Es conveniente que empecemos a hacernos en serio una pregunta cuya respuesta resulta decisiva para el futuro, a corto, medio y largo plazo, de todos los españoles –de quienes quieran seguir siéndolo, y de los que pretenden trocear el territorio actual del Estado, convirtiéndolo en una colección de insignificantes reinos de taifas con nacionalidad y pasaporte propios- : ¿quién está en contra de una coalición grande, representativa y plural entre PP-PSOE y quizá Ciudadanos después del 26-J, destinada a terminar con la actual incertidumbre?

La respuesta es más sencillas de lo que parece, a pesar del embarullado alboroto de patio de vecindad en que nos está metiendo la precampaña electoral. Otra cosa es que nuestras conclusiones parezcan a unos razonables y a otros impertinentes. Pero afirmamos, en todo caso, que son realistas y producto de una cuidada reflexión.

En contra de la llamada Gran Coalición están:

a) Aquellos que pretenden hacer de los comicios una apuesta personal para intentar acceder a metas que sobrepasan con mucho sus merecimientos y aptitudes, así como exagerar la confianza real que los electores les conceden. No quieren entender esas máximas populares tan difíciles de refutar: no hay más cera que la que arde; y si el sabio no aplaude, malo, pero si lo hace el necio, peor.

b) Quienes viven de agitar y potenciar el fantasma del separatismo. Por razones múltiples y diversas. Unas, basadasen sentimientos, y otras en egoísmos feroces. Sumadas, les llevan a preferir ser vistos como cabezas de ratón y no cual zarpas de león. Queda, asimismo, otra circunstancia que en ocasiones va junto con las ya apuntadas: pánico a que una Justicia independiente caiga sobre ellos antes de que se produzca la pretendida secesión y les haga pagar por la inacabable ristra de corrupciones que jalonan sus historiales, sobre todo durante las últimas décadas. Por ejemplo.

De llegar un día el macro proceso que exigiría llevar ante los tribunales las granujadas sin cuento del nacionalismo a costa de los contribuyentes, sería el final de la leyenda que ellos mismos construyeron aseverando que su sentido de la decencia está muchos codos por encima del “resto de España”. Saben agitar muy bien los mitos, hacerse un Forcadell o un Mas–entendámonos: acusaciones a Madrid, y huida adelante-, y continuar empujando la “desconexión”  con el objetivo de, en el caso de alcanzarla, esquivar sentencias hasta carcelarias en la cascada de casos pendientes, que una Justicia controlada por su red clientelar nunca pronunciaría.

Esa Justicia, hoy regional o local, reconvertida en estatal, funcionaría al estilo que el chavismo puro y duro impone en Venezuela: del corrupto haría un héroe, mediante el archivo de multimillonarias coimas que intentan hacer pasar por actos de resistencia y sabotaje al centralismo, cuando sólo es robo descarado. Para esa casta ya secular, constituida en omnipresente oligarquía, una Gran Coalición podría ser mortal. Y sus miembros lo saben.

c) Los nostálgicos que en el PSOE reivindican la trayectoria de izquierda de tan histórico partido y piensan que coaligarse con una derecha, a la que sin duda ya en las negociaciones previas obligarían a centrarse, equivale a contaminación pura y dura. Son los puristas de siempre, impermeables a los repetidos rechazos que, desde toda Europa, llegan a su inmovilismo dogmático. Se resumen en esa frase de Sánchez dicha en Alemania, que es una perogrullada pero, por otro lado, contiene un innegable sustrato de razón: “Rajoy no es Merkel”.

El argumento fundamental de ese sector es que tal fórmula, inédita aquí, permitiría a la alianza Podemos Unidos convertirse en  bandera única de la oposición y de la lucha por un pretendido y acelerado progreso social; hoy imposible, sin culminar antes unas reformas que, a un precio doloroso pero ya irreversible, nos han puesto en el camino de la recuperación.

