Los lectores habrán observado que ya nadie habla del Plan Hidrológico Nacional. ¿Por qué? Ningún Gobierno se atreve a nombrar esta bicha porque el agua se ha convertido en bandera (ya se sabe: con las banderas no se puede discutir). La cosa tiene rasgos atávicos, suscita escondidos sentimientos inciviles y, en fin, acoge levas dispuestas a la lucha. Por eso ningún Gobierno se ha atrevido a ponerlo en marcha, a pesar de que en la Comunidad Valenciana y en Murcia hay muchos más votos que en Aragón.

Pero dejemos eso y hablemos de otros ríos caudalosos que confluyen en el nuevo Amazonas que todo lo arrambla. Me refiero, por ejemplo, a los millonarios que escribieron una carta al Presidente de los EE.UU. para decirle que no se le ocurra suprimir el impuesto de sucesiones. Defensores ellos de la meritocracia, no quieren que la propiedad empresarial se herede. No seré yo, que poco tengo que heredar y menos que dejar en mi testamento, quien les contradiga. Pero lo del meritoriaje, la verdad, es una patraña y puede demostrarse. Como dicen los ínclitos economistas, “hay evidencia empírica”. No dudo de que un grupo de currinchis sea capaz de imaginar y de poner en pie un buen proyecto empresarial, pero tampoco me caben dudas razonables al respecto: si en verdad el proyecto puede dar buen dinero, acabará en las manos de alguna multinacional.

Los afluentes a los que me refiero y que engordan el río de los poderosos son básicamente dos: el del Dr. Pangloss, que no se cansa de repetir el soniquete de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” y aquel otro, constituido por un coro agotador que no para de entonar la zarzuela y a voz en grito canta el estribillo según el cual “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”.

El sonido del río panglossiano es armonioso y tenue, machacón e incansable. Arrollador como la lava de un volcán, imparable, inasequible a la razón y a la palabra. Una pesadilla tenaz que nos atropella y destruye. Un suave y persistente insulto a la inteligencia. Mas en el otro lado, el río zarzuelero, como su nombre indica, es confuso y retórico. Se le va la pólvora en salvas, resulta escurridizo y medroso. No planta cara, no levanta cabeza y en lugar de pegarse al terreno, alza el vuelo retórico para construir un discurso “modernizante” con largas referencias a Internet, la globalización… el “paritario” femenino, la verdura verde del ecologismo y una defensa, casi siempre retórica, del estado del bienestar que, en el caso concreto de España, acaba de nacer y ya tiene a Herodes llamando a la puerta.

“No estamos en un cambio de era, sino en la era del cambio”, nos dicen, asombrados ante la perfección de las nuevas y novísimas tecnologías. Y en esa “era del cambio”, ¿cuándo nos va a llegar a nosotros el progreso? Eso se preguntan continentes enteros y millones de marginalizados en el primer mundo. ¿Cuándo se va a pasar de la retórica del cambio a los cambios reales en la tan nombrada regulación internacional? O, más domésticamente, ¿para cuándo una nueva ley de sociedades anónimas que impida el hecho comprobado de que unas docenas de personas dominen la mayor parte de las finanzas, de la producción, de la bolsa, de todo?

¿Podemos afrontar este nuevo siglo con un tercio de la población mundial en riesgo de exclusión y creciendo? ¿Qué nuevos anclajes sociales somos capaces de imaginar y poner en práctica, democráticamente, desde el cada vez más malparado Estado?

Tomemos un caso aberrante para intentar mostrar hasta qué punto los mecanismos impuestos por la furia desregularizadora son suicidas, me refiero a las jubilaciones anticipadas. El procedimiento es bien conocido. Se trata de despedir de una empresa cualquiera a quienes sobrepasen cierta edad. Una parte de la indemnización corre a cargo de la propia empresa y otra cae sobre las espaldas de todos a través de la Seguridad Social. Los despedidos, con contratos añejos, cuyos contenidos aún conservan restos del naufragio del derecho laboral, son sustituidos por jóvenes firmantes de contratos efímeros. Desde el punto de vista empresarial, resulta ser un buen negocio, pues rebaja costes laborales, “adelgaza” la plantilla y la adscribe a la gleba de la inestabilidad. Pero desde el punto de vista colectivo es un desastre, un despilfarro de recursos y experiencias que una sociedad no se debiera permitir. Con una población cuya pirámide de edades aparece crecientemente invertida -y tal es el caso de España- estas prácticas son suicidas. Inasumibles desde el punto de vista de la Seguridad Social, pagana de estas medidas despilfarradoras, y también desde la óptica de la producción económica real. ¿Qué pinta de “paseante en cortes” un señor formado y entrenado, con buena salud física y mental, jubilado anticipadamente, en lugar de estar produciendo bienes y servicios? Hoy, defender estas obviedades es exponerse al mote de “antiguo”. Como es “antiguo” todo aquel que se niegue a engrosar los ríos que engordan el Amazonas.