(Atención, spoilers de la sexta temporada de Juego de Tronos y, específicamente, de su magnífico quinto episodio, El Portón. Está en Movistar+ Series en versión original, la única forma inteligente de ver este capítulo en concreto)

Por fin descubrimos por qué Hodor es Hodor. Por qué Wylis –Walder en los libros– repite esa palabra, que no es su nombre, durante todos los días de su vida hasta su amargo y heróico final, protegiendo a Bran y a Meera del ataque de los Caminantes Blancos –a quien mi amigo Guillermo del Palacio llama cariñosamente  “los laterales del Madrid”–.

Aunque los creadores de la serie nos escamotearon el momento en el que Bran devuelve su nombre a Theon Greyjoy, sí nos permiten descubrir otro de los grandes misterios de los libros. Fue el hijo discapacitado de Ned Stark, en una de sus conexiones con el pasado, el auténtico responsable de los problemas en el habla de Hodor, el mozo de establo reconvertido en uno de los grandes campeones de la Canción de Hielo y Fuego.

En pleno ataque zombi, la compleja conexión mental que mantiene Bran con Hodor mientras visita el pasado de Invernalia hace que el orondo mozo de establos sufra un ataque que da como resultado una afasia expresiva y un bucle temporal. En este ataque, la instrucción final de Bran, “sujeta la puerta” (“hold the door”), se repite una y otra vez en la cabeza del pobre chico y se contrae hasta convertirse en Hodor. Me pregunto cómo lo habrán apañado los dobladores al castellano. ¿”Joder, sujeta el portón”?

Es duro pensar que Bran ha sido el responsable de los problemas en el habla de Hodor, pero al mismo tiempo no dejo de pensar que, en el particular universo de ficción de George R.R. Martin, y siempre contando con que los creadores de la serie hayan sido fieles a los planes del escritor, el autor ha dotado al personaje de algo de lo que muchos han carecido.

Hodor pasa de ser un secundario original con el que se podían hacer chistes de Pokemon a transformarse en uno de los grandes héroes trágicos de la literatura universal, en ningún caso inferior como personaje al Lennie Small de Steinbeck.

hodor

Hodor deja de ser un simple gigante bonachón y se convierte en un hombre condenado a transformar su valiente y heróico destino en su nombre y en cada palabra.

Todo en él, desde que Martin nos lo presentó en el primer libro, es un sendero fijado con cariño hasta un momento concreto en el que le permiten cerrar la paradoja. Hodor trasciende con su sacrificio y se convierte en el material del que se tejen las leyendas. Y que nadie lo dude: Es un sacrificio absolutamente voluntario, una entrega total a la causa de los Stark y de la luz, un compromiso íntimo por algo más grande que él mismo. Por honor, por lealtad, por amor.

Nunca fue más cierta la frase que escribió Graham Greene en El poder y la gloria: “Siempre hay un momento en la infancia en el que la puerta se abre y deja entrar el futuro”.

Los lectores de la obra de Martin hemos visto ya el futuro de Hodor y siempre habrá una pequeña parte dentro de nosotros junto a él ayudándole a sujetar esa puerta, a contener el mal, a defender los reinos de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres.

¿Recordamos el juramento de la Guardia de la Noche?

—Escuchad mis palabras, sed testigos de mi juramento… La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte. No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Soy la espada en la oscuridad. Soy el vigilante del Muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres. Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.

HODOR, a fin de cuentas.