El lobby taurino es muy brillante. Ha encontrado en los atroces comentarios de un puñado de indeseables sobre la muerte de Víctor Barrio un altavoz perfecto para que los medios derivemos absolutamente toda la polémica a dichos mensajes, en lugar de replantearnos el futuro de la llamada “fiesta” en nuestro país.

¿Qué adorna los titulares de todos los medios nacionales? Críticas escandalizadas de la profesión del toro y denuncias de la Fundación Toro de Lidia contra los tuits más polémicos sobre el fallecimiento del matador.

Según han ido pasando los días, casi cualquier reacción sobre el fallecimiento que no haya ido acompañada de llantos, rasgarse vestiduras o lamentar la muerte como si hubiese sido tu padre el difunto, han pasado a considerarse dañinas.

Personalmente, lamento la muerte de cualquier ciudadano español y transmito mis condolencias automáticas a sus familiares y seres queridos. Pero lloré más la muerte de mi abuela que la del señor Barrio, y lamento más cualquier muerte que se produce en el mar de gente que arriesga sus vidas para conseguir un futuro que la de un hombre que salió al ruedo a intentar ejecutar lentamente a un animal de más de media tonelada que, a fin de cuentas, se defendió como buenamente pudo.

En 2015, el humorista británico Ricky Gervais hablaba, precisamente, de lo fácil que le resulta solidarizarse con un animal que no quiere estar ahí, que sólo quiere que termine todo y que dejen de hacerle daño, frente a la persona que dirige el circo de su muerte.

“Prefiero que no te enfrentes a un toro pero, si vas a hacerlo, prefiero que el toro gane”, subrayaba el humorista, destacando un aspecto clave: frente a cualquier otra profesión de riesgo, desde el pilotaje de motocicletas hasta el parapente, el toreo es la única que se basa en el riesgo calculado para acabar con la vida de otro ser vivo. Es una pelea de perros en la que uno de los perros es un señor con una pistola.

Para colmo, cuenta con una protección superlativa por parte del Estado. Aprovechando el rodillo parlamentario, pero con la abstención del PSOE, los populares sacaron adelante con la negativa sólo de los nacionalistas, IU, UPyD y parte del Grupo Mixto, una ley que establece la condición de las corridas como “patrimonio cultural inmaterial de la humanidad”.

Estamos hablando de algo muy duro de tragar para quienes nos oponemos a la “fiesta”: Los partidos que representan a los españoles la apoyan sin paliativos, lo que viene a decir que nuestros conciudadanos la respaldan en masa. Para mí es el equivalente a que fuese legal y muy aplaudido como forma de arte ejecutar en público a gatos metiéndoles cartuchos de dinamita por la boca, pero ¿qué puedo hacer frente a una ley que es clara en sus términos?

Antes de que el lector proceda a echar un ojo al preámbulo de la 18/2013, sólo destacar que la citada ley, que difícilmente vaya a ser derogada en un futuro próximo, habida cuenta que el PSOE la protegió, sólo deja un hueco para que esta barbaridad encuentre su final: Que deje de haber afición, algo que va pasando poco a poco, afortunadamente y por mucho que les pese a los fans. Eso, a través de la educación, el respeto y las buenas maneras es a lo que tenemos que encomendarnos los antitaurinos. A expresar nuestro punto de vista e intentar convencer. No a tuitear estupideces que distraen el debate público.

La ley de marras dice lo siguiente:

La Tauromaquia forma parte del patrimonio histórico y cultural común de todos los españoles, en cuanto actividad enraizada en nuestra historia y en nuestro acervo cultural común, como así lo demuestran las partidas de Alfonso X el Sabio, que ya en el siglo XIII contemplaban y regulaban esta materia.

Las fiestas o espectáculos taurinos, incluyen no sólo a las corridas de toros sino un numeroso conjunto de tradiciones y festejos populares vinculados al mundo del toro, que a su vez comprenden lo que hoy entendemos por «Tauromaquia». Todo esto es signo de identidad colectiva, y ello justifica que su preservación corresponda y competa a todos los poderes públicos.

El carácter cultural de la Tauromaquia es indiscutible y merece ser preservado como un tesoro propio de nuestro país, rico en culturas distintas. Esa específica manifestación cultural ha sido, incluso, exportada a otros países que la desarrollan, promocionan y protegen.

La Tauromaquia es una manifestación artística en sí misma desvinculada de ideologías en la que se resaltan valores profundamente humanos como puedan serla inteligencia, el valor, la estética, la solidaridad, o el raciocinio como forma de control de la fuerza bruta. A ello hay que añadir que forma parte de la cultura tradicional y popular, como conjunto de las manifestaciones, conocimientos, actividades y creencias pasados y presentes de la memoria colectiva, siendo uno de los puntos de referencia a partir del cual las iniciativas de la sociedad se enmarcan en un contexto configurador de la identidad nacional propia, arraigada en una pluralidad de formas de expresión popular.
La sociedad española es muy diversa y dentro de esa diversidad encontramos grandes aficionados y a su vez muchos ciudadanos que han manifestado su preocupación por el trato que reciben los animales durante los espectáculos taurinos. Conscientes de la heterogeneidad de la sociedad, también debemos admitir que, actualmente, existe un consenso en la aceptación mayoritaria del carácter cultural, histórico y tradicional de la Tauromaquia como parte esencial del Patrimonio Histórico, Artístico, Cultural y Etnográfico de España. Como tal, es responsabilidad de los poderes públicos asegurar la libertad del creador y, en este caso, del desarrollo de cualquier expresión artística, como es la Tauromaquia, y el respeto hacia ella.

