piedad que merece el ser humano en sus miserias y grandezas, en su condición mortal, desesperanzada, impotente y, a la vez, repleta de una ilusión creyente en la inmortalidad, ya sea ésta religiosa, genética o artística.  Un saco de contradicciones, de egoísmo y generosidad, en el que estos autores introducen su mano comprensiva y “piadosa”.

La calidad literaria no depende, obvio resulta decirlo, del punto de vista o del talante que adopta el escritor en su obra, pues los hay “despiadados”, desde Quevedo a Valle Inclán, cuya calidad resulta indiscutible y, sin embargo, a la hora de tomar la pluma no les tembló la mano y nos presentan a sus personajes crudamente, en toda su negritud y sus mentiras. Mas el placer estético que me produce su lectura, la excelencia de su envidiable nivel literario, me resulta, con frecuencia, desapacible. No porque las cosas no sean como ellos las describen, sino porque tiendo a pensar que las cosas y ante todo los hombres no son sólo así. En todo caso, la labor del escritor, el resultado de toda obra literaria buena, es una “buena obra”, en el sentido moral de la frase, pues nos otorga un poco de orden con el que atemperar el caos de nuestras existencias.