Cada cierto tiempo emerge una tecnología que viene a cambiar el mundo. O, al menos, modificarlo. Puede ser en forma de conectividad, gadget, dispositivo… Todo vale para, en último lugar, aumentar la facturación. Un ejemplo han sido los relojes inteligentes, de los cuales se sabe bien poco a nivel comercial.

Los smartwatches han tenido un recorrido de ida y vuelta, pasando de ser un dispositivo accesorio de los smartphones, a tener por sí mismos un valor, a no saber qué valor tienen. Al contrario que sus hermanos pequeños, las smartbands o pulseras para hacer deporte, los relojes inteligentes no acaban de despegar comercialmente y nadie quiere pronunciarse al respecto.

SABEMOS ha consultado con tres fabricantes tecnológicos (LG, Samsung y Sony), dos operadores (Orange y Vodafone) y un distribuidor (PC Componentes). La respuesta ha sido en todos los casos similar: “no, no damos datos”. Es decir, no es que no se sepan cuántos se venden, es que directamente no se quieren hacer públicos los datos.

Ante esa escueta demostración de que algo no anda bien, se repregunta sobre la sintonía, al menos, que están teniendo los usuarios con este producto. En este punto prefieren no mojarse a nivel empresarial, y simplemente lanzan mensajes al aire que parecen suspiros.

Los más realistas afirman que prácticamente nadie ve lo relojes inteligentes como productos que tengan sentido separados del smartphone. Es decir, el mercado los interpreta como complementos del móvil. Para alertas, alarmas o avisos. Pero que las gestiones siempre se terminan realizando con el terminal.

Algunos matizan que se trata de un producto que está ahora entrando en el mercado, y que todavía tiene recorrido. Aunque la mayoría de los consultados coinciden que falta por ver cuál será el uso que tendrán, definitivamente, los relojes inteligentes.

No es solo problema de España

En general los smartwatches no están sabiendo interpretar el mercado. Mejor dicho, los fabricantes no acaban de sacar partido. De hecho, algunos como HTC siguen aplazando su entrada en este segmento. Bien es cierto que los taiwaneses no andan bien en general, pero las dudas son un efecto evidente.

En este contexto, los usuarios tienen claros los problemas de los relojes inteligentes. La autonomía emerge a la cabeza. Que consagre la misma esclavitud que un smartphone a la hora de cargarlo, hace que pierda interés. Otro aspecto tiene que ver con su funcionalidad. En concreto, su falta de autonomía para llevar a cabo operaciones más o menos simples, como mandar un correo, pero que desde un dispositivo tan pequeño se hace complejo.

Todo esto se suma al precio de los smartwatches, quizá algo fuera de la lógica de mercado. En estos momentos hay terminales móviles de gama media que están casi por debajo de los 200 euros. ¿Cómo pueden costar lo mismo si las funcionalidades son las mismas, pero no se pueden usar de igual manera? Ese puede ser el punto donde los relojes inteligentes pierden sentido.

En cuanto a su volumen de ventas, un misterio. Se sabe, o al menos así lo atestiguan desde IDC, que Apple tiene una cuota de mercado del 63%, y que el resto son migajas para los demás.

Por lo demás, hay cálculos que proyectan más de 50 millones de unidades vendidas al acabar este año, según Gartner. Pero ningún fabricante se atreve a publicar los suyos de forma concreta. Es más, de las compañías consultadas, casi ni quieren hablar del tema. En público advierten sobre las maravillas de los relojes inteligentes, pero después siembran las dudas ante un producto que no parece haber tenido la acogida esperada por parte del gran público.