Siempre me ha llamado poderosamente la atención la profesión (que no sé si se puede denominar así, ya que quizá sea más propio hablar de actividad-aunque si se aplica a la empresa, les aseguro que sí es una profesión) de paracaidista.

Ya sabe querido lector, el paracaidismo es una actividad deportiva -o profesional- en la que la máquina que el paracaidista usa es su propio cuerpo, los brazos son sus alas y el peso de su cuerpo es el único motor. Se puede descender a más de 200 kms/hrs. y aseguran -quienes lo practican- que es posible estar flotando sin hacer ningún esfuerzo con nuestro cuerpo, y que, con un poco de técnica y entrenamiento, se pueden hacer cuantas piruetas y acrobatismos se nos ocurran en el aire y en plena caída libre; eso sí, solo si tenemos suficiente valor.

También en las guerras los paracaidistas juegan un papel crítico en la ocupación inicial. Es una estrategia de sorpresa muy útil ante el enemigo. El sólo hecho de utilizar paracaidistas puede facilitar que un territorio ocupado por el enemigo pueda pasar a nuestras manos.

Hasta aquí todo está bien, y es natural. Lo peor es cuando lo trasladamos al mundo de la empresa. Hay muchos directivos que ejercen de paracaidistas, en muchas ocasiones, y eso… ya no está tan bien, no es tan profesional, porque además, quienes lo practican en las organizaciones suelen hacerlo sin disponer siquiera de lo más importante: el paracaídas. Me refiero a esos jefes que sin haber trabajado en algo o sin conocer el proyecto o iniciativa en la que, a lo peor sus equipos pueden haber estado trabajando intensamente durante días, semanas, o incluso meses, y por el sólo hecho de estar envestidos por la “potesta” del cargo, se encuentran en disposición y asumen el derecho de intervenir ante terceros sin la preparación conveniente y sin la “autoritas” de la preparación y el  conocimiento.

Imagino que todos nos hemos encontrado alguna vez en esta situación en medio de alguna  reunión explicando una idea, defendiendo una iniciativa o presentando un proyecto, ante algún cliente, proveedor o institución con la que queramos colaborar-o lo estemos haciendo- y, de pronto, llega nuestro jefe, que sin ninguna preparación previa y en muchos casos si paracaídas a la espalda, se incorpora a la reunión con una actitud de encomiable valentía y dispuesto a saltar en el momento más inoportuno y cuando el viento es más desfavorable.

Además, cuando va a saltar del avión; es decir, cuando va intervenir, ni siquiera nos avisa y sorprendidos observamos el salto al vacío de nuestro querido jefe, comprobando como va haciendo piruetas verbales a medida que va cayendo, prosigue hablando a la par que nos desacredita y, -si nos atrevemos,- le hacemos alguna seña, mueca o gesto para avisarle de que es hora ya de tirar de la argolla para que se abra el paracaídas; pero –en la mayoría de las ocasiones- él suele no tener en cuenta la señal porque se la hace un subordinado,(fíjese que mal suena lo de subordinado; es algo así como “subpersona” o algo peor) que para muchos de estos imprudentes jefes, a tenor de cómo tratan a sus colaboradores, les debe parece ser sinónimo de subnormal.

En esta situaciones, atónitos o cuando menos avergonzados comprobamos el desastre y vemos el malogrado cuerpo de nuestro avispado jefe estrellado contra el suelo y con él nuestros mejores intenciones. Cuando esto ocurre sin salir de nuestros asombro e inmersos en ese sentimiento de vergüenza ajena, pensamos que después de tanto esfuerzo y dedicación del equipo, pero gracias a nuestro querido jefe, en un increíblemente corto espacio de tiempo hemos sido capaces de autoinmolarnos y destruir –sin ninguna ayuda más que la de nuestro querido superior- nuestro estructurado discurso argumental dejando sin valor ninguna de las ventajas o beneficios que esgrimimos en nuestra propuestas o tesis; pero, sin duda, los que más se sorprenden son las personas que están en la reunión o negociando con nosotros. Les ofrecemos en bandeja de plata las mejores razones para que duden de nosotros, de nuestra propuesta y de nuestra organización.

Al igual que para la práctica del paracaidismo deportivo no son necesarias grandes dotes, ni hace falta grandes requisitos: basta tener unas condiciones físicas normales; para ser un paracaidista del management ocurre lo mismo: basta con ser más jefe que los demás y mal creerse superior a los colaboradores o, como ya hemos señalado, subordinados.

Si es usted directivo mi consejo es que se fije cuando interviene ante terceros en una reunión que hace su equipo, y al menos vaya con la misma preparación que ellos. Pero si usted colaborador y tiene un jefe paracaidista le recomiendo que cuéntele el chiste del lepero; ese que dicen que un señor se tira del avión sin paracaídas y cuando van retirar su cuerpo estrellado contra el suelo se encuentran con que el paracaidista tiene una de sus manos muy cerrada, la que por fin consiguen abrir y en su interior alberga con fuerzas un pequeño bote de cristal en el que puede leerse” para caídas y torceduras”. Si no coge la gracia del chiste, prepárese para seguir aguantando los saltos arriesgados de su jefe con el único remedio de un linimento ineficaz.

José Manuel Casado González

Presidente de 2.C CONSULTING