Nunca he sabido qué tres cosas me llevaría a una isla desierta. Tampoco podría quedarme con uno solo de mis hobbies, elegir una comida que comer el resto de mi vida, seleccionar una sola película que ver hasta mi muerte o escoger una única canción que amenice mis días.

Si me piden que piense en cualquiera de estas cosas me bloqueo. Mi cerebro no entiende que tenga que decir solo una, no comprende que no es más que un juego y que nada va a pasar, que podrá seguir disfrutando de aficiones, gastronomía, cine y música como hasta ahora. No. Cada vez que me ponen delante de alguna de estas tesituras, mis neuronas optan por la apoptosis. Creo que por mucho que algo me guste ahora mismo, si fuese mi única opción terminaría por aborrecerlo visceralmente.

Sin embargo, sí tengo claro a qué ciudad viajaría una y otra vez y nunca dejaría de sorprenderme, de descubrir nuevos rincones, nuevos locales, nuevos parques y experiencias… Y esa ciudad es Nueva York. Lo sé, un tópico, pero cierto. Por más que viajo a ella nunca termino de conocerla. Y sé que nunca lo conseguiré. Ni viviendo allí se termina nunca de conocer Nueva York porque se reinventa a sí misma cada poco tiempo. Es cambiante y a la vez perpetua. Tiene una cualidad orgánica que hace que la sientas como un ser pensante. Puede devorarte o acompañarte en tu viaje. Tú decides.

Mi primera visita a Nueva York fue hace casi 10 años. He vuelto más veces de las que puedo recordar, algunas por trabajo, la mayor parte por ocio, y la ciudad siempre me ha ofrecido algo nuevo que contar y que recordar. Cierto que hay ciudades que ofrecen más edificios históricos o mejores museos, incluso una más divertida y variada vida nocturna, no lo negaré; a cambio Nueva York me ofrece paseos inolvidables (de unos 20 kilómetros al día, para ser exactos), vistas magníficas, deliciosa comida y un ritmo vertiginoso e imparable que tal vez no sea el mejor para descansar, pero sí lo es para sentirse vivo.

Algunos descubrimientos los he hecho en Manhattan, pero los verdaderos descubrimientos los he encontrado fuera del corazón de la manzana. Como el Zoo del Bronx, que con sus hermosos edificios decimonónicos consiguió que me sintiese como una niña de nuevo. Pasear por él y mezclarte con la algarabía de las familias me ofrecieron otro punto de vista de la ciudad que completé con una visita a Arthur Avenue, también en el Bronx, donde pude deleitarmecon la deliciosa comida italiana de Zero Otto Nove.

Harlem también tiene sus rincones, uno de mis favoritos es el Apollo Theater y su noche amateur en la que, literalmente, o eres bueno o te piras. Los restaurantes de Harlem merecen un especial para ellos solos, mencionaré aquí solo Amor Cubano y para bolsillos más modestos, la pizzería Patsy’s.

En Brooklyn hay numerosos secretos que descubrir, empezando por la zona de moda, que es Williamsburg, barrio antiguamente industrial y uno de los más gentrificados en la actualidad junto con el Meatpaking District de Manhattan. En Williamsburg es obligatorio el paseo por Bedford Avenue para respirar el ambiente, la New York Destilling Company (con visitas y catas gratuitas de cerveza los sábados y domingos de 3 a 5 de la tarde) y probar algo de la vida nocturna del barrio en la Brooklyn Bowl, que no es tan solo una bolera, si no una mezcla de bolera, discoteca y sala de conciertos. También en Brooklyn encontramos Brooklyn Heights, al que llegamos caminando si hemos decidido cruzar el famoso Puente de Brooklyn y que es perfecto para tomar algo y pasear por sus calles. En verano el paseo puede alargarse y terminar en el Brooklyn Bridge Park, donde los jueves a las 6 pm tenemos la posibilidad de ver una película al aire libre. Y si no hay cine, relajarnos con las vistas del East River y el paso de los barcos al anochecer.

Existe en este mismo barrio una pequeña tienda que me encanta, la Brooklyn Superhero Supply Co. en la cual podemos abastecernos de suministros para nuestra vida secreta como superhéroes: identidades falsas, capas, antifaces y por supuesto, superpoderes en cómodos envases. Eso sí, no te venderán nada si antes no haces el juramento del Superhéroe a voz en grito ante el resto de superhéroes anónimos que estén en la tienda en ese momento. Es posiblemente uno de los momentos más divertidos que he vivido en Nueva York. Y todo por una buena causa ya que los beneficios de esta curiosa iniciativa se utilizan para financiar el apoyo a estudiantes de entre 6 y 18 años.

También en Brooklyn se encuentra Coney Island conuno de los parques de atracciones más retratados en el cine y la televisión: Luna Park. El paseo marítimo es un lugar lleno de vida en estado puro, si bien he de reconocer que no he encontrado nunca un buen sitio donde comer, como mucho recomiendo probar los perritos calientes en Nathan´s, pero no porque sean espectaculares si no porque son, posiblemente, los más famosos del mundo.

La última visita a mencionar en Brooklyn sería la nueva estatua dedicada al Capitán América inaugurada el pasado 10 de agosto y situada en el precioso Prospect Park un lugar en el que nunca está de más perderse un rato cualquier fin de semana.

No escribiré mucho sobre Manhattan porque ya se ha escrito demasiado y no voy a descubrir nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, no quiero dejar de recomendar algunos sitios relevantes como Stone Street, en el Downtown, y de la cual se dice fue la primera calle pavimentada de la ciudad; el parque High Line, que sube desde el MeatpackingDistrict hasta el Midtown Manhattan y es uno de los paseos más desconocidos de la ciudad a pesar de llevar abierto varios años; el mercado de Chelsea donde no se puede dejar de probar los bocadillos de NumPang y la mezcla de las gastronomías mejicana y japonesa de Tacumi; la cocina del espectacular Xi´an FamousFood en la Calle 45 (entre otras localizaciones), con precios por debajo de los 10 dólares pero sabrosa y picante a partes iguales (y sobre la que no debería escribir porque quiero que siga siendo mi pequeño secreto, ¡pero está tan rica!); el CornerBistro y sus hamburguesas; los carritos de comida rápida, las noches de cine en Bryant Park (gratis), las obras de teatro de Shakespeare en Central Park (también gratis), Midtown Comics y la tienda de Think Geek… Y podría seguir así durante varios días.

Nueva York  es esa ciudad a la que volveré una y mil veces. Y tengo motivos: todavía no he visitado Queens más allá del Museum of theMovingImage(muy interesante). Hay mil razones para amar esta ciudad, los mismos que para odiarla.Yo decidí hace ya mucho que la adoraba y recién llegada de allí, ese sentimiento no ha cambiado.