Cada vez que la tensión separatista parece amainar en Cataluña –aunque el núcleo duro de sus peñas organizadas pretenda que la creación y desarrollo de las instituciones que dicen precisar para llegar a la “desconexión”sigue adelante a buen ritmo-, este Gobierno en funciones mete la pata hasta el corvejón, hace un ridículo espantoso, siembra el desconcierto entre los ciudadanos, que terminan por no saber a qué carta quedarse, y lleva, con sus extraordinarias torpezas, una torrentera de agua hasta los molinos de los separatistas más rabiosos. Los cuáles, excitados como dicen de los tiburones cuando detectan sangre en sus proximidades, tocan a rebato alegando “agresiones centralistas”, y removilizan a unos ciudadanos que, por puro hartazgo de tanta polémica estéril en detrimento de la gestión diaria de sus intereses por la Generalitat, tendían en los últimos tiempos a relajar la confrontación.

La pregunta del millón es: ¿se creerán en el PP que cabrear al catalanismo militante con desafiantes y estúpidas medidas como esa prohibición de esteladas en la final de la Copa del Rey y enfrentarlo con un “resto de España” cada vez menos activo en la defensa de la unidad nacional les dará votos adicionales el 26-J?

Si se lo han planteado sería una prueba más de que por una ruta van Rajoy y su equipo y por otra el español medio. Aunque es difícil hablar de un equipo del Presidente en funciones cuando la vicepresidenta Sainz de Santamaría aseguró que dicha interdicción fue “una medida técnica, no política” y de inmediato saltó García Margallo, uno de los ministros más próximos al líder pepero, para asegurar, poniendo cara de hartazgo seguramente dirigida a la número dos a la que tiene atragantada desde hace mucho, que en realidad “ha sido una medida política, no técnica”.

Pero más grave resultaría si el veto de aparente procedencia de la delegada del Gobierno en Madrid se hubiese emitido no por una retorcida maniobra imaginada en La Moncloa donde algunos genios la jalearían como habilidosa y súper guay, sino por incompetencia, memez, patochada pura y dura. ¿Acaso este Gobierno trufado de abogados del Estado no tiene unos servicios jurídicos que, consultados, le hubiesen advertido que tal decisión era inviable desde la aplicación inteligente de la Ley? ¿Acaso desde la Fiscalía –jerárquicamente dependiente del Gobierno- nadie advirtió a éste que se iba a dejar los piños clavados en la puerta?

¡Por Dios, ¿en qué manos estamos?! Las guerras de banderas han llenado páginas y páginas durante la Transición: la ikurriña, la senyera, ahora la estelada… Se han perdido todas. Los símbolos periféricos creados y enarbolados para el rechazo de aquellos nacionales contra los que hay agravios –no todos imaginarios- representan un sentimiento. El garrote no vale contra los sentimientos. La expansión del cristianismo por el imperio hasta comérselo por completo se debió, en primerísimo lugar, a la represión dispuesta desde el cesarismo romano. Los hombres y mujeres de hoy responden con actitudes idénticas a los mismos estímulos.

Está más que demostrado que reprimir sentimientos por la vía de la exclusión forzosa y no actuar, en cambio, con la contundencia precisa contra aquellas personas que declaran abiertamente su decisión de rebelarse contra lo dispuesto por la Constitución, y anuncian además un programa para ejecutarla, es arrojar keroseno a las llamas para sólo conseguir burlas, befas y fracasos… Es lo que siempre se vio como un usar los cañones para matar moscas. Suena a acciones de idiotas o de incompetentes. Y eso, a nivel de un Estado de la dimensión y trascendencia de España, resulta imperdonable.

¡Y, por favor, que desde el Gobierno no se burlen más de los ciudadanos! Pretender que semejante decisión la tomó la  delegada Dancausa sin contar con el visto bueno de arriba es ver a la ciudadanía como una ristra inacabable de niños sólo aptos para recibir la primera comunión. Esa medida fue, sin la menor duda,  fruto de un contubernio reunido en La Moncloa, formado por un sector del Gobierno y con el visto bueno del Presidente. Otra cosa es que si al final ha de rodar una cabeza para intentar silenciar el alboroto sea la de la citada delegada.

Esta inmensa torpeza traerá consecuencias. Y, contra lo imaginado por los aprendices de brujo del antedicho contubernio, no tendrán efectos positivos para los intereses de Rajoy ni del PP.