Estaba yo abatido por el Brexit y buscando responsables cuando me topé con los culpables perfectos: los venerables vejestorios de la campiña británica que, según todas las encuestas, contribuyeron a la salida de Reino Unido de la Unión Europea. En general, se produjo un caso curioso: a más edad, menos estudios y más rural la población, más apoyo al Brexit.  Como menor de 40 años que se considera más europeo que español, propiamente dicho, entiendo a quienes estos días han lamentado que una generación con poca esperanza de vida les haya arrebatado una vida de esperanza.

Así que sali a la calle con la sonrisa puesta, dispuesto a emular a la novela de 1965 La Fuga de Logan y tatuar una flor en la mano a todos los jóvenes, poseedores de la sagrada verdad del Remain, para ejecutar a continuación (metafóricamente) a todos esos vejestorios euroescépticos, racistas y fasciosos que han tomado como rehenes a mis compañeros de generación. Señores que promueven la grandeza de un Reino Unido mientras alientan su división.

Pero no había llegado ni al ascensor cuando me interrumpió una llamada de Germán Álvarez Blanco, editor de este medio. La frase que hundió mi erección intelectual fue incontestable. “Si sólo cuenta el voto de los jóvenes, el domingo ganará Podemos sin discusión”, adujo. Y no le falta razón. El voto de Podemos, como el del Remain, es voto joven, urbano y con titulación superior, mientras que los votantes del PP se van muriendo a medida que pasa el tiempo y son incapaces de conseguir una reposición electoral razonable.

Por mucho que duela admitirlo, el PP tiene ventajas para España. La primera de ellas es que es un partido de derechas que, muy a pesar de sus opositores, ha pagado las pensiones, el desempleo y, pese a los recortes, ha mantenido una situación de estabilidad en los mercados y en la vida cotidiana, todos ellos aspectos que cualquier conservador agradece. También ayuda que tener impresentables otorgando medallas a vírgenes contribuye a atraer un voto ultrarreligioso, y cargar contra los inmigrantes en Cataluña te garantiza que no surja un movimiento más a tu derecha.  Si no existe extrema derecha en España tiene que ver con que el PP los ha agrupado y los tiene en una esquina, relativamente dóciles, repasándose con rotu sus esvásticas. Lo que supone una gran noticia para este país. Por supuesto, tienen lacras como la corrupción, de los recortes y de la desigualdad, todos ellas marcas de fábrica del Gobierno en funciones. Afortunadamente para ellos, sus votantes son como Dory, el personaje de Pixar, simpáticos pececitos incapaces de recordar todo lo malo que ha pasado y que van a las urnas tarareando “sigue votando, sigue votando”. En parte es la edad, qué duda cabe.

Por otro lado, Podemos es un partido profundamente contradictorio en su naturaleza. Hace dos años Pablo Iglesias era partidario de abandonar la UE, si bien durante la presente campaña mandó a su hombre de relaciones internacionales a hacer campaña por el Remain. Como me decía mi amigo Enrique, Podemos tiene principios claramente marxistas. O más bien grouchistas: Si a los españoles no les gustan sus principios, tiene otros. Los que hagan falta con tal de pisar alfombra y subir al trono de hierro.

Curiosamente, eso no parece desagradar a los más jóvenes, que probablemente estén evolucionando ideológicamente al mismo ritmo que su partido de referencia. Al observador externo le resulta bastante obvio que Podemos terminará siendo, a este ritmo, un sustituto rejuvenecido del PSOE, sin su histórico de corrupción. Nada dramático, salvo que seas el PSOE.

Por supuesto, es imposible que vaya a votar a Podemos en estos comicios. No tengo ninguna prueba de que su evolución hacia la socialdemocracia no sea una pose, una forma de aquel viejo dicho de ‘Prometer hasta meter (el voto en la urna) y, una vez metido, olvidar lo prometido’. Su programa, además, me parece dramático para afrontar una recuperación económica.

Así que antes de salir para las urnas me limitaré a hacer una lista de todos los partidos, pensar en quiénes pueden sacar diputados suficientes como para que tengan alguna influencia parlamentaria, asegurarme de elegir a alguien que no entregue distinciones a iconos religiosos y que aún no haya tenido ocasión de robarnos. Con suerte, encontraré a algún partido que no hable ni haya hablado de nacionalizar empresas estratégicas y que, preferiblemente, sea implacable con el fraude fiscal y juegue con las reglas del mercado en la mano (porque decir que vas a jugar al Parchís en una partida a la Oca, por mucho que te guste el Parchís, es una estupidez). Ni siquiera tienen por qué caerme bien.