En los peores momentos de shock de la noche de los atentados de Niza, cuando el horror de las vidas deshechas sobre el asfalto me obligaba a hacer esfuerzos conscientes para conservar el ánimo, seguir escribiendo y dejar el llanto para cuando todo hubiese terminado, una idea entró en mi cabeza.

Era una idea idiota, fruto del estrés, del cansancio y de las noticias de los últimos días, pero se quedó allí, y se reforzó con cada vídeo de contenido explícito que los medios no debimos publicar, embeber ni difundir. No dejaba de pensar en el fenómeno Pokémon GO de los últimos días y de imaginarme a cientos de criaturas imaginarias siendo testigos, por vez primera, del horror de que somos capaces los seres humanos.

Me los imaginé primero felices, disfrutando del espectáculo de fuegos artificiales y de la humanidad gozosa agolpándose a su alrededor. Después, los vi perdiendo la inocencia, horrorizados tras escuchar decenas de veces el ruido sordo que se produce al golpear un parachoques con frágiles cuerpos humanos. “Thud”, “thud”, thud”. Ruido de huesos crujiendo, gritos por el dolor propio y por el ajeno.

Ahí están, intentando detener el camión blanco, ya empapado de sangre, a toda costa. Aerochorro, brazo pincho, chispazo, distorsión, ultrapuño, triataque… Nada sirve.

La idea se hace fuerte en mi cabeza, muy a mi pesar. Frustrados y dolidos, las valientes criaturitas intentan socorrer a las víctimas, especialmente a los niños. Un Pikachu llorando “pika” intenta, infructuosamente, hacerse corpóreo para utilizar sus poderes eléctricos y reanimar un corazón. Un psyduck no logra hacer más llevadera la muerte de un chaval. Un charizard se ve incapaz de llevar volando un herido al hospital. Después de varios intentos, se queda paralizado en el aire, mirando sus manos imaginarias, incapaces de cargar con el peso de la tragedia.

Me pregunto qué pensarán de nosotros. Nos verán a todos iguales y se preguntarán: “¿Por qué pelean?”. Sin gimnasios, sin diversión, sin más aliciente que ver sus vidas desparramadas por el suelo.

No me atrevo a explicarles que muchas personas creen en otro tipo de seres imaginarios, entes legendarios e invisibles de poder inconmensurable que sólo hablan a algunos iluminados. Algunos de ellos traen de la mano un mensaje de amor, se han moderado con los años y son relativamente llevaderos para quienes no creemos en ellos, por más que nos intenten imponer sus peculiares ideas sobre a quién, cómo, dónde, por dónde y cuándo amar. Otros no lo son tanto.

¿Cómo contar a Pikachu y los suyos la triste realidad del mundo al que les hemos invitado? Y es que lo verdaderamente terrible no es que los humanos capturen con su móvil a pequeños bichitos imaginarios, marca registrada Nintendo, para que estos luchen entre ellos en broma. Lo terrible es que en nuestro mundo existen muchos seres pequeños y mezquinos que se inspiran en seres mitológicos para segar vidas muy reales con bombas, balas, hachas, aviones o parachoques.

Que alguien les explique a los pokémones que los pokémones somos nosotros.