La fiesta de los toros y los espectáculos taurinos populares son algo vivo y dinámico, sujetos a constante evolución, sin que se puedan hacer conjeturas sobre de qué manera se adaptarán a las sensibilidades cambiantes de nuestros tiempos u otros venideros. Esto dependerá de que se mantenga la afición popular y de que la misma sea capaz de renovarse en las nuevas generaciones de aficionados que son los que, en su caso, deberán mantener, actualizar y conservar la fiesta de los toros. Pero en todo caso, será desde la libertad de la sociedad a optar y desde la propia libertad que significa la cultura, no cercenando el acceso a ésta.

Ahora bien, lo que sí podemos afirmar es que la Tauromaquia conforma un incuestionable patrimonio cultural inmaterial español, que no ostentamos en exclusiva, sino que compartimos con otros lugares como Portugal, Iberoamérica y el sur de Francia.

Asimismo, hay que resaltar que la Tauromaquia comprende todo un conjunto de conocimientos y actividades artísticas, creativas y productivas en torno al espectáculo taurino, que van desde la crianza y selección del toro de lidia, a la confección de la indumentaria de los toreros (los llamados trajes de luces), la música de las corridas, el diseño y producción de carteles, y que confluyen en la corrida de toros moderna y el arte de lidiar; y en un diálogo fluido y cercano entre público y artista.

Por tanto, el presupuesto de esta norma es la afirmación de que la Tauromaquia es cultura, que comprende otras facetas dignas de protección además del propio espectáculo que se concreta en la corrida de toros moderna y, por ello, el reconocimiento de la Tauromaquia como patrimonio cultural supera la mera «conexión de los espectáculos taurinos con el fomento de la cultura» que afirma la Exposición de Motivos de la Ley 10/1991, de 4 de abril, sobre potestades administrativas de espectáculos taurinos.

Pero, además del aspecto cultural, la Tauromaquia tiene una indudable trascendencia como actividad económica y empresarial, de dación de bienes y servicios al mercado, produce un flujo económico que se traduce en miles de puestos de trabajo.

El espectáculo taurino no es sino el eslabón final de un proceso en el que intervienen y se yuxtaponen diversas actividades económicas y sujetos productivos, desde los activos y recursos materiales y humanos dedicados a la cría del toro de lidia en el campo, hasta los activos y recursos materiales y humanos que intervienen en el espectáculo taurino propiamente dicho.
La Tauromaquia constituye un sector económico de primera magnitud, con una incidencia tangible en ámbitos diversos y dispersos como son el empresarial, el fiscal, el agrícola-ganadero, el medioambiental, el social, el alimentario, el industrial o el turístico, entre otros.

En consecuencia, corresponde al Estado ordenar y fijar las directrices y criterios globales de ordenación del sector taurino, en su doble e inseparable aspecto de patrimonio cultural de carácter nacional y de sector económico y sistema productivo propio y bien delimitado en su contenido.

La Tauromaquia es un conjunto de actividades que se conecta directamente con el ejercicio de derechos fundamentales y libertades públicas amparados por nuestra Constitución, como son las de pensamiento y expresión, de producción y creación literaria, artística, científica y técnica. Y resulta evidente que la Tauromaquia, como actividad cultural y artística, requiere de protección y fomento por parte del Estado y las Comunidades Autónomas.

Es necesario contemplar la protección y regulación de tan importante Patrimonio Cultural, Artístico, Social y Económico como una actividad de todos los poderes públicos para el servicio a los ciudadanos, por mandato de lo dispuesto en el artículo 44 de la Constitución, pues aquellos deben promover y tutelar el acceso a la Cultura, a la que todos tienen derecho, y en el artículo 46, que impone a los poderes públicos la obligación de garantizar su conservación y promover su enriquecimiento, así como el de los elementos que los integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. Por último, debe concluir esta referencia constitucional con la cita del artículo 149.2, que expresa la preocupación del legislador constituyente por la preservación y progreso de los valores culturales de la sociedad española, y que impone al Estado la obligación de considerar el servicio de la cultura como un deber y atribución esencial.

El objeto de la Ley es delimitar la Tauromaquia como parte del patrimonio cultural digno de protección en todo el territorio nacional. Esto trae como consecuencia, en un marco de colaboración entre las diferentes Administraciones Públicas, un deber general de protección y, a su vez, unas medidas de fomento y protección en el ámbito de la Administración General del Estado.

(Agradecimiento especial a Nacho Requena —@nachomol— por facilitarme el enlace con datos sobre la caída del espectáculo taurino en España)