Donald Trump está siendo sometido a gran escrutinio por sus declaraciones racistas contra el juez estadounidense de origen mexicano Gonzalo Curiel, a quien básicamente ha acusado de prevaricar debido a que su “herencia mexicana” le predispone en su contra. ¿Por qué? Supuestamente, por las intenciones del magnate de erigir un enorme muro entre EEUU y México en caso de ganar las elecciones,

Que el comentario es racista es una obviedad que hasta sus compañeros de partido han tenido que reseñar. Que es oportunista, está aún más claro. Si a Trump no pueden juzgarle ninguno de los miembros de colectivos a los que ha insultado en algún momento, teniendo en cuenta su historial es muy probable que ningún juez fuese lo bastante varón, heterosexual, rico y caucásico como para sobrevivir al escrutinio.

Pero con la maniobra del racismo Trump ha cometido un error, y es que ha devuelto la atención a los juicios que más afectan su credibilidad como posible presidente del Gobierno de EEUU, los que están relacionados con la Trump University.

Un resumen rápido: Trump University fue un proyecto que vivió entre 2005 y 2010, sin una licencia oficial como para ser llamado en justicia ‘Universidad’ –en realidad tuvo que eliminar esa palabra a instancias de un juez–. En la ‘Universidad Trump’ se ‘enseñaban’ todos los trucos para el ‘éxito’ en los negocios. El propio Trump, en un anuncio que hoy debe lamentar haber rodado, afirmaba cosas como que el personal docente –notablemente infracualificado– había sido elegido directamente por él. Algo que se ha probado que nunca hizo.

El caso de la Trump University es tan importante porque ataca los cimientos mismos de la credibilidad de Trump y confirma algo difícil de negar a estas alturas. Es práctica del empresario decir cualquier cosa que sea necesaria para cumplir sus objetivos, sea o no cierta. Y su público objetivo son votantes blancos de clase media-baja sin mucha educación, que están encantados de comprarle cualquier barbaridad populista basada en su supuesto éxito empresarial  –se han hecho estudios, por cierto, que demuestran que si se hubiese limitado a reinvertir su herencia de forma conservadora en bolsa sería tan rico como es hoy.

De hecho, el juicio podría obligar a Trump a hacer público en un banquillo cuál es el valor neto de sus bienes, una cifra muy discutida y no corroborable.

En el marco del procedimiento se han abierto al público los documentos de venta que utilizaban los comerciales en 2010, en el que alentaba sus cursos a familias de pocos recursos . “No vendes productos, beneficios o servicios, vendes sentimientos”. Algo que puede aplicarse también a la campaña electoral.

Uno de los argumentos de la campaña de Trump, recogidos aquí, tiene que ver con que los cursos tenían un 98% de aprobación. El cómico británico John Oliver bromeaba en Last Week Tonight al respecto: “Las únicas cosas que tienen ese tipo de aprobación son los dictadores, las películas de Pixar y el helado de corte de fresa, vainilla y chocolate”. Oliver, como otros periodistas americanos, atribuyen esos índices de aprobación al hecho de que los test no eran anónimos y quienes los hacían estaban esperando beneficios futuros por parte de la problemática institución.