‘Sálvame’ ha vuelto a poner de moda un cachivache llamado máquina de la verdad que supuestamente permite saber si la persona que se somete a él dice o no dice la verdad. El aparato fue conocido en España a raíz de un programa de los ’90 llamado “La Máquina de la Verdad” en la que Julián Lago, escondido debajo de un poco discreto peluquín, trataba algún asunto escabroso con algún famoso o famosillo y después de un presunto debate, con luz tenue y música de película de intriga, aparecía la máquina y se determinaba si el invitado había dicho o no la verdad. En ese programa vimos a Jesús Gil diciendo que no había comprado árbitros y a Sixto Paz narrando sus viajes a Ganímedes después de haber cobrado una generosa suma en efectivo. En ambos casos la máquina dictaminó que mentían.

La realidad es que la máquina no tiene ningún uso oficial ni valor probatorio en un juzgado. La máquina no hace más que registrar una serie de parámetros fisiológicos (pulsaciones, sudoración, etc) y en función de la lectura, el técnico valora si estás mintiendo o no. Ningún psicólogo serio dirá que hay una respuesta fisiológica general y asociada a la mentira, pero hay que tener otra cosa en cuenta.

Existen diferentes problemas psicológicos o psiquiátricos que hacen que el que los sufre delire o fabule. Una persona que sufra este problema no está mintiendo, pero te puede contar la historia más inverosímil, que solo es cierta en su cerebro. Si la máquina tuviera validez en un juicio y realmente funcionara al 100% en esos casos podrías darle valor a un testimonio que no lo tiene. De hecho la máquina de la verdad ha evolucionado poco desde el primer prototipo, creado por William Moulton Marston, que se basaba en la medida de la presión sanguínea.

No obstante hay un legado de Marston que ha dejado huella en la cultura popular más allá del peluquín de Julián Lago y los gritos de Belén Esteban.

En 1940, cuando era un reputado psicólogo fue contratado como consultor por una empresa emergente llamada Detective Comics, que había empezado publicando cómics y novelas policíacas. En los últimos años había cosechado varios éxitos de ventas con un género nuevo llamado de Superhéroes, y con personajes como Batman o Supermán. La empresa actualmente se llama DC Comics.

En uno de los informes, Marston señaló la ausencia de superheroínas que recogieran los valores femeninos como amor, maternidad, ternura y femineidad (palabras del propio Marston). En 1941 y escrito por el propio Marston con el pseudónimo de Charles Moulton y dibujado por Harry Peter nace la primera superheroína. La historia original es bastante deudora de la mitología grecolatina. En ella, el piloto Steve Trevor se estrella en una isla desierta habitada por amazonas y se ennovia con la jefa, la princesa Diana (nombre original del personaje). Diana decide seguirle al “mundo de los hombres” para convertirse en Wonder Woman o Mujer Maravilla, que ha protagonizado los sueños eróticos de varias generaciones de adolescentes. En televisión la interpretó Debra Winger, aunque yo me quedo con su papel en “El Cielo Protector”, de Bertolucci. La huella de Marston queda patente en el hecho de que el personaje iba equipado con un lazo que al atrapar a alguien le obligaba a decir siempre la verdad.

No acabo de estar convencido de si la evolución del personaje sigue la idea original de Marston de ensalzar la femineidad o más bien la traiciona y asienta un arquetipo machista. Ir a pelearse con los malos con botas de tacón, minifalda y escote no parece la idea más práctica.