Lo que ha ocurrido en los últimos días en Estados Unidos, da la razón al escritor austriaco Fred Wander: “la violencia nunca cesa, solo se desplaza”.

Cuando el mundo comenzaba a bullir por las imágenes de los dos hombres negros muertos por disparos de la policía, Alton Sterling, en Luisiana; y PhilandoCastile, en Minnesota, el viento cambió de dirección y la violencia mudó de barrio. La ebullición viró en venganza y la violencia se desplazó a Dallas donde se celebraba una manifestación pacífica en protesta por la muerte de los dos jóvenes negros, y que sin embargo terminó con un francotirador asesinando a 5 policías e hiriendo a otros 7.

Lo sabían. Lo sabíamos, pero eso no impidió que se repitiera la historia. Martin Luther King nos advirtió que ”la violencia crea más problemas sociales que los que resuelve”, y ahí lo tenemos. La violencia solo genera violencia y en apenas unas horas hemos tenido oportunidad de comprobarlo.

Dallas ha vuelto a ser el escenario de un suceso que ha conmocionado al mundo, aunque el mundo cada vez se conmociona con menos, ya que la realidad que ve en la noticias lleva el sello de lo que puede ser el último videojuego que arrasa en el mercado. Nos sucede como al protagonista de la película de Dalton Trumbo, Johnny cogió su fusil, JoeBonham, se nos antoja complicado distinguir entre la realidad y la ficción porque ambas van demasiado unidas. Estamos vacunados ante la barbarie, nos hemos acostumbrado a ella. En la obra de Trumbo, Johnny es gravemente herido en un bombardeo durante la Primera Guerra Mundial, pierde todas sus extremidades y la mayoría de sus sentidos: la vista, el oído, el olfato y el gusto. En su desesperación, solicita que le pongan en un habitáculo de cristal para que el mundo pueda ver las atrocidades que provoca una guerra, lo absurdo e inhumano que resulta, y quizá así se le quite las ganas de declararlas. Pero no le hacen caso y le conminan a ser un trozo de carne sin vida, encerrado en la cárcel de sus recuerdos y de su pasado.

Lo que ha sucedido en Estados Unidos demuestra que el tiempo y sus operarios no son buenos cirujanos, que no saben cerrar heridas para evitar que sigan sangrando, supurando y manteniendo viva una infección enquistada que no cesa de cobrarse vidas. Esa herida es la raza que supura violencia en la piel de los Estados Unidos. El mundo se ha abandonado y nosotros con él, y lo peor es que actuamos como si no nos importara. Decía Orson Welles que “el odio a las razas no forma parte la naturaleza humana; más bien es el abandono de la naturaleza humana”.

No es una historia sencilla . Es complicada de contar. La policía en Estados Unidos es de gatillo fácil, y no es una manera de hablar, es una realidad demasiado cotidiana. La población negra tiene un disco duro de memoria justificablemente susceptible y esculpida a base de chutes de realismo. No es una relación fácil ni se vislumbra una rápida resolución. Ahora unos días repletos de palabras de condena. Cuatro días de luto oficial, y vuelta a empezar. La guerra continúa porque vino para quedarse. El diagnóstico de Bob Marley es acertado: “La guerra continuará existiendo mientras el color de la piel sea más importante que el de los ojos”, y es una amenaza durmiente pero latente que despierta con asiduidad.

Dice el presidente Obama que se hará justicia. No puede decir otra cosa y es el deseo de todos, pero no será así. No se hará justicia porque es imposible con tantos muertos en la calle. Para ellos ya no habrá justicia que valga.

La justicia cuando es sectaria y tardía, no es justicia. Lo que si es cierto es la reflexión del presidente estadounidense sobre que “cuando la gente tiene armas poderosas hacen que estos ataque sean más sangrientos y hay que tener en cuenta esa realidad”. Si todos tienen armas, unos y otros, ya sabemos cual será el final. Si todo el mundo va armado, la vida deja de tener valor y arrebatarla es gratis. No se puede ir armado hasta los dientes porque lo más probable es que te quedes sin ellos. Y en ese punto,  no hay momento para el diálogo, porque el lenguaje se ha convertido en fuego y todo se convierte en un pira sin fin. Todos hablan el mismo idioma, el de la violencia, el de las armas, el de las muertes. Y así es difícil entenderse. Luego vendrán manifestaciones en la calle, lágrimas, duelos, denuncias, declaraciones, debates, juicios que solo serán la antesala de un nuevo suceso. Las palabras de Gandhi son la crónica de una muerte anunciada: “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”.

Mientras sigamos cogiendo un fusil y salgamos a la calle, nuestro final será como el de Johnny, convertido en un cuerpo inútil, entumecido, sin capacidad de decisión ni de movimiento, abandonado en un almacén y conservado para el estudio y avance de la medicina. De seguir así no habrá almacén dondeamontonar más cuerpos. Eso es lo que queda después de la guerra, de los disparos y de las muertes: más guerra, más disparos y más muertes. Y un enorme almacén donde abandonar a los muertos.