Casi un año después de que se destapara el trucaje de los motores de Volkswagen para ocultar que superan las emisiones de gases contaminantes, el gigante teutón de la automoción se ve golpeado por otro culebrón de verano. La compañía ha anunciado que, debido a problemas con sus proveedores, va a paralizar la producción de varias de sus plantas en Alemania, lo que le impedirá fabricar unidades de los modelos Passat y Golf hasta septiembre.

En concreto, las factorías afectadas por los cortes de suministros para la producción de estos coches son las de Emden, Wolfsburgo, Zwickau, Kassel, Salzgitter y Braunschweig, de acuerdo con un comunicado de la marca. Todas ellas en Alemania.

Como consecuencia de este frenazo en la producción de dos de sus buques estrellas, el Passat y el Golf, casi 28.000 trabajadores de la compañía se van a ver afectados por “diversas medidas de flexibilización”, entre ellas la reducción de jornada de sus empleados. Con respecto a las consecuencias en los consumidores, fuentes del grupo han indicado a SABEMOS que “Volkswagen hará todo lo posible para evitar inconvenientes a sus clientes”.

28.000 trabajadores de la compañía van a verse afectados por la paralización de las fábricas

El problema, de acuerdo con la versión de la multinacional, se debe a que varias compañías que suministran componentes para los vehículos de la marca se han negado a seguir con su calendario de entregas. “Aunque la Audiencia Provincial de Braunschweig ha dictaminado que los proveedores tienen que reanudar sus repartos, las empresas todavía no han cumplido con sus obligaciones”, ha explicado Volkswagen, que adelanta que va a continuar con sus “esfuerzos” para alcanzar un acuerdo con sus proveedores.

De acuerdo con los cálculos del banco suizo UBS, la compañía podría dejar de ingresar 100 millones de euros brutos como consecuencia de la pérdida de actividad de la factoría de Wolfsburgo durante una semana. Y no es el dinero, precisamente, lo que le sobra a Volkswagen desde que las autoridades estadounidenses descubrieran que los motores de la multinacional incluían un software que detectaba cuándo estaban midiendo sus emisiones, con el objetivo de ofrecer unos datos menores que los reales.

La mala reputación

Han sido 11 meses complicados, desde aquel 21 de septiembre, cuando se conoció el trucaje de los sistemas de los coches de Volkswagen. El mismo día que se hicieron públicas las primeras informaciones la marca de Wolfsburgo cayó un 20% en bolsa y se dejó 15.000 milones de euros de capitalización, lo que fue un oscuro augurio de lo que iba a sucederle.

Este escándalo de proporciones planetarias, dada la escala mundial de la compañía, no tardó en tener consecuencias. La primera cabeza que rodó fue la de su consejero delegado, Martin Winterkorn, que cargó con la culpa de una falta muy cara para la empresa.

A Volkswagen iba a caerle una buena multa. No porque las emisiones reales fueran mucho mayores que las que se medían en el laboratiorio -algo que les sucedía a todas las marcas– sino porque diseñaron un sistema para engañar a las propias pruebas de las autoridades. Como estaba claro que la sanción estaba a la vuelta de la esquina, el grupo provisionó miles de millones de euros para hacer frente a su pago, lo que provocó pérdidas en su cuenta de resultados de manera casi inmediata.

En efecto, la multa llegó. El Gobierno estadounidense anunció a finales de junio que la marca iba a tener que pagar 14.700 millones de dólares por su villanía. Para reparar su falta, Volkswagen se ha visto obligada a recomprar algunos de los vehículos que vendió en Estados Unidos, una medida que descartan desde la compañía para el mercado europeo. A estas alturas de la película la imagen pública de la empresa estaba hundida.

Eppur si muove, como reza el dicho: lejos de caer en desgracia, el grupo Volkswagen completó un año excepcional y esta primavera ha conseguido convertirse en el primer fabricante de coches tras superar a Toyota. Al final hasta le ha salido barato el crimen a Volkswagen, habida cuenta del escaso castigo que han infligido los consumidores.

“Una imagen creada durante tantos años como la de Volkswagen es muy difícil tumbarla; es muy complicado que la gente diga que ya no le gusta y que no se va a comprar un Volkswagen“, explicaba a SABEMOS en los primeros compases del escándalo el profesor de Dirección Comercial de IESE Xavier Oliver, quien también planteaba algunas propuestas para la marca. “¿Qué se puede hacer? Muy poco. Que dimita el presidente, que pidan perdón, que arreglen los coches y esperar a que pase el chaparrón”. Exactamente lo que ha sucedido hasta ahora.