El llamado `Brexit´, independientemente de lo que ahora nos expliquen expertos y estadistas –unos, sesudas oquedades que no querrán perderse  ocasión tan propicia en vísperas electorales; otros, directamente interesados, como lo han sido unos ingleses nostálgicos de tiempos en que eran referencia; amén de los flautistas de Hamelín que brujulean en torno a cuanto huele a nacionalismo separatista-, es resultado de las siguientes cosas (por supuesto, entre otras  que, en cascada, irán publicitándose en los medios):

a) El abandono de los ideales humanistas sobre los que Europa superó la ruina de la II Guerra Mundial para construir y alimentar un monstruo en Bruselas: las instituciones comunitarias. Ese engendro lo forman los infinitos burócratas atrincherados en su vivir como Dios –salarios de escándalo, privilegios sin cuento, funcionamiento de casta intocable- a costa de los contribuyentes.

En este asunto, los británicos que ayer enviaron al quinto infierno a tan infumable entramado no sólo tienen razón, sino toda la razón. Su profundo descontento y radical insatisfacción venían siendo anunciados desde hace décadas, año tras año, por unos “polls” (encuestas, a veces masivas) que advertían de un cabreo creciente, devenido en imparable en los últimos tiempos.

b) Con la prosperidad recuperada, la Europa solidaria fue dejando paso a otra, preñada de egoísmos centrífugos:  la rica y culturalmente sofisticada de siempre –los Estados de formación protestante, donde el hombre recoge en esta vida los frutos de su trabajo; y los de formación católica, cuyos pueblos se educaban en la falacia de “Dios te compensará en la otra vida por las desdichas que padezcas en este valle de lágrimas”). Además, y para rematar, llegó el inesperado caos introducido por una masiva irrupción de los países balcánicos, cuya entrada a saco por el patio trasero ha terminado llevando a la total hartura económica, financiera, cultural y religiosa.  Eso sí, miles de nuevas satrapías para esa banda impresentable que pudre las instituciones europeas.

c) Lo más normal es que el “Brexit”  dé lugar a nuevas patadas en lo que queda de edificio comunitario, con en serio riesgo de echarlo abajo en la segunda.

Me temo que ocurrirá, por lo menos, en los Estados del Norte, que se negarán -más tras el ejemplo inglés- a continuar pensionando la vida regalada de tanto parásito instalado en Bruselas o  Estrasburgo, y en ser para los restos –lo creen firmemente, y no les faltan razones- la locomotora que desde  hace medio siglo tira del furgón de cola formado  por la cuenca mediterránea, lastre secular de corrupción e ineficacia.

Cierto que en esos 50 años, incluso esa rémora parece haber avanzado en algunas cosas, desde luego no en ética ni en decencia. Los cabreados consideran que han estado financiando amaños que les cuentan con el fin de hacer creer que ya se practica en ella una democracia avanzada.  ¡Mentira!, gritan los que se ven como paganos de prácticas que no comparten. En un sistema de competencia y libertades, el hombre es responsable de lo que hace y no lo carga todo en la cuenta de “Papá Estado”, que es lo que ha llevado  a la formación de un sindicato de chupasangres como el que hoy maneja la C.E.

d) El “mito Europa” lo fabricaron los EE.UU para levantar del tapiz a la Alemania noqueada por la lacra del nazismo, y formar una frontera-escaparate destinada a romper las piernas al “mito comunista”. Por eso, los comunistas de hoy -¿verdad, Alberto “sonrisas” Garzón; cierto, Pablo “trolero” Iglesias; exacto, Julio “caduco” Anguita?-  tienen que estar hoy exultantes como quinielistas de catorce aciertos, aunque usen tonos fúnebres y compungidos para lamentarse.

El instrumento de aquel renacimiento providencial fue el “Plan Marshall”. Pero en Washington se preguntaron: ¿sobre qué base podemos construir un valladar de seducción que funcione? Miraron, y ¿qué vieron? Una Alemania arrasada, incapaz de ejercer un liderazgo sin antes salir del caos pero con una brutal capacidad de disciplina social para lo bueno y lo peor. Lo peor acababa de quedar atrás al precio de 40 millones de muertos. Restaba lo bueno: la aceptación de la idea de remontar como colectivo. Un punto de arranque positivo, pero insuficiente… ¿Entonces, qué…? ¿Francia?

e) Francia era la encarnación misma del centralismo administrativo, de l ´Etat Providence, la macroempresa pública, las contratas del Gobierno con unas escasas megaindustrias privadas (diseñadas como tales por pertenecer a socios de Presidentes y Ministros) a las que se daba aire desde los Presupuestos.

París  nunca creyó en el libre mercado sino en uno cautivo –con preferencia, en régimen de monopolio-, y todo joven que accedía al mercado laboral cifraba su sueño en conseguir  un puesto de funcionario para la vida. Parecido a lo que se estilaba aquí.

