Godfrey Chitalu es una leyenda del fútbol en Zambia. Primero, como gran goleador. Después, como técnico. Por motivos que nunca pudo sospechar, su nombre saltó a los medios de comunicación españoles hace unos años, casi dos décadas después de su muerte. Se dice que Chitalu marcó 107 goles en 1972, un registro no avalado por la FIFA pero desenterrado por algunos medios de comunicación justo cuando se decía que Leo Messi había batido el récord de goles en un año natural tras llegar a 91, seis más que Gerd Müller, el mítico ‘Torpedo’, también en 1972.

En el momento de su muerte, en 1993, Chitalu dirigía a la selección nacional de Zambia. El avión del equipo se estrelló en el mar tras repostar en Gabón de camino a Senegal y no hubo supervivientes. Los nombres de todos ellos pueden leerse a modo de homenaje al final de ‘Eighteam’, un documental que viaja desde aquella trágica fecha a 2012, el año de gloria para el fútbol zambio. A su director, Juan Rodríguez-Briso, lo primero que le preguntan en cada festival es qué se le ha perdido a un vallisoletano en Zambia. “¿Un director de Estados Unidos cuenta una historia épica sobre El Cid y yo no voy a poder contar una historia épica de un equipo africano?”, responde.

Zambia es uno de esos países que ven en el fútbol, y especialmente en la Copa del Mundo, la oportunidad perfecta para exhibir su identidad, o identidades. Con 13 millones de habitantes, 73 tribus y otras tantas lenguas, la camiseta de los ‘Chipolopolo’ sirve como cemento en un país joven, independiente desde 1964. Tal vez por eso, el accidente del 93 está considerado como la mayor tragedia jamás vivida allí. En cuanto conoció la historia, Rodríguez-Briso se dirigió a la Asociación de Fútbol de Zambia. Allí le pusieron en contacto con Ngosa Chungu, una productora local que también había mostrado su interés. Skype y Whatsapp hicieron el resto por alumbrar la primera co-producción entre España y Zambia. “No es tan solo una historia de Zambia, es una historia sobre el espíritu humano de lucha y de sobreponerse a todos los contratiempos”, advierte el director; “y eso es algo con lo que cualquier público se puede sentir identificado y sentir como algo propio. Y a través de algo tan universal como el fútbol me pareció que era más fácil contarlo”.

Los miembros de la generación perdida en el 93 eran héroes nacionales y estaban llamados a clasificar por primera vez a Zambia para la Copa del Mundo, algo que dos décadas después aún no ha sucedido. En los Juegos Olímpicos de Seúl 88, aquellos hombres habían goleado (4-0) a la mismísima Italia, repleta de clásicos de la década como Tacconi, Ferrara, Tassotti, Colombo, Virdis y Carnevale.

Tras la catástrofe, Zambia se afanó en reconstruir el equipo y, con él, la autoestima nacional. Estuvieron a un gol de clasificarse para el Mundial de Estados Unidos 94 y fueron subcampeones en la Copa de África de ese mismo año, sólo superados por la Nigeria de los Yekini, Amunike y Amokachi. “De haber ganado, habría sido casi más de película que lo que hicieron en 2012”, opina Rodríguez-Briso.

“En aquellos años Zambia tenía una generación dorada. Los que no entraban en las convocatorias no es que fueran malos, sino que los que estaban eran muy buenos. Así que cuando tuvieron la oportunidad, sumado a la motivación extra de lo que había sucedido, demostraron su nivel. También hay que decir que, tras el accidente, la ayuda de Holanda y Dinamarca principalmente hizo que los jugadores se profesionalizaran mucho más rápido”.

Eighteam Still - 02

Kalusha Bwalya, el artífice

Kalusha Bwalya, autor de tres de los cuatro goles a Italia, fue una figura clave como capitán y líder. Sobrevivió al accidente porque jugaba en Europa y su club, el PSV Eindhoven, no le dio permiso para acudir a la concentración. Único ganador zambio del Balón de Oro africano, dejó el fútbol casi con 40 años, fue seleccionador y preside desde hace años la federación nacional. “En su país tiene el mismo aura de leyenda que puede tener, por ejemplo, Maradona en Argentina”, dice Rodríguez-Briso; “sin él Zambia no se habría recuperado nunca de aquello”: “A diferencia de otros jugadores africanos, al retirarse decidió volver a su país y aplicar todo lo que había aprendido como profesional en Europa como jugador, entrenador y directivo: búsqueda de sponsors, estructura más profesional tanto en la selección como en la liga… Muchos pusieron su granito de arena para el título de 2012 pero Kalusha puso sacos de arena. Supongo que lo que le sucedió a sus amigos y compañeros de equipo ha sido una motivación constante todos estos años”.

Lo sucedido en la Copa de África de 2012 parece concebido por un guionista. El torneo se disputó en dos sedes, Guinea y Gabón. A Zambia le tocó Guinea, y sólo en caso de llegar a la final tendrían que viajar al escenario de la catástrofe del 93. Por supuesto, Zambia llegó a la final de Libreville. Allí, en la playa, presentaron sus respetos a los fallecidos frente a la costa. Y por supuesto, pese a tener enfrente a la selección más potente del momento -Costa de Marfil con Drogba y Toure Yaya, entre otros- se alzó con el título. Un periodista marfileño avisó: “No podemos ganar. Ellos están jugando con dos equipos”.

Sucedió en la tanda de penaltis, para mayor drama. ¿Cuántos lanzamientos fueron necesarios? Dieciocho, tantos como jugadores fallecidos. ¿Y cuántos años habían pasado desde aquello? Faltaban dos meses para que se cumplieran diecinueve. Un guión redondo. No es de extrañar que, tras rodar el documental, Rodríguez-Briso quiera lanzarse ahora a por la película. Cuenta que se le quedaron demasiados testimonios y vivencias en la mesa de montaje. Por ejemplo, una entrevista con Carlos Páez, uno de los jugadores de rugby que sobrevivieron a otro accidente de avión, el de los Andes: “Nos dijo que de su historia se han escrito 200 libros, se han hecho 40 documentales y una película, ‘Viven’, pero todo el mundo la conoce gracias a la película; y que si queremos que la historia se conozca, tenemos que hacer la película. Y en ello estamos”.