Nunca he disfrutado demasiado con las obras de Bertolt Brecht, pero he de aceptar que fue, en cuanto a su influencia social, un sucesor de Ibsen, el autor dramático que primero utilizó la escena para revolucionar las actitudes sociales de su tiempo.

Sin embargo, Brecht fue en vida, y sigue siéndolo en cierta medida hoy, una figura misteriosa. Esta elección fue hecha adrede por él mismo y el partido comunista, la organización a la que sirvió fielmente durante los últimos treinta años de su vida. Por muchas razones, quiso desviar toda la atención pública de su vida a su obra. La dirigencia comunista tampoco tenía interés en que se conociera a fondo su origen y entorno ni, por cierto su estilo de vida.

La leyenda de Brecht relata que en la escuela no sólo repudió la religión, sino que quemó la Biblia y el Catecismo en público, y casi le expulsan por sus opiniones pacifistas. En realidad se dedicó a escribir poemas patrióticos y tuvo problemas no por sus ideas políticas sino por copiar en los exámenes.

Su primer éxito fue Espartaco, titulado después Tambores en la noche (1922), que ganó el Premio Kleist al mejor dramaturgo joven. Con esta obra logró la aprobación de los radicales, pero en esa época Brecht no era un ideólogo, sino un oportunista.

Más tarde y hasta su muerte, Brecht estuvo protegido por el PC, aunque no tuvo éxito en el Moscú de Stalin, y los comunistas alemanes, más flexible en asuntos de arte, consideraban que su obra era de poco peso y algo heterodoxa.

El acceso de Hitler al poder en 1933 puso final a sus éxitos juveniles. Brecht huyó de Alemania al día siguiente del incendio del Reichstag. La década de los treinta fue en verdad difícil para él. No tenía ningún deseo de ser un mártir. Probó a vivir en Viena, pero no le gustó la actitud política de los austriacos y partió hacia Dinamarca. Se negó a luchar en España, pero sí visitó Moscú varias veces. Allí fue coeditor de Das Wort, una revista publicada en Rusia, lo cual le proporcionaba su único ingreso regular. Pensaba –y con razón- que Rusia era un lugar peligroso para gente como él y nunca se quedó más de unos pocos días en cada viaje.

Entre los años 1933-38 escribió por encargo sobre temas políticos y a finales de la década comenzó a producir obras de mayor calidad: La vida de Galileo (1937), El juicio de Lúculo (1938), La buena mujer de Setzuan (1938-40) y Madre Coraje (1939). Tras estos éxitos, decidió probar el mercado americano y escribió El resistible ascenso de Arturo Ui, donde retrató a Hitler como un gánster de Chicago.

Al comienzo de la guerra (septiembre de 1939), convencido de que Dinamarca se había convertido en un país peligroso, se trasladó a Suecia y luego a Finlandia. Allí obtuvo la visa para Estados Unidos y allá se fue, a través de Rusia y del Pacífico. Llegó a California y se instaló en Hollywood (1941).

Años después, cuando el Comité de Actividades Antiamericanas le citó y le preguntaron si era comunista, lo negó rotundamente: “No, no, no, no, no, nunca”.

Aquel interrogatorio tuvo momentos de farsa, porque su intérprete, David Baumgardt, de la Biblioteca del Congreso, tenía un acento aún más fuerte que el de Bretch, y el presidente del comité dijo furioso: “No puedo entender al intérprete mejor que al testigo”.

Brecht fue siempre estalinista y durante toda la década de los treinta a menudo se comportó como un fanático. Sidney Hook, el filósofo estadounidense, contó una conversación que tuvo lugar en 1935, cuando Brecht le visitó en su apartamento de la calle Barrow en Manhattan. Las grandes purgas acababan de comenzar y Hook, tocando el tema de Zinoviev y Kamenev, le preguntó a Brecht cómo podía trabajar con los comunistas americanos que estaban pregonando la culpa de los dos bolcheviques asesinados por el tribunal estalinista… Brecht contestó que los comunistas americanos no servían para nada (tampoco los alemanes) y que el único partido que importaba era el Partido Soviético.

Siempre prefirió las ideas a la gente. En sus relaciones con los demás no hubo ninguna calidez. No tuvo amigos en el sentido usual de la palabra. Se lo pasaba bien trabajando con otras personas, siempre que él estuviera al mando.