Las empresas están intentando reducir sus inventarios, cediendo sus equipos, subcontratando sus actividades, externalizando sus operaciones no core… La propiedad de cosas físicas se comienza a considerar como algo obsoleto. Las compañías se afanan por establecer acuerdos y colaboraciones en las que los vendedores y compradores están siendo sustituidos por suministradores y usuarios. No importa lo que poseas, sino lo que tardes en conseguir lo que necesitas. La rapidez de respuesta a las necesidades cambiantes nos hace vivir en la cultura del nanosegundo. La velocidad se convierte en el factor crítico.

El concepto tradicional de propiedad es demasiado lento para vivir en esta cultura de aceleración. En un escenario de producción individualizada, de digitalización, de continuas mejoras e innovaciones, de reducción del ciclo de vida de los productos, todo se queda anticuado de inmediato. La propiedad y las relaciones transaccionales del mercado dejan paso a las redes y prácticamente todos los productos poseen rasgos de acceso. El desplazamiento desde un sistema de posesión de bienes, que se sustentaba sobre la idea de propiedad, hacia un sistema de acceso, se apoya en la idea de garantizar el uso limitado y a corto plazo de los bienes controlados por redes de proveedores, cambiando radicalmente nuestra noción de cómo se ejerce el poder económico. No hay más que ver los ejemplos exitosos de economía colaborativa como Uber, BlaBlaCar, Spotify, Netflix y un sinfín de ejemplos que se nos antojaría poner de ejemplos, para demostrar que la gente también prefiere el acceso a la propiedad.

La larga crisis que hemos sufrido y la pérdida total de la confianza en las instituciones, la creciente preferencia de acceso frente a la tradicional propiedad, la mejor obtención de precios, los avances tecnológicos, el valor de la experiencia de un cliente cada vez más informado (de consumidores pasivos hemos pasado a creadores y colaboradores activos que esperan ser parte de la experiencia de compra y su voz se convierte en el medio más eficaz de comunicación), y el número masivo de transacciones que permiten los nuevos marketplaces han posibilitado el alumbramiento de la también llamada “peer to peer economy” , “sharing economy” “on demand economy”, o lo que es lo mismo, de la economía colaborativa y el talento que opera en ella.

Paralelamente se está produciendo una mercantilización de la cultura humana, que trae consigo un cambio fundamental en la naturaleza del trabajo y el empleo. En la era industrial, el trabajo estaba ligado a la producción de bienes y servicios. En la era del acceso, las máquinas inteligentes, en forma de software y wetware, sustituyen de manera creciente el trabajo humano en la agricultura, las industrias e incluso en el sector servicios. La máquina sustituye al hombre y según previsiones, quizá a mediados de este siglo sólo se necesitará un cinco por ciento de la población para mantener el funcionamiento de la producción tradicional.

Las empresas se están transformando y abandonan la cultura de la posesión (propiedad) que aprisiona el futuro de las personas en las celdas de las decisiones del pasado y acoge  con los brazos abiertos la cultura del pago por uso, que se está dando en la sociedad en general. Entre otras cosas, porque las empresas que cada vez necesitan talento más especializado y que están orientándose a trabajar en formato de proyecto, más que en descripciones de puestos estancos, se plantean pasar de un modelo de “posesión” de los empleados, (por medio de contratos laborales internos y fijos) a un modelo de servicio más flexibles que les permita tener exactamente el talento que necesiten y cuándo lo necesiten: TaaS (Talent as a Service).

Además se está originando un cambio sustancial: del ethos del trabajo se está pasando al ethos del juego. Para los nuevos trabajadores el acceso comienza a ser un modo de vida en el que, aunque la propiedad sigue teniendo importancia, es más importante estar conectados. Los trabajadores del siglo XXI se ven más como elementos autónomos insertos en una red de intereses compartidos mundiales. La libertad individual comienza a verse menos como derechos de posesión y, por consiguiente, con capacidad de exclusión, y más como derecho de acceso e inclusión en redes interrelacionadas. En nuestros días los pilares del ahorro y el trabajo se están derrumbando. Ahora la gente lo que quiere es comprar, jugar y divertirse. El placer y el ocio son los pilares de la nueva realidad. Se espera una gratificación inmediata. Ya lo hemos avanzado en alguno de los artículos del Humano Digital, hoy los profesionales-sobre todo los de conocimiento; los conocidos como Knowmad (neologismo que combina las palabras know, de conocer, saber, y nomad  de nómada) trabaja para aprender, para divertirse, para conocer gente nueva, para viajar y visitar lugares nuevos y para realizarse, para tener experiencias vitales únicas, más que para acumular propiedades y ser presos de las mismas. Hemos pasado del debo al quiero, de la obligación a la elección

Estos cambios sociales trascendentales se asientan en la revolución digital en las que la comunicación, la movilidad, la gestión del dato y de los sistemas juegan un papel estelar. Así como la imprenta modificó la conciencia humana desde su aparición en el Renacimiento, el ordenador ha  tenido un efecto parecido en el futuro. Según el informe INE, publicado en octubre de 2015, el número de hogares con acceso a internet era de 77.8 por ciento, y la mayoría de los hogares españoles ya tiene un ordenador personal;  aun así, el porcentaje es bajo con respecto al de la media de la Unión Europea (81%) y al de los Estados Unidos (87%). Los protagonistas de este cambio son los segmentos más jóvenes de la sociedad, donde los porcentajes son mucho mayores, lo que marca la tendencia del futuro. Psicólogos y sociólogos han comenzado a apreciar que se está produciendo un cambio radical en el desarrollo cognitivo de los niños y adolescentes, de los llamados generación punto-com. Generación que prefiero llamar “pantalla virtual” (conocidos también como generación Y y Z) porque toda su realidad la viven de manera virtual a través de múltiples dispositivos móviles provistos de pantalla, son los canales por los que los jóvenes entran en contacto con el mundo y con los demás. Esta nueva forma de cultura se extiende miméticamente hacia las capas generacionales inmediatamente anteriores y ya está abarcando a casi la totalidad de la población activa.

El traslado del comercio y de las relaciones económicas de la geografía al ciberespacio o la nube representa uno de los grandes cambios en la organización humana. Mientras que hasta ahora las relaciones se sustentaban en el intercambio de  bienes físicos y servicios en un espacio geográfico determinado, en la era digital y del acceso se intercambian conocimientos y experiencias, cultura, placer, ocio, experiencias e, incluso, fantasía en el ciberespacio. Sin embargo, los sistemas de compensación de la mayor parte de las empresas siguen orientados a la consecución y tenencia de bienes físicos y propiedades.

José Manuel Casado

Presidente de 2.C Consulting