Por Ignacio Martín Granados (@imgranados)

El próximo lunes se celebra el primer y único debate entre los candidatos de los cuatro partidos mayoritarios para las elecciones españolas del 26 de junio. Aunque tiene lugar al principio de la campaña electoral y este hecho hace que sea menos decisivo que si tuviera lugar a pocos días de las elecciones, que participe Mariano Rajoy -quien había rehusado esa posibilidad en las elecciones del 20D-, hace que sea un debate histórico puesto que será la primera vez que debatan cuatro candidatos y la constatación de que hemos pasado de un sistema bipartidista a otro en el que se necesita el concurso varios partidos para gobernar.

En cada campaña electoral surge la misma pregunta, ¿sirven para algo los debates? ¿son importantes? ¿cambian la intención de voto?… En mi opinión, sí que son importantes y, a continuación, expongo algunas razones de su utilidad.

En primer lugar, los debates son la única ocasión de la campaña electoral en que los candidatos estarán cara a cara, sin intermediarios, en el mismo escenario, en el mismo momento y debatiendo de los mismos temas. Son una especie de “campaña electoral exprés” ya que busca sus mismos objetivos (reforzar a nuestro votante decidido, atraer al indeciso y desmovilizar al del adversario) y podemos comparar las diferentes ofertas electorales. Por un lado, aportan información al ciudadano sobre el partido (pudiendo defender el programa electoral propio y rebatir los contrarios) y, por otro lado, nos permiten conocer mejor al candidato (verlo en acción, analizar su capacidad comunicativa y de improvisación, su fluidez discursiva, el manejo de los tiempos, su control del nerviosismo, la interacción con los adversarios políticos, el uso del lenguaje no verbal y manejo de la propia imagen, etcétera). Incluso en alguna ocasión también se utiliza el símil de los debates como una especie de entrevista de trabajo que deben superar los candidatos frente a la sociedad a través de los medios de comunicación para alcanzar el puesto más importante del país.

En este sentido, los debates cumplen también una función pedagógica gracias a que la audiencia, los electores, pueden conocer de primera mano las propuestas y las opiniones de los candidatos sobre los temas públicos más relevantes.

Por otra parte, forman parte de la liturgia electoral, como el día de las votaciones, y ayudan a legitimar el sistema democrático. Además, debido al interés que despiertan, movilizan al electorado y contribuyen a aumentar la participación electoral. Por estos motivos, sería interesante que se regularan de alguna forma y su celebración no dependiera del capricho interesado de los candidatos. Los debates son un derecho ciudadano, no una dádiva de los partidos.

Los debates, en cuanto están pensados para ser retransmitidos por televisión, son un puro espectáculo televisivo y sólo tenemos que comprobar los datos de audiencia de los anteriores para acreditar que fueron los espacios más vistos cuando se celebraron. Por tanto, concitan gran interés y atención del electorado. De otra parte, como espectacularización de la política, los candidatos deben comprender las dinámicas de la televisión y adecuarse a los criterios de un buen programa televisivo en el que, a lo largo de dos horas, es muy difícil captar continuamente la atención, por lo que lo interesante suele primar sobre lo importante y los espectadores prefieren escuchar un relato en vivo y en directo.

Asimismo, los debates son una puesta en escena, una actuación de los candidatos, que representan un papel y éste debe seducir al votante. No hay que olvidar que los debates se celebran en un plató de televisión, pero se dirigen a los espectadores en el salón de sus casas. El votante/televidente buscan sentirse identificado con su candidato y optará por aquel en el que se vea reflejado mejor.

A la hora de decidir quién “ha ganado” el debate, máxime cuando participan cuatro protagonistas y se abordan diferentes asuntos, el espectador se decantará por aquel que le haya dado una mejor impresión. Es muy complicado entrar a valorar, de forma personalizada, las intervenciones una por una, tema por tema, por lo que se dejará guiar por su sensación global y no hay que olvidar que en comunicación política “percepción es realidad” (quien se muestra y comporta como ganador, lo será a los ojos de los espectadores).

También se debe tener en cuenta la importancia del pre y post debate. No sólo hay que saber gestionar las expectativas previas al mismo y su desarrollo a través de la cuarta pantalla sino, una vez terminado, seguir movilizando a la opinión pública, especialmente a aquellos que no han podido verlo y se informarán a través de los medios de comunicación (y las redes sociales). De ahí que los partidos preparen recibimientos triunfales a sus líderes en la sede de los partidos y enseguida hagan valoraciones positivas para facilitar el análisis de los mismos e influir tanto en los medios como en los electores.

Por tanto, acabamos de constatar varias razones de la utilidad de los debates electorales, que quedan reforzadas por los datos dados a conocer por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en un estudio reciente: el 36% de los votantes de las pasadas elecciones decidió su voto en la campaña electoral, es decir, 4 de cada 10 electores se dejaron influir por la campaña electoral y sus diferentes actos entre los que tuvieron un papel protagonista fundamental los debates electorales. Y en el clima actual de volatilidad, indecisión y competitividad del voto, el debate electoral se antoja decisivo para convencer a los indecisos.

Por último, sin ánimo de ser exhaustivo, y como el lector seguro que se lo está preguntando, doy algunas claves para ganar un debate:

  • Preparárselos, ensayar y entrenar.
  • Conocer los preparativos y reglas del debate.
  • No desviarse de tus argumentos.
  • Mostrarse desenvuelto y tener una actitud positiva.
  • No mentir, ni enfadarse ni burlarse del adversario.
  • Encajar bien las críticas.
  • Introducir nuestro mensaje en cada intervención.
  • Ofrecer propuestas con contenido.
  • Utilizar un lenguaje claro, sencillo y directo (no apabullar con datos ni tecnicismos, ofrecer ejemplos, anécdotas y referencias personales).
  • Hablar de personas en lugar de políticas (mostrarse emocional).
  • No cometer fallos (los debates suelen pasar a la historia gracias a un error o un comentario ingenioso).
  • Cuidar nuestra imagen personal y la comunicación no verbal.
  • Hablar con seguridad y mostrarse convincente para reforzar nuestra credibilidad y la confianza de los espectadores.
  • Ser uno mismo y aplicar el sentido común.
  • Seguir entrenando.

En conclusión, los debates son importantes, son fundamentales y aunque ganarlos no es sinónimo de vencer en las elecciones, si se pierden, es muy difícil que se obtenga un buen resultado electoral.

Ignacio Martín Granados

Politólogo, miembro del Consejo Directivo de la Asociación de Comunicación Política (ACOP)