En los últimos tiempos se habla mucho de la amenaza terrorista. De hecho, hemos vivido muchas situaciones de pánico, algunas justificadas y otras no tanto. Dentro de las amenazas terroristas contempladas, una es un presunto ataque biológico o un accidente que implique armas biológicas. Pero nada de esto es nuevo.

Lo de utilizar microbios patógenos como arma viene de lejos. Algunos textos hititas datados en el 1500 a.C. describen que los enfermos de peste eran enviados hacia las líneas enemigas. La peste negra llegó a Europa por el asedio de Kaffa, en Teodosia, en 1346, en el que los turcos lanzaban los cadáveres de los muertos de peste en catapulta por encima de las murallas. Esa práctica ha seguido haciéndose a lo largo de la historia. En el siglo XVIII los rusos utilizaron la misma estrategia en el asedio de la ciudad de Tallin, en poder de los suecos. En Canadá los conquistadores franceses y británicos le dieron a los indios mantas contaminadas de viruela.

En la Segunda Guerra Mundial todos recordamos los experimentos de Mengele, pero hay un caso mucho más cruel e inhumano. La unidad 731 del ejército japonés al mando de Shiro Ishii, especializada en guerra biológica, hizo toda clase de experimentos crueles con prisioneros sin ningún tipo de consideración ética. También fue responsable de acciones de guerra biológica, como bombardear China con jarras de cerámica llenas de pulgas portadoras de la peste. Cuando acabó la guerra una parte del escuadrón cayó en manos rusas y fue juzgado. No obstante el propio Ishii y muchos de sus colaboradores fueron detenidos por el ejército americano. Los adelantos con la guerra biológica eran mucho más evidentes que los americanos, así que estos compartieron la información para crear Fort Detrick, el mayor centro de guerra biológica del ejército americano. Ishii nunca fue juzgado y acabó sus días ejerciendo como médico en Japón.

La unión soviética también hizo una amplia investigación en guerra bacteriológica, repartida en varios centros. En uno de ellos situado en la ciudad rusa de Sverdlovsk a más de mil kilómetros al este de Moscú, se dedicaba a producir cantidades industriales de esporas de ántrax, producidas por la bacteria Bacilus anthracis, para luego cargarlas dentro de proyectiles. En octubre del año 1979 66 personas fallecieron por ántrax debido a una cepa que se escapó por un filtro de aire averiado. El accidente fue oficialmente silenciado hasta mayo del año 1992 en el que Boris Yeltsin (que en el año 1979 era el jefe del partido comunista en Sverdlosk), lo admitió y anunció el fin del programa soviético de guerra biológica.

Estados Unidos también ha sufrido ataques biológicos. Del ántrax (también llamado carbunco) se volvió a hablar después del 11-M cuando políticos y periodistas de Estados Unidos empezaron a recibir sobres con esporas de ántrax. 22 personas se infectaron y 5 murieron. Steven Hatfill, un antiguo investigador en armas bacteriológicas del ejército fue acusado, y luego absuelto. El siguiente sospechoso fue Bruce Ivins otro antiguo investigador de Fort Detrick, que se suicidió en julio del 2008 y poco tiempo después fue declarado autor de los envíos. Sin embargo, este no fue el primer ataque biológico contra el país. Chandra Mohan Jain, tanbién conocido como Acharya Rajneesh, y luego como Bhagwan Shree Rajneesh o “el gurú de los Rolls Royce”, era un líder de un grupo religioso que se estableció en un enorme rancho en los condados de Wasco y Jefferson, en Oregón. En 1982 la población de la comuna era suficientemente grande, por lo que consiguieron convocar y ganar un referéndum para que su rancho fuera admitido como una pedanía y cambiar el nombre de la ciudad (Antelope) por Rajneesh. Esto creo muchas tensiones con los habitantes del pueblo, por lo que el grupo decidió cortar por lo sano cultivando salmonella y esparciéndola por los bares de la zona. Consiguieron intoxicar a 700 personas. El líder tuvo que huir de Estados Unidos y en Uruguay se cambió el nombre por Osho. Otros grupos sectarios han intentado hacer cosas parecidas, por ejemplo, el grupo japonés liderado por Shoko Asahara, autor del ataque con sarín en el metro de Tokio antes había intentado conseguir armas bacteriológicas.

Por lo tanto la guerra biológica no es nada nuevo, pero esperemos que a nadie se le ocurra. En todo caso, contamos con suficientes herramientas e información como para hacerle frente.