Los dos grandes partidos llevan décadas cultivando un antagonismo que hace difícilmente explicable que ahora uno permita al otro desarrollar su acción de Gobierno. Aunque casi siempre han mantenido la sintonía en asuntos de Estado, su relación ha alcanzado momentos de máximo enconamiento y ha abierto una sima entre sus respectivos electorados. La alianza PP-PSOE es una quimera en la España contemporánea.

¿Es posible el entendimiento entre PP y PSOE? Lo es, a juzgar por un Mariano Rajoy que lleva todo 2016 proponiendo una gran coalición para superar el bloqueo político. No se puede ni concebir, según un Pedro Sánchez que cree que tal operación llevaría a su partido al suicidio. Y en esto el PSOE es una piña, puesto que los críticos solo contemplan la abstención para que el PP gobierne en minoría -con matices y muy pocas veces defendiéndolo en público-, nunca integrarse en un Ejecutivo de Rajoy.

Es probable que estas posturas estén condicionadas por la correlación de fuerzas y que cada uno defendiera lo contrario si el PSOE hubiera ganado las generales por diez puntos y solo pudiera gobernar con algún tipo de acuerdo con el PP. Igualmente, no parece inviable una convergencia programática entre fuerzas que comparten vocación europeísta, compromiso con el marco constitucional y comunitario y mimbres comunes en política antiterrorista, exterior y de defensa, así como en grandes principios socioeconómicos.

En el País Vasco (2009) se dio el único acuerdo de legislatura PP-PSOE, aunque no cuajó en un Gobierno de coalición y murió a los tres años

Pero alrededor de todo esto aparece el contexto de décadas de enfrentamiento político, más o menos sobreactuado, en virtud del cual han venido presentándose ante el electorado como proyectos antagónicos. Esos discursos luego habrán tenido una materialización más o menos coherente en la acción de Gobierno y parlamentaria, pero nunca han desaparecido. La integración europea ha ido limando las diferencias entre sus idearios, pero jamás aminoró un ápice la animadversión retórica y estratégica PP-PSOE.

Desde algunos sectores se denunció que ese enfrentamiento era fingido, una mera pose electoral encaminada a cerrar el paso a otros proyectos, hipótesis que encontró un caldo de cultivo especialmente favorable con la homogénea respuesta que Gobiernos de uno y otro color dieron a la crisis económica. El Movimiento 15-M y el partido Podemos se sumaron a esa crítica transversal que equiparaba a socialistas y populares para denunciar una crisis de representación y reivindicar alternativas distintas.

Al margen de eso, lo cierto es que los dos grandes partidos han mantenido una pugna constante desde la Transición, sin perjuicio de hacer causa común en los grandes asuntos de Estado. E incluso aquí se rompió el consenso en algún momento, como cuando se enfrentaron abiertamente por la política antiterrorista de Zapatero en su primera legislatura (2004-2008).

No es casual que esa gran coalición no se haya dado nunca a ningún nivel, más allá de casos aislados como el de País Vasco en 2009 -pacto que no incluyó un Gobierno bipartito, que se rompió antes de acabar la legislatura y que se justificó por la oportunidad de desalojar al PNV por primera vez- o el entendimiento eventual que UPN y PSN han mantenido en Navarra. La aprobación de los Presupuestos en Asturias en 2014 o la articulación de contados acuerdos de gobierno locales es todo lo lejos que ha llegado el entendimiento PP-PSOE desde los años 80.

Ciudadanos ha tratado sin éxito que socialistas y populares se sienten en una mesa a tres para explorar un pacto de investidura

Al comienzo de la anterior legislatura, Ciudadanos los unió en torno a un pacto para elegir la Mesa del Congreso que no incluyó contactos Rajoy-Sánchez y que no se pudo repetir tras el 26-J. Albert Rivera también lleva meses tratando sin éxito de articular una mesa a tres entre los partidos constitucionalistas, pero el PSOE tiene pánico a establecer una relación estable con el PP en la que adquiriría la condición de subordinado, dejando a Podemos el carril izquierdo libre y el terreno abonado para denunciar hasta las siguientes generales que el socialismo ha traicionado a sus votantes convirtiéndose en la muleta de la derecha. Pablo Iglesias ya ha advertido al PSOE de que tendrá “muy difícil explicar que es oposición al mismo tiempo que facilita la investidura” de Rajoy, porque “no es compatible una cosa y la contraria”.

Ese acoso por la izquierda es lo que acaba de hacer inviable algo que ya de por sí era muy difícil de engarzar en un historial de enfrentamientos que ha tenido momentos de especial hostilidad, como demuestra un ligero repaso por la historia española reciente.

Referéndum sobre la OTAN

Felipe González anunció a los dos años de llegar a La Moncloa, en 1984, la convocatoria de un referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN para comienzos de 1986. El PSOE, por razones de Estado y bajo condiciones pactadas con la Organización, cambió su postura estratégica y defendió el ‘sí’ a la permanencia, un bandazo que le valió a González la dimisión de su ministro de Exteriores, Fernando Morán, y la marcha de algunos socialistas a una entente de izquierdas que se formó para pedir el ‘no’ y que acabaría fraguando Izquierda Unida.

