Me honra especialmente que las instituciones europeas en España, en el marco de la celebración del trigésimo aniversario de la Unión Europea en nuestro país, me hayan pedido que escriba un artículo sobre cómo ha cambiado la tecnología en nuestro país durante las últimas tres décadas.

Por un lado, este sentimiento se debe a que siempre me he sentido como un ciudadano europeo, una etiqueta que me define y me completa. Pese al golpe moral del Brexit, creo que formo parte de la primera generación de españoles verdaderamente europeos, hermanados y no enfrentados con millones de conciudadanos de otros países. Por otro, se debe a que hace treinta años yo tenía nueve años y mi hija está hoy a punto de cumplir los siete. Resulta fácil comparar el mundo de pequeñas maravillas que tenía frente a mis ojos entonces con el de colosales transformaciones que ella está descubriendo ahora. No tienen nada que ver.

Hace algún tiempo escribí un artículo titulado La otra falacia de los nativos digitales cuya tesis era que la gran diferencia entre los jóvenes de hoy y los que hace 30 años nos acercábamos a la tecnología por vez primera es que hoy los niños tienen las cosas mucho más fáciles, con tecnologías más accesibles y unas interfaces de usuario diseñadas para tontos.

Recordemos algunos hitos de la tecnología en 1986. Algunos son muy históricos, como la explosión del Challenger, la puesta en funcionamiento de la estación espacial MIR o el lanzamiento del primer portátil de IBM que realmente podía ser calificado como tal, el PC Convertible.

Hablamos de los tiempos de Tandy Computer, de Packard Bell, de la salida a bolsa de Microsoft, que convirtió a Bill Gates en uno de los milmillonarios más jóvenes de la historia de la Humanidad. Mientras se especificaba el formato del CDi y salía al mercado la versión 3.2 de MS-DOS, Apple lanzaba el Mac Plus, con un megabyte de RAM, y Compaq presentaba el primer PC 386.

Aunque tardaría años en llegar a donde está hoy, 1986 es el año en el que Charles Hull desarrolla los principios de la impresión 3D. El año anterior habían comenzado a distribuirse los dominios ‘.com’, con Symbolics.com como primera referencia. Actualmente tenemos más de 300 millones de dominios registrados con este sufijo.

En 1986 nacen compañías como Pixar, con financiación de Steve Jobs, Bethesda, Ubisoft o D-Link. Justo el año anterior se había puesto a la venta el primer teléfono móvil, que rápidamente se convertiría en un carísimo artilugio para millonarios y hoy es una de las herramientas tecnológicas más democráticas de la Historia, con precios para todos los bolsillos. Las pantallas a color seguían avanzando a ritmo de tortuga, el VHS se había ya consolidado como la alternativa frente al Betamax de Sony y los niños hacíamos, básicamente, lo que nos daba la gana por la calle.

Para mí, la tecnología eran un televisor a color Radiola, nuestro primer vídeo doméstico, la Atari de madera (el modelo 2600) de mi tío Ángel, el Spectrum de 16k de mi tío Oscar y las máquinas recreativas de los bares, a 25 pesetas la partida. Fue el año del lanzamiento de Bubble Bobble y de miles de partidas en un bar de Las Matas. La tecnología eran consolas electrónicas de un único juego y cristal LCD compradas en los puestos del paseo marítimo de Peñíscola. Eran los tiempos de la famosa serie Game&Watch de Nintendo, que se impuso muchos años antes que la Game Boy de 1989. Todavía andábamos todos locos por el Tetris, quizá la exportación más popular de la Unión Soviética.

Eran los tiempos de ansiar un Amiga, de asistir a la llegada de los primeros Laser Disc, de ver el 90% de las películas en los Multicines Iviasa y de alquilarlo todo en el videoclub Javierre. Hablo, para los más jóvenes, de una época en la que si hablabas de “mensajería”, hablabas de “telegramas”. En la que el “buzón de voz” utilizaba cintas pequeñitas y en la que la que tenías que tener cuidado a la hora de decidir a quién llamabas en función de la provincia o de la hora. Si El Rubius hubiera querido ser famoso por aquel entonces, habría tenido que buscarse una pareja cómica y aparecer en el Un, dos, tres de Chicho Ibáñez Serrador.

Mis hijos, 30 años después, van a clases de robótica, pueden ver en streaming todos los contenidos en versión original subtitulada al tiempo que se estrenan en EEUU y disfrutan de productos audiovisuales de una calidad extraordinaria. Sí, añoramos La vuelta al mundo en 80 días, David el Gnomo o He-Man, pero ellos tienen Hora de Aventuras, Historias Corrientes o Steven Universe ¡y si quieren ver los clásicos los ven en Youtube!

Siguen enviando cartas por vía postal a amigos de otros países (mi mujer les ha iniciado en el snail mail), y tienen una vida cosmopolita en la que viajan desde muy pequeños y hacen amigos de todo el mundo gracias al uso del inglés como lengua franca. Montarán en bicicleta y cazarán gamusinos como nosotros, pero ellos, además, cazarán Pokemon con el móvil. Leerán libros de fantasía, pero también tendrán ocasión de jugar a Dragon Age en la Xbox en lugar de saquear el bolso de su madre para poder echar otra partida al Street Fighter 2.

Aún vemos cosas todos juntos en el salón de casa, pero ellos disfrutan de sus youtubers de abrir huevos kinder mientras nosotros nos calzamos la última temporada de Juego de Tronos. Mi hija ya graba vídeos con reseñas de libros con su madre cuando a mis siete años hablar en público era una asignatura pendiente no sólo en nuestros colegios, también en nuestras vidas. Porque lo que decíamos los niños, admitámoslo, les importaba un carajo a los adultos.

En los próximos años mis hijos se enfrentarán a los retos de la robótica, de la inteligencia artificial o del transhumanismo, pero tomarán cafés en bares sin humo, tendrán mejores medicinas, habrán visitado todo el mundo en persona o mediante realidad virtual y, con un poco de suerte, para entonces habremos erradicado enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer y casi todas las formas de cáncer con tiempo suficiente para que no les pillen.

Vivirán vidas mucho más sanas y controladas, muchas veces obligados por la legislación y la tecnología, mientras nosotros les recordamos como abuelos cebolleta lo libres que éramos. Pero nos moriremos antes y nadie nos garantizará haber sido más felices o haber exprimido mejor nuestras vidas.