El alcohol está muy instaurado en nuestra civilización y en nuestra cultura, pero eso no quita que sea tóxico. El alcohol como tal es una sustancia cancerígena y neurotóxica cuyo consumo elevado a corto plazo puede producir una intoxicación etílica, que puede llevar a un coma y a la muerte. El consumo continuado a largo plazo puede desencadenar adicción y daño neuronal, entre otros problemas.

Sin embargo, llevamos más de un siglo escuchando que el consumo limitado puede tener efectos beneficiosos para la salud. El ejemplo típico es la competencia entre la industria del vino y la cerveza. Cada vez que sale algún estudio hablando de las propiedades beneficiosas de una de estas bebidas, al poco tiempo la otra industria replica con otro estudio de su bebida.

Uno de los estudios más famosos fue la llamada “paradoja francesa”. Así se llamó a la observación de que en Francia, a pesar de tener una dieta rica en grasas saturadas por el alto consumo de queso y mantequilla, tienen un índice de infartos relativamente bajo, lo que se atribuyó al consumo de vino tinto que tendría un papel protector. Esta afirmación apareció en una revista de la organización internacional de productores de vino.

En 1991 un estudio de Serge Renaud, de la Universidad de Burdeos parecía aportar la base científica de esta afirmación. Mala señal si primero se realiza la afirmación y luego sale el estudio. La ciencia funciona al revés, primero demuestra y luego lo dice. La difusión de estos resultados en un documental de la CBS disparó las ventas de vino francés en Estados Unidos. El problema es que este estudio es más sospechoso que un político con un sobre.

Para empezar, la relación entre bajo índice de infarto y vino está sacada de la manga. Siguiendo el mismo criterio, el bajo índice de infartos a pesar de la dieta rica en grasas podría atribuirse a otras costumbres típicamente francesas como comer caracoles, pan de barra o volcar camiones de fruta españoles en Perpiñán. Pero, es que ni siquiera la observación inicial es correcta. El estudio no es más que una ilusión estadística. Para empezar la definición de infarto en Estados Unidos y en Francia es diferente, lo que puede incidir en que aparentemente haya menos infartos en Francia, pero que sean debidos a que son computados como otra enfermedad. Pero hay más sesgos. En el 2003 Paul Rozin, de la Universidad de Pennsylvania, comparó la ingesta media en restaurantes en Philadelphia y en París, llegando a la conclusión de que por término medio en Estados Unidos las raciones son entre un 25 y un 50% mayores. Por lo que no se come tan mal en Francia y el aporte calórico es bastante menor que en Estados Unidos. Para añadir más lío, la esperanza de vida en ambos países es similar y el nivel de obesidad en Francia se ha incrementado en los últimos años. Así que la paradoja francesa no es ninguna paradoja y la relación entre más vino y menos infartos, ilusoria.

Algo similar pasó en 1960 en Grand Rapids, Michigan, cuando empezaron a sistematizarse los estudios sobre consumo de alcohol y conducción para ajustar los límites permitidos. Como era de esperar las personas que presentaban niveles altos de alcohol tenían más accidentes. La paradoja con la que se encontraron fue que personas que presentaban niveles bajos de alcohol (las típicas dos copitas) tenían menos accidentes que los que no bebían en absoluto. Esto se interpretó como que cuando una persona bebía poco, por el hecho de saber que había bebido prestaba más atención en la carretera y por eso tenía menos accidentes. Pero las estadísticas las carga el diablo para engañar a los que las interpretan.

Esta conclusión es absolutamente equivocada porque no tiene en cuenta un factor. En Estados Unidos se conduce desde los 16 y se bebe desde los 21. Dentro del grupo de los que no beben se incluyen a conductores propensos a sufrir accidentes como los conductores muy jóvenes, o los conductores de más de 70 años, muchos de los cuales tampoco beben por causas médicas. Cuando se tenía en cuenta este factor y se comparaban los mismos grupos de edad, la diferencia desaparecía y quedaba claro que los conductores que no bebían nada tenían menos accidentes que los que se tomaban dos copitas. Algo parecido pasó hace unos años con el tabaco, cuando un estudio indicó que los fumadores tenían mayor tasa de recuperación después de sufrir un infarto. El problema era que los fumadores sufrían infartos más jóvenes que los no fumadores. Si se comparaba en grupos de edad, los fumadores sufrían más infartos fatales que los no fumadores.

Por lo tanto, por mucho que se esfuercen, los presuntos beneficios del vino y la cerveza quedan enmascarados por el hecho de que ambas bebidas llevan alcohol. Y el alcohol es tóxico. No le des más vueltas y menos, al volante.