Decía Gabriel García Márquez, maestro en convertir la realidad en ficción, que “las historias escritas surgen de una imagen”. Como en casi todo lo que salía de su boca y de su pluma, tenía razón.

Hay una imagen del atentado terrorista perpetrado el pasado viernes en Niza en la que aparece un cuerpo cubierto por un papel dorado, el moderno sudario del siglo XXI, y a su lado un muñeco con un vestido rosa, boca arriba, como velando la muerte de su dueño/a. El impacto que produce esa imagen es atroz, dice más de lo que podrían hacerlo las palabras, impacta, golpea y sacude la retina hasta que te nubla la visión, no se sabe si por horror, por vergüenza o por dolor. Nunca tuvo más vida un simple muñeco de plástico inerte ni pareció más humano que ese muñeco junto al cuerpo sin vida del pequeño que minutos antes lo sostenía en sus manos. Parecía haber tomado el cuerpo y el alma de su propietario, a imagen y semejanza.

Una imitación tan perfecta que resultaba macabra. El muñeco era lo único que no había cambiado en aquel escenario tomado por el infierno cuando un maldito terrorista al volante de un camión blanco irrumpió en el Paseo de los Ingleses de Niza matando a 84 personas y dejando heridas a 202.

El rostro de plexiglás de ese muñeco parecía uno más de los 10 menores muertos escondidos bajo el sábana dorada, o entre los brazos de sus padres, o en alguna camilla de los servicios sanitarios. Era uno más de los 50 niños heridos y de todos aquellas criaturas que habían sobrevivido pero eran incapaces de mostrar expresividad alguna en su rostro.Viendo las imágenes de estos niños es fácil comprobar que estaban en estado de shock. Parecían muñecos, sin expresión, sin gesto, sin vida, aunque más bien son perfectos candidatos a convertirse en juguetes rotos con vida rotas. Hay cosas que son difíciles de olvidar aún cuando suceden en la más tierna infancia. Esas se enquistan, permanecen dormidas durante mucho tiempo, escondidas,  pero un día, en un futuro, aparecen.

Al ver esa imagen que copaba las televisiones, las redes y las portadas de los diarios, alguien exclamó: “Vaya herencia vamos a dejar a nuestros hijos”. Y de ahí, de las herencias, viene una gran parte del problema.

Las herencias no siempre resultan buenas, de hecho, pocas veces lo son. Sobre todo si el que encargado de legar es uno de los peores terroristas que habitaron la tierra. Bin Laden dejó escrito en su testamento, realizado tres meses después de los ataques a las Torres Gemelas, que si algún día le sucedía algo lo único que pedía a sus seguidores era venganza, que se vengaran de los infieles por la humillación que, según él, Occidente somete a los musulmanes.

Como dicen ellos mismos, la venganza es lo único que permanece en el tiempo. La última voluntad de Bin Laden ya sembraba una futura y fructífera cosecha de odio. “Espero que mis hermanos, hermanas y tías maternas obedezcan mi voluntad y gasten todo el dinero que he dejado en Sudán en la yihad, por la gracia de Alá”. Para eso dejó una dote de 29 millones de dólares.Y se puede decir que están dilapidando la fortuna. Hay cola para hacerse con esa herenciamaldita y tortas por convertirse en uno de los beneficiarios. Ahí están todos los descerebrados a los que ni les va ni les viene pero actúan al grito de “infiel el último”.

Tampoco nos extrañemos, cuando un testamento se abre algunos acuden a él con una sed bulímica, muchas veces intentando calmar una venganza que vienen rumiando desde hace años. Deber ser la condición humana, al menos, alguna. Gandhi decía que“no debemos perder la fe en la humanidad que es como un océano. No se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias”. Lo malo es que más que océanos azules con algunas gotas sucias, nos estamos acostumbrando a ver cementerios abriéndose en las calles .

Quizá haya alguna manera de impugnar la herencia. Lo mismo si todos los países democráticos se unen en un frente común para aniquilar el terrorismo yihadista, sobre el terreno, en internet, yendo a por sus huestes, sus herederos, sus beneficiarios, habrá alguna esperanza. Dilapidar la herencia, que se dice. No puede ser tan complicado. Puede que la palabra aniquilar conmocione a alguien, pero no creo que impacte más que las imágenes del pasado viernes en Niza. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, así que estaría bien ahorrarse saliva y mostrarse algo más prácticos cediendo espacio a la acción, al control ya la inteligencia . Lo de poner la otra mejilla queda muy bien en los textos religiosos, pero no fuera de ellos. El buenísmono lleva a nada bueno cuando es mera apariencia, una estudiada demagogia alardeada con la intención de quedar bien.Todo lo que  necesita el mal para triunfar es que los buenos no hagan nada.

En esta guerra, porque es una guerra aunque a algunos de piel fina y oreja delicada les asuste la palabra, pueden más las imágenes que las palabras. Los hashtag del #Jesui…, los discursos de condena, los tuits de dolor, los mensajes de condolencia están muy bien, pero son las imágenes las que toman la palabra. Y deberían ser las decisiones contundentes y meditadas las que tomaran la acción para que no caer en el peligro de que todo se quede en meras palabras.Quizá es lo único cierto que dijo Bin Laden: “Este asunto es más grande que las palabras”.