AP pidió la abstención en el plebiscito sobre la OTAN para desgastar a Felipe González

La Alianza Popular de Manuel Fraga, proatlantista, optó por ponerse de perfil y pedir la abstención, postura con la que pretendía desgastar a González. Fue el primer gran disenso desde la Transición -entendiendo que esta concluye en 1982, con el regreso de la izquierda al poder 46 años después- entre los dos principales partidos en un asunto de tanta trascendencia. Previamente, ya habían chocado por cuestiones más ideológicas como la aprobación de la Ley del Aborto o la expropiación de Rumasa.

Debates de 1993

La refundación de AP en el PP y la llegada de Aznar a la presidencia del partido impulsaron al centro derecha y lo sacaron de la zozobra en que se había sumido con un Fraga amortizado y un Hernández Mancha incapaz de construir liderazgo. Aznar ejerció una dura oposición a González, al tiempo que se despojaba de las tutelas de la vieja guardia proveniente del franquismo y rearmaba al partido para ser alternativa de Gobierno. Eso le llevó a un enfrentamiento dialéctico contumaz con los socialistas, acuñando el célebre “paro, despilfarro y corrupción” y no dando tregua a González. Los debates electorales que ambos mantuvieron en la campaña de 1993 son el mejor reflejo de aquella batalla, que todavía iría a más en la siguiente legislatura, célebre por el estado permanente de crispación.

“¡Váyase, señor González!”

La crispación tuvo su reflejo más señero en el Debate sobre el Estado de la Nación de 1994, que ha pasado a la historia por la coletilla con que Aznar trufó su intervención. “¡Váyase, señor González!” fue el eslogan que acompañó el fin del felipismo. “No le queda ninguna otra salida honorable”, le dijo el líder del PP a un presidente del Gobierno asediado por la mala marcha de la economía y el estallido de casos de corrupción en torno a su partido y su Ejecutivo. “Usted no me puede dar ningún ejemplo”, contestó González. Sus respectivas bancadas les vitoreaban y aplaudían, comportamiento que se ha repetido infinidad de veces en el Congreso, contribuyendo a consolidar un parlamentarismo de trinchera poco propicio para los acuerdos transversales.

Guerra de Iraq y Prestige

Tras unos años de cierto apaciguamiento de los ánimos en la política nacional, algo narcotizada por la crisis en que se sumió un PSOE desacostumbrado a la oposición, la cuerda volvió a tensarse a partir del año 2000. La mayoría absoluta llevó a Aznar a olvidarse del diálogo con el resto de fuerzas, obrando a su único y exclusivo parecer y granjeándose la animadversión del resto del hemiciclo.

El final de la era Aznar estuvo marcado por la oposición del PSOE, en el Parlamento y en la calle, a sus decisiones más polémicas

Los socialistas, ya liderados por Zapatero, fueron especialmente duros con el Gobierno del PP en dos asuntos que marcarían la segunda parte de la legislatura: su apoyo a la invasión de Iraq y la gestión del hundimiento del petrolero Prestige frente a las costas de Galicia. La política internacional dividió a PP y PSOE como nunca antes, con ásperos cruces de declaraciones y multitudinarias manifestaciones antigubernamentales apoyadas por los socialistas. En cuanto al Prestige, le costó a Fraga un tremendo desgaste -moción de censura presentada por el PSdeG incluida- que acabaría arrebatándole la mayoría absoluta en 2005.

Atentados del 11-M

La masacre del 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, abrió un abismo entre los dos grandes partidos. Lejos de unirse ante la catástrofe, se lanzaron mutuos reproches desde prácticamente el día posterior al estallido de las bombas -el PSOE acusando al Gobierno de mentir y manipular la información de que disponía; el PP criticando que Zapatero tratara de sacar rédito de los atentados-. “Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”, declaró Alfredo Pérez Rubalcaba en plena jornada de reflexión. Los populares todavía le recordarían aquella frase cuatro años después.

Regreso de la crispación

La era Zapatero y el retorno del PP a la oposición supuso una reedición de la crispación de los 90. El distanciamiento fue total y absoluto en prácticamente todas las áreas, incluyendo algunas tan sensibles como la política antiterrorista o la territorial. Rajoy rechazó el diálogo con ETA y llegó a acusar al PSOE en sede parlamentaria de “traicionar a los muertos”. También criticó duramente la reforma del Estatuto de Cataluña, la nueva ley educativa, la Ley de Memoria Histórica o la política migratoria. El cisma PP-PSOE provocó agrios debates en el Congreso y hasta un intento de agresión de Rafael Hernando a Rubalcaba. Los populares apoyaron las marchas de las víctimas contra la negociación con ETA y la del Foro de la Familia contra el matrimonio homosexual en el marco de una estrategia de tierra quemada que no dejó margen para entendimiento alguno.

