“En la vida hay que evitar tres figuras geométricas: los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las mentes cuadradas”. Miren que es fácil el consejo, y sin embargo, el único que parece hacer caso al gran Mario Benedetti es otro grande, Stephen Hawking. El resto, aquí estamos, enfrascados en la geometría como si realmente la entendiéramos.

Esta semana el físico Stephen Hawking, de visita por España, más concretamente en Tenerife, ha hecho un anuncio claro y conciso: “No creo que vivamos 1.000 años más sin que tengamos que abandonar este planeta”. Lejos de incendiar este habitáculo que llamamos mundo y provocar el pánico colectivo, sus palabras casi nos han tranquilizado viendo como está el patio y los disgustos que nos dan unos y otros. Es como cuando tu equipo va ganando un partido y en cinco minutos el contrario da la vuelta al marcador y no haces más que pedir la hora como un desesperado. Como escribió Julio Cortázar, “todo dura un poco más de lo que debería”. Y eso es lo que ha pasado con el anuncio de Hawking.

Me admira la vida de este hombre, ya no digo su inteligencia, su coraje y su preparación, sino su envidiable rebeldía contra el destino traidor que le repartió todas las cartas necesarias para echarle de una partida que, contra todo pronóstico, lleva ganando décadas sin que el destino pueda hacer nada para evitarlo. Cada vez que veo a Stephen Hawking me acuerdo de una frase de El principito de Antoine Saint Exùpery, de quien esta semana hemos celebrado el 116 aniversario de su nacimiento: “El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va”. Y eso parece que solo ocurre con Hawking. Por eso sus palabras siempre resuenan sin necesidad de escuchar su voz.

La humanidad tiene los días contados y en 1.000 años no se podrá vivir en la Tierra. Un desahucio universal en toda regla. Aunque tal y como la tenemos, será más bien una evasión generalizada. Terminaremos por abandonar el barco porque nos habremos cargado la nave y su tripulación, y no tendremos ni mapa ni territorio. Un sálvese quien pueda en toda regla. Y algunos parece que ya han empezado.

Esta semana hemos visto algo que resultaba impensable hasta ahora. Vicente del Bosque se ha rebotado con Iker Casillas y por su boca ha soltado todo el mal rollo que ha debido acumular durante años, porque de otra manera, no se entiende la vomitona lanzada sin necesidad de que nadie le provocara. Ahora resulta que el que fuera seleccionador y el capitán de esa misma selección nacional de futbol, no son amigos, que se han enfadado, que no se hablan, ni se miran, ni se escriben. Tan grave es la cosa que ni siquiera se despidieron a su regreso a España después de caer derrotados en la Eurocopa. Y no solo eso, sino que Iker fue el único de todo el equipo nacional que no recibió un mensaje de cariño de Vicente del Bosque.Sé que está dolido con nosotros, con el cuerpo técnico, y a él no le he mandado mensaje, más sincero no puedo ser, porque me sabe mal …”. No puede ser. Estos círculos viciosos, esos triángulos amorosos, esas mentes cuadradas… Si es que debería leerse a Benedetti en la escuela, cuando somos pequeños, para que se nos vaya quedando.

No hay nada más triste en este vida que perder un amigo, un buen amigo, y no le cuento cuando se trata del mejor amigo de todos. Solo podría calificarse de desastre. Esta última semana grandes amigos se han convertido en enemigos públicos, como Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Esto no es buena señal. No puede serlo. Cuando empezamos a perder a amigos, nuestro mundo empieza a perderse y nosotros con él. Así no me extraña que Hawking sea tan pesimista en las quinielas sobre la permanencia en este planeta llamado Tierra.

Uno puede perder votos, elecciones, resultados, la vergüenza, los sillones, los vaticinios, la dignidad, la oportunidad, el nombre, la salud, la casa, el trabajo, el honor, las llaves, el móvil, … pero perder amigos es mucho más grave. De eso no se recupera uno tan fácilmente.

Las pérdidas no son buenas, es muy complicado gestionarlas a no ser que seas  la poetisa Elisabeth Bishop, Premio Pulitzer de Poesía, y controles el arte de perder aunque sea a través de la palabra: “El arte de perder se domina fácilmente; tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre… Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aún más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente… Los extraño, pero no fue un desastre… Es indudable que el arte de perder se domina fácilmente, así parezca (¡escríbelo!) un desastre”. Y lo escribió ella, que perdió al amor de su vida, la arquitecta brasileña Lota de Macero Soares cuando ésta fue a buscarla a Nueva York después de una larga depresión. Nada más llegar a la ciudad de los rascacielos, murió de una sobredosis . Y Bishop evangelizó sobre el arte de perder.

Ya que no les leemos todo lo que debiéramos, al menos hagamos caso a nuestros clásicos: atendamos al viejo coronel de Gabriel García Márquez, aquel que no tenía quien le escribiera, cuando decía que “la vida es la cosa mejor que se ha inventado”. Vivámosla, pero sin plazos, sin sustos, y a poder ser, sin dejar de perder amigos. Y recuerden las palabras de George Santayana: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”. Eso, quiera que no, relaja mucho y dolerá menos.