Parecen los citados nostálgicos pensar que el ciudadano medio es tan estúpido que, en el caso de que esa Gran Coalición funcionase durante una Legislatura que sería decisiva para crecer y repartir optimismo sobre el porvenir, no reconocería méritos a sus integrantes. Méritos que, una vez culminada la tarea de hacer que tanto sacrificio social fructifique definitivamente en otra etapa de  progreso, permitirían a sus miembros separarse, llevándose cada uno su cuota parte de los aciertos que hayan permitido dejar atrás el bache.

d) Pablo Iglesias y sus compañeros de viaje tiemblan ante la sola idea de la Gran Coalición, aunque en público manifiesten lo contrario. Esa alianza de una confusa extrema izquierda que abarca desde el leninismo más sectario (el que administra desde Córdoba un irredento pedante llamado Julio Anguita, en cuyas redes cayó Pablo Iglesias siendo aún un alevín) al anarquismo multifunción, el secesionismo emboscado o indeciso, los okupas, los partidarios de parir y educar a los críos en las más estrafalarias tribus… Pero que,  sobre todo, tienen sus filas trufadas denegadores del respeto a las leyes, destructores, por tanto, del concepto mismo de democracia,y manipuladores de enjuagues en los que se contradicen de un día para otro sin el menor pudor, invocando como coartada un palabro vacío: la abstrusa “transversalidad”.

Deberían más bien reflexionar sobre lo posible, y hasta probable, que sería superar la crisis, medianteun poder sólido y  un programa consensuado de regeneración y desarrollo en cuya ejecución no tiemblen los pulsos. También quedaría atrás el actual pánico al futuro,crecido en mitad de un relevo generacional tensionado por el envejecimiento de la población (lo que conlleva falta de fe en las pensiones, en el primer trabajo, en la emancipación habitacional, etc…), al que sólo puede poner remedio una política migratoria audaz pero inteligente. Si se superan esas metas perfectamente al alcance de la mano, el contubernio “podemita” retrocederá hasta la marginalidad en que sus diversas tribus se han desenvuelto siempre. Eso es lo que deberían considerar los cerebros pensantes del PSOE, si es que quedan, y no vivir pendientes del espejo retrovisor para vigilar que el coco no les pille y se los coma.

Nos parece imposible, metiendo la lucidez precisa en el análisis, que la actual unidad, prendida con hilvanes, de esa sopa de siglas  del podemismo sobreviva a una acción de Gobierno de Gran Coalición  eficaz. Que reduzca la corrupción a límites soportables, ya que su erradicación parece imposible dado cómo somos los españoles.

El PSOE podría, entonces,  recuperar –reorganizado,y rearmada asimismo la ideología que lo sustenta- una hegemonía de esa izquierda viable que precisa este siglo XXI revolucionado por una constante espiral de estirones tecnológicos.

e) También se oponen a una Gran Coalición convenientemente pactada –con concesiones en todas las partes y contrapartes- los que creen que hacer política y gobernar es pegar sus culos a la poltrona, ignorando unsúper hartazgo ciudadano ante determinados nombres. Así como los constantes y crecientes mensajes que las generaciones nuevas envían, notificándoles que ya pasó su fecha de caducidad.

Concentremos esa tribu en su nombre más representativo: Mariano Rajoy. Pretende el Presidente en funciones, con un descaro infinito insospechado años atrás, que el hecho de que el PP obtenga el apoyo de una aplastante mayoría de electores de 65 años para arriba (la edad del lógico “virgencita, que me quede como estoy” en tiempos inseguros) le da derecho natural a encabezar el futuro Gobierno. O, si no, hará de tapón que impedirá normalizar el funcionamiento del país. Es decir: plena disposición a llevarnos  a llevarnos al caos antes que dejar paso a otra persona de su propio Partido que no convoque su nivel de rechazo para presidir ese Gobierno de Gran Coalición.

Se le han hecho todos los llamamientos posibles desde las instancias más decisorias de España, Europa y América. Pero él, erre que erre. De político útil ha pasado a ser un peligroso parásito para su (nuestro) país. Esel paradigma de los problemas que España sufrirá para formar un Gobierno razonable después del 26-J.

Por lo visto hasta ahora, sería capaz de obligarnos a ir a otras elecciones antes que aceptar un relevo generacional que él podría pilotar en el ámbito de su Partido, renovando así un respeto hacia él, que hoy no pasa de ser la sombra de una ruina.

Relevo, además,  imprescindible para que la derecha deje de parecer una banda organizada y pase a ser un socio con el que se puede caminar cogidos del brazo. Los Rato, Granados, Camps, Barberá, Bárcenas, Matas, y una pléyade inacabable de nombres algunos de menor enjundia que Rajoy arrastra como un cometa hace con su cola, convierten la coartada de Sánchez para no pactar en un argumento sólido. Que volverá a utilizar si el irresponsable líder conservador  continúa anteponiendo sus miserias  personales al interés general.