Ser la segunda fuerza en votos y que el reparto de escaños no sea muy distinto al que arrojó el 20-D. Esas son las premisas que maneja Podemos para lanzarse a la articulación de un pacto de Gobierno liderado por Pablo Iglesias tras las generales del 26 de junio. La alianza con IU y otras fuerzas minoritarias de izquierda pone en bandeja el segundo puesto en número de sufragios, aunque siga siendo complicado el sorpasso al PSOE en diputados. La mayor implantación de los socialistas en la España rural y menos poblada puede hacer insuficiente la ventaja que Podemos y sus socios saquen a Pedro Sánchez en las grandes capitales. Eso no sería un impedimento para que Iglesias se sintiera legitimado para luchar por La Moncloa, apuntan fuentes del partido.

“Si sacas más votos y menos escaños es porque algo en el sistema funciona mal”, argumenta el entorno del candidato morado, que cree que la legitimidad la dan los ciudadanos con sus papeletas, no el ulterior reparto de escaños que el sistema electoral proporciona. Un sistema que siempre ha sido objeto de crítica en Podemos y cuya reforma constituye una de sus prioridades programáticas.

Podemos considera que la legitimidad la dan las urnas y no el reparto de escaños que establece el sistema electoral

El partido morado ya asumió a regañadientes la hegemonía de Sánchez en la izquierda tras el 20-D. Después de una campaña en la que había asegurado por activa y por pasiva que no formaría parte de un Gobierno que no encabezara, Iglesias planteó un Ejecutivo de coalición presidido por el candidato socialista y en el que Podemos participara en igualdad de condiciones que el PSOE.

Muestra de lo que le costaba dar ese paso fue la displicencia que mostró al difundir la propuesta. Aceptar que Sánchez fuera su presidente era “una sonrisa del destino” que el socialista tenía que “agradecer”, declaró Iglesias en la rueda de prensa. Las conversaciones entre ambos partidos apenas dieron rédito y la posibilidad de cualquier acuerdo fracasó, haciendo inútil ese y el resto de movimientos ejecutados a lo largo de la fallida XI Legislatura.

Todas las encuestas apuntan a que tras el 26-J la correlación de fuerzas entre bloques (izquierda y centro derecha) puede ser similar, otorgando entre 160 y 165 escaños a cada uno, aunque en la izquierda sea neutralizada la distancia de 21 escaños que el PSOE obtuvo sobre Podemos y las confluencias. Con esa situación, y siendo el líder de izquierdas más votado, Iglesias asumiría la iniciativa de negociar un pacto para formar Gobierno.

Su voluntad siempre ha sido entablar conversaciones de tú a tú con el PSOE para, una vez cerrado un programa y el modo de desarrollarlo desde el Ejecutivo, buscar apoyos en el independentismo y nacionalismo periféricos para sacar adelante la investidura. Unos apoyos que seguirían siendo imprescindibles tras los nuevos comicios, puesto que parece difícil que Unidos Podemos y el PSOE sumen por sí mismos 176 escaños.

“Vamos a apoyar a Pablo Iglesias en su candidatura a la Presidencia del Gobierno hasta el día 26 de junio y después es lógico que los partidos que tienen más votos lideren la formación de Gobierno”, declaraba hace unos días en Antena 3 Carolina Bescansa, responsable del programa electoral morado y número dos de la candidatura Unidos Podemos. Adelantaba así el que puede ser un obstáculo añadido en las negociaciones postelectorales.

Posición de fuerza

Una de las obsesiones del proyecto morado desde su nacimiento es mantener una posición de fuerza que les dé visibilidad y argumentos para sostener que son un partido verdaderamente disruptivo y distinto a todos los demás. En otras palabras, evitar ser la muleta del PSOE o convertirse en una nueva IU. Por eso han mantenido hasta el final su oposición a negociar el acuerdo Sánchez-Rivera y de exigir al PSOE un trato de tú a tú para formar Gobierno. Aunque eso supusiera el riesgo de afrontar una nueva convocatoria electoral con los socialistas acusándoles por tierra, mar y aire de ser los responsables de ella y de que Mariano Rajoy siga en La Moncloa.

López de Uralde: “Debe liderar quien más votos tiene porque es quien más apoyo popular tiene”

Un solo voto más que el PSOE será suficiente para reclamar en una hipotética negociación con este partido que la presidencia ha de ser para Podemos. Juantxo López de Uralde, líder de Equo y figura importante de la confluencia -de la que fue y volverá a ser en junio el número uno por Álava- admite en conversación con este diario que la postura en el grupo es unívoca.

“Nuestro planteamiento es que debe liderar quien más votos tiene, porque es quien más apoyo popular tiene, independientemente de la ley electoral”. ¿Hasta el punto de ser una línea roja? Uralde rechaza esta terminología “por prudencia”. “Vista la experiencia de estos últimos meses, creo que no hay que hablar de líneas rojas porque al final se acaban convirtiendo en obstáculos que luego uno no sabe cómo saltar. Yo no hablaría de líneas rojas, simplemente hay que decir que ese es nuestro planteamiento”.

Como quiera que el sorpasso en votos parece hecho -el 20-D Podemos, las confluencias e IU ya superaron al PSOE en 600.000 votos-, puede estar a la vuelta de la esquina un escenario de bloqueo aún más difícil de desencallar que el anterior. Salvo que haya un vuelco electoral que dé una clara mayoría a uno de los dos bloques, estaremos ante una encrucijada que solo podría resolver un bandazo estratégico del PSOE: aceptando la gran coalición o asumiendo que Iglesias lleve la iniciativa en un pacto de izquierdas. Y nada hace pensar que Sánchez vaya a hacer presidente a quien de ningún modo aceptó como vicepresidente.