El crash 2008-2010

La respuesta de Zapatero a la crisis económica estallada en 2008 provocó un aumento desbocado del déficit público, tendencia que trató de enmendarse en mayo de 2010, con un amplio paquete de ajustes presentado por sorpresa ante el Congreso. España se hallaba al borde de la quiebra y urgía mandar un mensaje a los mercados de que el compromiso para reducir el déficit iba en serio. Pese a ello, el PP se negó a apoyar esas medidas e incluso trabajó para que la Cámara las rechazara. “Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”, le dijo Cristóbal Montoro a la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, cuya abstención fue decisiva para evitar la intervención. La propia Oramas desveló el episodio en sede parlamentaria dos años después: “Todos esperábamos, y el Partido Socialista se lo pidió, la responsabilidad del Partido Popular, y el Partido Popular en aquel momento optó por intentar hacer caer al Gobierno”. Cualquier cosa antes que aliarse con el adversario político.

El ‘rodillo’ de la absoluta

El acuerdo para reformar el artículo 135 de la Constitución (agosto de 2011) fue el último gran entendimiento PP-PSOE. Desde entonces, todas las iniciativas legislativas salieron adelante gracias a la mayoría absoluta que Mariano Rajoy disfrutó de 2011 a 2015, con puntuales apoyos de fuerzas minoritarias. Los socialistas, primero con Rubalcaba y después con Sánchez, solo han avalado al actual Ejecutivo en materia antiterrorista, política internacional y las primeras fases de la reforma financiera, además de para gestionar el relevo en la Jefatura del Estado tras la abdicación de Juan Carlos I y para dar respuesta al desafío independentista.

El resto de la agenda del PP ha sido aprobado en solitario y con fuerte contestación del PSOE, especialmente a cuenta de la reforma laboral, la amnistía fiscal, la reforma educativa, la Ley de Seguridad Ciudadana –ley mordaza– o los ajustes en sanidad y educación. Los casos de corrupción surgidos en torno a Génova también han provocado encendidas disputas, con dos puntos álgidos: la ruptura de relaciones por parte de Rubalcaba en 2013 y el calificativo de “indecente” que Sánchez dedicó a Rajoy en la campaña de 2015.

“El PP no vota socialistas”

El partido de Rajoy rechazó en marzo la candidatura de Sánchez a la Presidencia del Gobierno y la posibilidad de que se formara un Gabinete PSOE-Ciudadanos. Rivera trató de negociar con el PP su adhesión a ese pacto, pero Génova lo rechazó con un argumento tan simple como elocuente: “El PP no vota socialistas”. “A mí no me han votado para hacer presidente a Pedro Sánchez”, repetía Rajoy, para quien era tan obvio su ‘no’ a las aspiraciones del líder del PSOE –ha votado seis veces en contra de candidatos socialistas– como ahora lo es para Ferraz la oposición al presidente del Gobierno en funciones.

“Que se pongan de acuerdo las derechas”

La XII Legislatura ha comenzado como concluyó la anterior: sin un pacto de investidura en lontananza. “Que se pongan de acuerdo las derechas”, indicó Sánchez esta semana tras reunirse con Rajoy y recibir de nuevo la oferta de la gran coalición. Ferraz no contempla aliarse con el PP ni tampoco facilitarle la investidura a su líder. Así lo explicaba en privado un dirigente socialista: “¿Abstenernos para que sea reelegido? ¿Y luego también para que apruebe el techo de gasto? ¿Y después para que saque los Presupuestos? ¿Y así durante cuatro años? Debe entenderse con sus afines, nosotros somos la alternativa a Rajoy?”

“El 78% de los votantes del PSOE considera “mala” o “muy mala” la actuación del PP; el 70’4% de los populares hace lo propio con el partido de Sánchez”

Ese argumento es la lógica consecuencia de los años, lustros y décadas que los dos grandes partidos llevan cultivando su rivalidad y tirándose los trastos a la cabeza, en ocasiones con sincera hostilidad y en otras con la afectación propia del combate político. Consecuencia de ello, el 78% de los votantes del PSOE calificaba en el CIS de junio de “mala” o “muy mala” la actuación del PP y el 70’4% de los populares hacía lo mismo con el partido de Sánchez. Los índices de animadversión entre los electorados de uno y otro partido superan hasta en 20 puntos la media (el 76% de los socialistas jamás votaría al PP; el 66% de los populares nunca avalaría al PSOE) y la nota que ponen al líder rival no supera el 3.

La politología prescribe, y así lo avala también la experiencia, que las coaliciones entre partidos no afines suelen ser rentables para ambos, puesto que no luchan por el mismo electorado y pueden dedicarse a gestionar y vender los éxitos a sus respectivas parroquias. Así funcionó durante años la alianza PNV-PSE en el País Vasco, por ejemplo. El problema viene cuando los potenciales socios llevan considerándose antagónicos más de 30 años, dejando episodios de enfrentamiento como los antes descritos -muchos protagonizados por el actual líder del PP, que lo es desde hace doce años- y provocando esa enorme sima entre sus electorados. ¿Cómo cambiar ahora el discurso y defender que lo mejor es gobernar al alimón? Si la alianza llega, necesitará de tiempo, pedagogía, grandes dosis de liderazgos para explicar el viraje y, probablemente, un tercer paso por las urnas.