Por cierto que casi siempre se llegaba a él –los que llegaban- mediante clientelismos familiares que lo ligaban de por vida a un patrón todopoderoso, y previo visto bueno del párroco de turno. Para el criterio anglosajón –infinitamente más pragmático y progresivo- Francia no servía. Representaba la historia eterna de los enchufismos, del déficit insostenible salvo imaginando trampas y provocando conflictos armados, y de la sociedad mansamente  jerarquizada e inmovilista.

f) Si acudimos al análisis frío y dejamos al margen su historia siempre exagerada de piraterías (como si los demás países que contaban no practicasen esta actividad económica de entonces), su colonialismo (ahí, mejor nos callamos todos) y su concepto de la splendid isolation, que acaban de renovar con su voto, los británicos eran para los norteamericanos la única opción válida de habilitar un guardián que recondujera la Europa de castas impermeables hacia el “American way of life”. Guste o no asumirlo, en él el hombre encuentra –no siempre, pero sí con aceptable frecuencia- su oportunidad para realizarse y prosperar, sin depender de la manopla, tendida para recibir la coima, del funcionario chupón o de la institución religiosa y/o política de la que es cliente. Llámese ésta Partido, Iglesia o Sindicato.

g) Por eso, aquel jenízaro de la Francia eterna, inmovilista y anclado en un ensueño de país decadente que se llamó Charles De Gaulle vetó en dos ocasiones (1963 y 1967) el ingreso de lo que él llamaba “el gendarme americano” –La Gran Bretaña- en las aún balbuceantes instituciones e incluso intentó expulsarla a base de provocar constantes enfrentamientos.

Su idea de una comunidad ajena a la los anglosajones –aunque éstos tuvieran que financiarla, ¡faltarías más!,- para lo que se dotó  de un  arma atómica de andar por casa, con la aspiración de tener la exclusiva de su manejo en la vertiente occidental del continente, le funcionó. No  para que su Francia fuese  considerada  una superpotencia, como pretendía, sino para constituirse en permanente obstáculo en la construcción de una Europa transparente, basada  en reglas de meritocracia y  libre competencia.

De Gaulle fue un jugador fullero, resentido porque el papel de su país frente a la Alemania nazi en la Guerra Mundial provocó carcajadas universales después de haber hinchado un pecho de fanfarrón hasta para descoser los botones de la guerrera. Se sacó de la manga aquel ridículo concepto de la “grandeur” –¡la “grandeur” de un enano de la Tierra Media!- , y hasta traicionó la idea que decía apoyar, aunque a la francesa, del  “mundo libre”: en 1966 fue a Moscú para besarse con Bréznev y amenazar a USA con que París se entendería con el mundo comunista si los yanquis insistían en que Londres entrara y tuviese un papel, ideológico al menos, acorde con su peso específico. Papel que, dicho sea de paso, nunca se le permitió ejercer.

h) Se lo afanaron con el invento “socialdemócrata” del Estado de Bienestar, basado en la mentira de un crecimiento sin fin. No explicaron sus inventores que el fundamento del mismo descansaba en las décadas de control sobre el mercado de materias primas procedentes de los países colonizados que aún ejercían sin cortapisas  los antiguos países colonialistas.

La independencia no significó  el manejo el manejo inmediato  de sus recursos para los territorios oprimidos (no todos llegaron a tener Estado propio). Sólo la visión que algunos supieron propiciar de ir formando sus minorías pensantes concienciaron a sus inermes habitantes de a pie sobre la tremenda deuda moral de los  países occidentales para con ellos; del derecho, por tanto,  que creen tener a disfrutar de los avances del Estado del Bienestar, que ellos financiaron con su sudor y sangre en las antiguas sedes coloniales.

De ahí viene el derecho moral de los migrantes a que sus antiguos explotadores les compensen. Derecho que –vaya por delante, no seamos ingenuos porque estos hechos nunca tienen marcha atrás- ellos no alcanzarán jamás a disfrutar,  porque no hay peor bestia que el hombre para el hombre. Y la Historia se escribe en ciclos.

Pero hasta en eso el “Brexit” tiene su razón de ser. Obsérvese qué lugares ocupan en la escala del desarrollo mundial la mayoría de las antiguas colonias británicas, y compárense con el ranking de las francesas, españolas o portuguesas. Podrán contestarse algunas preguntas sobre lo que la doble moral es de verdad y cuáles fueron, propaganda aparte, las tareas esenciales de las` misiones´ controladas por el Vaticano en tierras de negritos o indiecitos. También tuvieron sin duda sus aportaciones defendibles, pero el sistema respondió a intereses estratégicos muy concretos y escasamente divinos.

