La decisión de los británicos de abandonar la UE introduce al proyecto comunitario en la mayor crisis de su historia. La zozobra política y económica puede hacer a los ciudadanos inclinarse por apoyar a sus mandatarios o a los partidos más identificables con el establishment, como ocurre ante catástrofes naturales o atentados terroristas. Unidos Podemos confía en que los electores no se dejen llevar por el discurso del miedo, pese al Brexit.

Las encuestas se han equivocado y la bomba de relojería del Brexit ha estallado en el final de la campaña. Sabíamos que podía ocurrir, pero existía la sensación casi unánime entre la clase política de que todo quedaría en un susto y los británicos votarían por permanecer en la Unión Europea. En esa dirección apuntaban las encuestas de la última semana. El referéndum no tendría así mayor importancia a efectos internos, aunque todos los partidos trataran de capitalizar el resultado, como hacen con cualquier otro acontecimiento sobrevenido.

No ha sido así. Los sondeos han vuelto a fallar en Reino Unido -un año después de quedarse a años luz de vaticinar la amplísima victoria de David Cameron– y la UE afronta la crisis más importante de su historia. Un terremoto político del que no escapa España, que en dos días celebra elecciones generales. ¿Influirá este acontecimiento en el resultado?

La teoría y la historia dicen que los ciudadanos acostumbran a cerrar filas en torno a sus dirigentes cuando se dan situaciones así. Circunstancias exógenas que ponen en riesgo la estabilidad son interpretadas como una amenaza ante la que se debe responder con cohesión. Se sigue de un modo casi primario el axioma de ‘la unión hace la fuerza’. Así ocurre ante desgracias naturales, atentados terroristas o, en general, cualquier escenario que de un modo repentino y sin que se deba a la actuación de los gobernantes abre un horizonte de incertidumbre, riesgo, emergencia.

Hasta dos millones de españoles podrían estar decidiendo su voto en estas horas previas al 26-J

La popularidad de los dirigentes sube cuando están dando respuesta a un desastre como un terremoto o una inundación, salvo que su gestión vaya acompañada de una cascada de errores estratégicos y comunicativos como los que se produjeron en España con el hundimiento del petrolero Prestige (2002) o en Estados Unidos con la llegada del huracán Katrina a Nueva Orleans (2005). Son, como decimos, las excepciones a la regla. Y entre ellas destaca lo sucedido tras el 11-M en las generales españolas de 2004, con todas las particularidades que presentó.

Ante el Brexit, ocurre que puede no ser acogido por la población como una emergencia. Las declaraciones de los políticos, en especial las del presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, llaman a la calma. “Serenidad y tranquilidad”, ha recetado Rajoy, como otros mandatarios europeos, apenas unos días después de alertar de las calamidades que seguirían a un no del Reino Unido a la convergencia europea.

A la vez, las Bolsas se están hundiendo -el Ibex 35 ha experimentado la peor apertura de sesión de su historia-, la convulsión se apodera de los mercados y el Banco Central Europeo ha tenido que anunciar que está preparado para inyectar más liquidez si fuera necesario.

Más efectos para España

Hay más efectos adicionales para nuestro país. Unos 200.000 españoles viven en Reino Unido y no saben aún de qué forma puede afectarles el divorcio. La caída de la libra menguará los ingresos por turismo, sector que debe buena parte de su fortaleza a las visitas que llegan de aquel país. Los efectos en una economía considerablemente más débil que otras, como la alemana o la francesa, también pueden ser mayores, en especial en lo tocante al sistema financiero.

De todo ello pueden empaparse o no los electores antes de ir a votar el domingo. Las lecturas que en este tiempo hagan los partidos serán determinantes para conformar el sentir de la opinión pública, pero hay realidades que sencillamente no pueden alterarse. Especialmente todo lo relativo al principal condicionante del voto: el bolsillo.

Entre tres y cinco millones de españoles están decidiendo su voto en esta última semana de campaña. Muchos de ellos, en torno a dos millones, lo harán el mismo 26-J. Más que hacer cambiar de posición a los convencidos, el Brexit y todas sus connotaciones pueden contribuir a que los indecisos tomen unos caminos u otros. Lo malo conocido tiene en este sentido mucho que ganar a lo bueno por conocer.

El ‘Brexit’ copa la agenda y entierra por completo el episodio de las grabaciones a Jorge Fernández Díaz

Los partidos tradicionales, de cariz más institucional, los que estamos acostumbrados a ver en los gobiernos, parten con ventaja. Son momentos de zozobra y su bagaje y trayectoria los coloca en mejor posición, sobre todo a quien ahora ocupa La Moncloa. Aparte de enterrar por completo episodios desfavorables, como las grabaciones a Jorge Fernández Díaz. Todo es, además, coherente con su campaña de llamadas a la moderación, la sensatez, la estabilidad y el resto de lugares comunes a los que apela Rajoy para colocar a Pablo Iglesias y los partidos susceptibles de pactar con él en el rincón de la incertidumbre. Rincón del que salen, según ese discurso tan encajable por una opinión pública en shock, iniciativas de efectos impredecibles como la de abandonar el mercado único.

Aunque Podemos está muy lejos de abrazar el euroescepticismo que caracteriza a otros movimientos emergentes del Viejo Continente, es lo más parecido al rupturismo que en estas horas previas a la elección es demonizado por agentes políticos, económicos y sociales por haber abocado a la UE a esta catarsis. Pablo Iglesias se enfrenta a un gran desafío. Él y el resto de referentes de Unidos Podemos se esforzaron a lo largo del jueves por dar muestras de consternación y escenificar su compromiso con una reforma en profundidad del proyecto europeo que evite el colapso total. Al tiempo, sus adversarios recordaban la postura favorable a abandonar el euro que Iglesias defendía hasta las elecciones europeas en que irrumpió con cinco escaños.

El Brexit difícilmente provocará un cataclismo electoral, pero sí puede consolidar y acentuar las últimas tendencias, esas que apuntaban a que el sorpasso iba convirtiéndose cada vez más en un contrasorpasso.