Durante la campaña he hecho un esfuerzo formal para evitar cualquier mención a Venezuela en referencia a Podemos. No digo que no se me haya escapado algún comentario, pero casi siempre en el marco de debates sobre la cuestión y, a menudo, para señalar tres argumentos fundamentales.

El primero es que Podemos, incluso si hubiera estado en situación de gobernar, hubiera estado sujeto a directivas europeas y a una alianza con el PSOE, y no hubiera podido incorporar dislates a nuestro ordenamiento. Como mucho, veríamos disparates propios de sus miembros más radicales, como algunos de los que hemos podido ver en el Ayuntamiento de Madrid. Más o menos feos pero, en general, intrascendentes. Un Ministerio del Diábolo o cosas por el estilo.

El segundo es que la orientación de Podemos hacia la socialdemocracia transversal es su único camino posible en un país que se ha demostrado conservador. No sé si somos de derechas o de izquierdas, pero las elecciones han demostrado que los españoles somos amarrateguis y asustadizos frente a los grandes cambios de consecuencias inesperadas. Diría que éste es su camino a largo plazo, que Errejón lo sabe y que la alianza con Izquierda Unida ha terminado siendo contraproducente.

El tercero es que los políticos de Podemos y sus seguidores son, en su gran mayoría, buenas personas que quieren lo mejor para el país y los españoles. Otra cosa es que considere válidas sus recetas, pero creo que nunca nadie me habrá visto faltar a ninguno de sus integrantes. Para no votarles lo único que he necesitado ha sido su programa.

Dicho todo esto, hoy sí creo que hay seguidores de Unidos Podemos empeñados en convertir a España en Venezuela, o al menos hacer que lo parezca. No lo habrían conseguido en caso de ganar, pero da la impresión de que lo estén intentando con todas sus fuerzas con la derrota en la mano.

Partamos de una base sólida: las elecciones en España son un proceso garantista y de demostrada fiabilidad. ¿Hay fraude? Constantemente. Como en todo. Pero nimio. El que más me ha molestado siempre, y considero a militantes del PP sus máximos practicantes, es el carreteo de ancianos a los colegios electorales para votar. Pero como señalaba Fray Poll en un magnífico artículo en Ctxt, estos microfraudes difícilmente han podido ser capaces de provocar la pérdida de escaños.

Feijoo ha defendido públicamente la práctica de llevar ancianos a votar y ha reconocido muchas veces que sus resultados electorales dependen de los más mayores. La psicóloga de cabecera de SABEMOS, Bárbara Montes, nos ha explicado de todas las formas posibles que es básicamente imposible que nadie en una mesa electoral juzgue oportunamente si una persona sufre o no de deterioro cognitivo en el tiempo que se tarda en depositar la papeleta, y asume como necesario dejar votar, con el ordenamiento vigente, a cualquiera que lleve el DNI en la mano.

En realidad, creí que no me vería obligado a escribir nada más sobre el tema después de los muchos comentarios inteligentes que he visto al respecto. La opinión de Beatriz Talegón es interesante. El reconocimiento explícito de Mónica Oltra, de Compromís, de que ha sido un proceso limpio, se mereció ayer mi agradecimiento personal a través de Twitter.

Lo peor de todo es que la sospecha ha brotado con mucho más empeño de lo que hubiera creído posible. Ha tenido, reconozcámoslo, un suelo fértil, arado convenientemente por Pablo Iglesias, de forma voluntaria o no. Pocos días antes de las elecciones, en pleno escándalo Jorge Fernández-Díaz, afirmaba lo siguiente en las mañanas de Cuatro:

“Hay que tener en cuenta que el ministerio del Interior y este ministro son los encargados de velar por la seguridad en las votaciones el próximo domingo, todos los ciudadanos tenemos serias razones para estar preocupados”.

¿Cómo no sospechar cuando estabas preparado para la sospecha? Un señor mayor al que aprecio mucho me dijo hace poco que el asesinato de Jo Cox había sido orquestado por la CIA para impedir el Brexit –lo que demuestra, por cierto, lo inútiles que son–. Todavía no he tenido tiempo de pasárselo por la cara.

Estoy convencido de que, con su perenne teoría de la conspiración en la mano, me dirá ahora que los motivos de la debacle electoral de su partido –relativa, por otro lado, tampoco hay que quitar mérito a los logros de Podemos después de tan poco tiempo– puede encontrarse en la acción del Gobierno.

Yo le responderé lo que he dicho siempre. Que se podía haber leído al redactor de política de SABEMOS, David Martínez García, cuando a principios de mayo ya pronosticó que había 1,2 millones de votantes de IU y Podemos incompatibles. Es uno de los artículos que más orgulloso estoy de haber publicado en nuestro pequeño medio.

Quien me conoce bien sabe que soy un gran creyente en la navaja de Occam, la idea de que la respuesta más simple para casi cualquier cosa es la correcta. Se basa, fundamentalmente, en mi pesimismo innato sobre la inteligencia humana. No creo en grandes conspiraciones con más de una decena de personas implicadas.

Si Donald Trump ha tenido problemas para ocultar a su peluquero secreto, la NSA tuvo su chivato y estamos leyendo “papeles de…” cada semana, podemos asumir que en una democracia plagada de medios de cualquier tamaño, teléfonos móviles y millones de personas con vocación de portera, es difícil mantener cualquier secreto, sea grande o pequeño. ¿Nos acordamos del GAL? Es mucho más fácil cometer terrorismo de Estado que manipular unas elecciones, y ni eso pudimos hacer sin que se filtrase toda la trama.

Sé que predico en el desierto, y que los “buscadores de la verdad”, como Mulder e Iker Jiménez, seguirán inasequibles al desaliento. Lo peor es que los nuevos partidarios de la teoría del pucherazo están haciendo tanto daño a nuestro sistema político como Mourinho al Real Madrid. A partir de cierto momento, conviene respetar a los árbitros y limitarte a jugar mejor al fútbol para ganar los partidos.

Si realmente Podemos empieza a trabajar pensando en una realidad alternativa en la que ha ganado al PSOE las elecciones, en un ‘Sorpasso Fringe’, las próximas decisiones que deba tomar serán, todas ellas, equivocadas. Ellos sabrán.