“A solas, soy alguien. En la calle, nadie”. Gabriel Celaya no pensaría lo mismo si hoy saliera a dar un paseo por esas calles. Lejos de ser invisible, el viandante hoy se ha convertido en una diana con piernas, en una presa a atrapar. Se asemeja más al grito descriptivo de Emilia Pardo Bazán: “¡La calle! ¡Espectáculo siempre variado y nuevo, siempre concurrido, siempre abierto y franco!”.

De un tiempo a esta parte viene proliferando en las calles de Madrid, aunque por lo que me cuentan sucede también en otras ciudades aunque en menor medida, la presencia de personas ataviadas con chalecos, gorras, carpetas o huchas que abordan a los viandantes para convencerles de que se hagan socio de una ONG, haga un donativo.

Es verdad que casi todos saludan con respeto, se acercancon una gran sonrisa pidiendo un minuto de atención y sin desfallecer en el intento, aún a sabiendas que la negativa o la disculpa apurada de quien camina por la calle ya la llevan. Y a pesar de que sus peores presagios se confirman cuando el peatón mueve la cabeza en señal de negación y trata de esquivar el contacto, la mayoría se despide con un saludo y sin perder la sonrisa. Pero hay algunos, y no son pocos,  que te acompañan durante varios metros, pegándose a sus presas con modales poco acertados, sin importarle lo que puedan molestar y el daño que con su actitud puedan hacer a la empresa que dicen representar, que casi siempre es una ONG a la que deberían respetar un poco más. Quizá esas organizaciones les deberían explicar que su labor es demasiado seria e importante , y que aunque estén a pie de calle para intentar conseguir adeptos a la causa, no son charlatanes de feria que quieren vender su producto a toda costa y sin importarles los medios.

Esta semana, el líder del partido socialista, Pedro Sánchez sufrió una escena parecida. A la salida de un acto público, una mujer se le acercó con una hucha de Cáritas y, lejos de pedirle, le exigió que contribuyera con la causa. La voluntaria de la hucha aprovechó la presencia de las cámaras y los micrófonos de los medios de comunicación para abordarle con la desafortunada frase: “una moneda, un voto”.  Y no contenta con ello , y a pesar de que Sánchez le explicó que no tenía dinero en ese momento- aunque luego explicó que le pidió a alguien de su equipo que contribuyera- , la mujer le persiguió con parecidas lindezas: “No das a Cáritas y quieres que te votemos. Qué vergüenza, no le vamos a votar nadie” . Menos mal que todos sabemos la encomiable labor que está realizando Cáritas desde hace muchos años y podemos interpretar la inoportunidad de esa voluntaria callejera como algo ajeno a la labor social de Cáritas, al menos quiero pensarlo así. Pero espero que alguien de la organización social de la Iglesia católica española le haya explicado a esta voluntaria que las ayudas llegan más y mejor si se piden con educación y no si se escupe la petición de manera oportunista y fuera de lugar.

La calle se está convirtiendo en una carrera de obstáculos. Yo misma he presenciado dos incidentes vergonzosos. Una joven que aseguraba representar al Círculo de Lectores le espetaba a una mujer que declinó cortésmente su oferta de comprar libros mientras caminaba apremiada por la calle, que no tenía mucha pinta de leer libros. La conversación exacta fue esta:

-¿Usted lee? –pregunta a la carrera la vendedora-.

-Sí, pero ahora mismo no tengo tiempo. –responde educadamente la mujer-.

-Si, claro… ya sabía yo que no leía.

-Más que tú, seguramente. –le dijo extrañada de que alguien con semejantes modales vendiera libros-.

-Sí, tienes tú una pinta de leer…

Mejor no le cuento la pinta de la supuesta vendedora. Como autora, rezo al cielo para que esta chica jamás le ofrezca uno de mis libros a ningún viandante porque me odiará de por vida, y con toda la razón del mundo. Para eso mejor que acudan al grito de toda la vida: “Lo traigo fresco y me lo quitan de las manos”. Total, tampoco parece que valoren mucho el género que venden.

El otro incidente lo vi en pleno centro de la capital, cuando alguien con el peto de la Fundación Josep Carreras contra la leucemiase acercó a una mujer para que se hiciera socia y ante la negativa amable de la mujer, el joven le dijo elevando la voz , eso sí,  sin perder la sonrisa: “Como se nota que no sabes lo que es el cáncer. Cuando lo tengas ya te acordarás de las prisas que tenías hoy”. A los pocos metros, esta mujer tuvo que sentarse en un banco de la calle, presa de un ataque de ansiedad y envuelta en lágrimas, mientras intentaba explicar a las personas que nos acercamos a preocuparnos por ella, que acababa de perder a su marido de un cáncer, que su padre murió de leucemia y que ella había superado dos.

No todo vale. Y no todos valen para dar a conocer grandes fundaciones y organizaciones que realizan una labor digna de ser alabada y a las que nadie pone en duda.

El profesor argentino Antonio Berni decía que “el artista, el escritor, tienen que estar en la calle y meter la calle en los libros y en los cuadros”. En realidad , todos debemos estar en la calle para saber de lo que hablamos, lo que vendemos y a quien le hemos encomendado la hazaña de hacerlo. Puede que todo el problema es que a estos asaltadores callejeros no se lo hayan explicado bien, no tengan ni vida ni experiencia, y mucho menos, sepan de lo que hablan y lo que venden.

Nunca es tarde para explicar bien las cosas, igual que nunca es tarde para comprar y leer un libro, además de para venderlo. En Madrid, desde el viernes hasta el próximo 12 de junio, tenemos la ocasión perfecta en la Feria del Libro. Por algo se empieza.