Las mejoras en medicina, higiene y alimentación, así como otros factores económicos y sociales han provocado que durante el siglo XX la esperanza de vida se duplicara, así hemos pasado de una esperanza de vida al nacer de 35 años en el año 1900 a una esperanza de más de 80 en la actualidad.

Obviamente este cambio supone asumir nuevos retos. Durante gran parte del siglo XX la mayor preocupación de salud pública fueron enfermedades como el tifus, la disentería, el cólera o la brucelosis, relacionadas con falta de potabilización del agua o con alimentos contaminados. Estos problemas se solucionaron con la cloración de agua y las mejoras en seguridad alimentaria. La polio, la viruela, el sarampión o la rubeola causaban estragos antes de la generalización de las vacunas. Y por supuesto los antibióticos, antes de los cuales, una caries, una otitis o una herida superficial podía fácilmente desembocar en una septicemia y ocasionar la muerte.

En el siglo XXI todo esto, en general, no supone ningún problema en los países desarrollados. Cada vez vivimos más años y mejor. Pero todo avance tiene sus inconvenientes. Vivir más años supone que enfermedades que antes apenas eran relevantes ocupen el lugar de las enfermedades que vamos superando. Por ejemplo, el cáncer ha existido desde el origen de los tiempos, desde antes de la aparición del hombre. Se han encontrado fósiles de dinosaurios con señales de tumores. En los últimos años se habla de un aumento de la incidencia del cáncer y hay quien de mala fe ha aprovechado para atribuirlo a los plaguicidas agrícolas, a la comida rápida, a los teléfonos móviles o a cualquier causa que se le pase por la cabeza. El cáncer depende de muchos factores, genéticos y ambientales, entre ellos el azar y la edad. La realidad es que cuantos más años vives más posibilidades tienes de contraer cáncer y es cuestión de matemáticas. Si la gente vive más años la incidencia de cáncer aumenta.

Otra enfermedad asociada a la edad que hace 100 años era irrelevante y ahora es un problema acuciante son las demencias seniles. Cuando oímos esta palabra automáticamente pensamos en el Alzheimer, que es la más conocida y la más frecuente, pero no la única. Por detrás del Alzheimer se encuentra las demencias de tipo vascular, debidas a lesiones en el cerebro causadas por problemas con los vasos sanguíneos. Aunque existen enfermedades genéticas como el CADASIL (la que sufría el personaje de Belén Rueda en la película Mar Adentro) que producen este tipo de demencia, lo normal es que esté causada por otro tipo de factores como arterioesclerosis (obstrucción de los vasos sanguíneos debido a depósitos).

La tercera causa y la más desconocida es la demencia de cuerpos de Lewy. Muchas veces se diagnostica erróneamente como Alzheimer o Parkinson (ya que puede producir trastornos motores). Contribuye a esto el hecho de que hoy por hoy el único diagnóstico fiable es post-mortem dado que todavía no tenemos herramientas de diagnóstico por imagen suficientemente precisas. Esta demencia se caracteriza por la presencia en ciertas partes del cerebro de neuronas con el citoplasma degradado por la acumulación de ciertas proteínas. Principalmente una, llamada alfa-sinucleína. Los síntomas pueden ser parecidos al Alzheimer, aunque presentan diferencias. En las primeras fases los pacientes pueden tener episodios de desorientación o falta de atención y que luego vuelva a la normalidad. A medida que avanza la enfermedad se pueden producir alucinaciones visuales o auditivas (infrecuentes en el Alzheimer). Otra diferencia es que en estados avanzados del Alzheimer los pacientes son incapaces de reconocer a la gente, no en balde la película que Antonio Mercero le dedicó al tema antes de sufrir él mismo la enfermedad se llamó “Y tú quién eres”, haciendo referencia a la incapacidad para reconocer a los seres queridos, y adoptan comportamientos repetitivos. En la demencia por cuerpos de Lewy la progresión es más rápida que el Alzheimer y la capacidad de reconocer a la gente se mantiene más tiempo, pero se pierde de forma muy rápida la memoria a corto plazo.

Actualmente no tenemos tratamiento contra el Alzheimer o la demencia de cuerpos de Lewy, más allá de tratamientos sintomáticos que solo pueden aliviar los efectos de la enfermedad, pero no parar su progresión y mucho menos revertir las consecuencias. Por lo tanto, afrontar los problemas derivados de una esperanza de vida cercana a los 100 años es uno de los principales retos de la medicina del siglo XXI. Y no descartemos que si algún día logramos encontrar el remedio a las demencias asociadas con la edad y la esperanza de vida aumenta hasta sobrepasar los 100 años, aparezcan nuevos problemas relacionados con enfermedades que hoy consideramos raras o irrelevantes. Vivir más es lo que tiene.