i) Según los primeros ecos que llegan de fuera, son los franceses los menos pesarosos por la salida británica. Parecen pensar –no sé si por la estupidez de un revanchismo nacido de complejos históricos o a causa de su desmesurado chovinismo- que la Europa que salga de ese desastre va a estar manejada por ellos y los alemanes. Y lo de `ellos´, siempre y cuando Marine  Le Pen no les haga creer que la Comunidad Europea no es ni siquiera es digna de que Francia esté.  A pesar de que su economía linda con la quiebra por sus propios despilfarros y anquilosamiento. “La Rubia” puede también plantear, y ganar,  su referendo de huida…a ninguna parte, con tal de llegar al Elíseo… Al tiempo.

j) Sería ése el definitivo banderazo de salida –hay otros cocinándose- para que el Estado del Bienestar sobreviva sólo, y se afirme con las pertinentes rectificaciones, en la Europa del norte. Me temo que se irá al mismísimo carajo en la del Sur, con España e Italia en el pelotón de cabeza, y la Francia de la “petite grandeur” flotando durante un tiempo –poco- en tierra de nadie. Hasta que se incorpore al colectivo de los fracasados sin remedio.

Si los franceses no lo ven  es porque desdeñan dos verdades del tamaño de Júpiter:

1) Las tensiones van a remontar en Europa por mil motivos. Ahí van algunos: duelos a muerte en los Balkanes, en momentos en que lo que diga Bruselas hará que Putin se despiporre a morir; posible quiebra de un Euro con los ligamentos rotos, aunque el Reino Unido no estuviera en su órbita; el destrozo de entendimientos empresariales de primera magnitud, motores de los avances que nos llevaron a dónde estábamos (hoy, ya no), lo acepte o lo niegue un rojerío antisistema que sólo podrá ofrecer como alternativa ruina y desolación encubiertas;  las quiebras de grandes corporaciones, muchas de las cuáles no resistirán el crujido de insoportables desconexiones y renovadas rivalidades, lo que traerá mucho más paro y reducción de niveles de vida.

Por tantas cosas que van a afectar a nuestra existencia diaria...

2) Si resurgen las tensiones hasta un punto sin vuelta atrás, Europa volverá a sus vicios de siempre: rearmarse para hacer frente a conflictos sempiternos y siempre resueltos a la tremenda. Aquel objetivo último del, en origen, felicísimo invento que fue el Mercado Común de terminar con las soluciones sangrientas para los contenciosos históricos carecerá de medios para imponer las salidas pacíficas.  Puede ser –ojalá se trate  sólo de una maldita posibilidad- un vuelta a empezar con lo de siempre.

ATENCIÓN: EL PRÓXIMO DOMINGO DECIDIDIMOS UN “SPAINXIT”

Quiero también llamar la atención sobre lo que la decisión adoptada por una mayoría, sea lo escasa que sea, de la sociedad británica puede significar en la que el pueblo español tome en las urnas el domingo.

En el concepto “pueblo español” incluyo a catalanes, vascos y gallegos, por muchos estímulos a la ruptura nacional que Pablo Iglesias vaya sembrando, a la chita callando y ocultando la mano que impulsa la pedrada, con sus prédicas del ´derecho a decidir´ y el apoyo a los partidos disolventes (de la más cavernícola y corrupta derecha hasta un comunismo sempiterno enemigo de cualquier ideal de libertad, porque los extremos se tocan y por sistema conducen a las catástrofes).

Su enloquecida deriva chavista-leninista  es tal que busca reducir España a la nada  mediante un baño integral  de ácido revolucionario disfrazado de progresismo. Voten hoy por este pájaro disolvente y despídanse del Estado del Bienestar hasta las calendas griegas, porque en dos años, como mucho, España suspenderá pagos en los gastos sociales.  Acuérdense de este augurio, que quizá sea optimista.

Sepan ustedes que estarán  apoyando el renacimiento de un fascismo liberticida, o de aquel igualitarismo de los más burros: “no queremos ricos, pobreza pa tós”. En lugar de admitir que un hombre tiene derecho a enriquecerse a través de sus ideas y esfuerzo, y que de su progreso llegará trabajo para muchos.

Piénsenlo.

Apenas queda un suspiro para sacar las conclusiones correctas del “Brexit” y recuperar la sensatez, rechazando los cantos de una sirena coletuda, venenosa, fingidora  y de colmillo retorcido, aunque sin duda tenga su encanto, petrificado y siniestro como el de la Gorgona. Hacerlo no nos devolverá la situación anterior (será imposible, como también para los británicos; pero ellos han elegido entre mantener sus señas  históricas de identidad y una alternativa colectiva pero despreciadora de sus valores, que no les gustó) Pero  nos posibilitará, al menos,  el salvar unos cuantos muebles.  Sin los cuales no tendremos ni siquiera casa.

No es catastrofismo. Piénsenlo, y algunos de ustedes –por supuesto, para mí los más lúcidos- concluirán que en cosa de nada llegaremos a esa situación, si caemos en el error de poner la llave en manos de un peligrosísimo retrógrado que nos conducirá a un abismo sin marcha atrás.

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