Japón es un país en el que, sorprendentemente, no existe mucha innovación alentada por start-ups, pero cuando sucede, a veces genera estupefacción entre occidentales. Es el caso de Obosan-bin, una marca que significa ‘sacerdote a domicilio’ y que está haciendo que los templos budistas tradicionales reaccionen con tanta virulencia como los taxistas españoles frente a Uber o Cabify.

Se describe perfectamente en una historia del New York Times en la que explican esta iniciativa que se comercializa en Amazon por la compañía de internet Minrevi, que comenzó con una red de 400 sacerdotes y comenzó a recibir pedidos a través de su propia página web y por teléfono.

Se quedan una comisión del 30% de lo recaudado, con precios que van desde los 35.000 yen (310 euros) de un servicio funerario en casa del difunto al tope de gama de 65.000 yen (530 euros) con un segundo servicio en el cementerio. El éxito alcanzado con Amazon les ha permitido aumentar la plantilla en cien nuevos sacerdotes y confían en incrementar las contrataciones un 20% este año, hasta alcanzar las 12.000.

En una sociedad extremadamente secularizada, muchos japoneses no tienen una conexión con templos locales y no tienen claro qué hacer exactamente cuando tienen que afrontar un funeral. Esta solución es fácil de contratar y, sobre todo, predecible en precio, dado que en los templos no sólo se cobran sobrecostes en aspectos como las velas, sino que la política de donaciones en lugar de precios fijos lleva a una cierta inseguridad.

En un país en el que el 70% de la población se consideran laicos o ateos, muchos siguen tradiciones como acudir a los templos sintoíastas en Año Nuevo o visitar las tumbas de los difuntos.

Desde el punto de vista fiscal tiene miga porque, a diferencia de los templos budistas, Obosan-bin paga impuestos. Así, se produce exactamente el caso opuesto a las reivindicaciones tradicionales de los taxistas frente a servicios como Uber. En este caso, es la innovación la que contribuye a las arcas del Estado y el sistema tradicional, el que se las niega.

 

Foto: Alejandro Rojas en Flickr